viernes, 12 de enero de 2018

13 de enero: OCTAVA DE LA EPIFANÍA EL BAUTISMO DE CRISTO. Dom Próspero Gueranguer


Hoy ocupa de una manera especial la atención de la Iglesia, el segundo Misterio de la Epifanía, el Misterio del Bautismo de Cristo, en el Jordán. El Emmanuel se ha manifestado a los Magos después de haberse mostrado a los pastores; pero esta manifestación ha ocurrido en el angosto recinto de un establo de Belén, y los hombres de este mundo no han podido conocerla. En el Misterio del Jordán Cristo se manifiesta con mayor aparato. Su venida es anunciada por el Precursor; la multitud que se agolpa en torno al Bautismo de agua, es testigo del hecho; Jesús va a comenzar su vida pública. Más ¿quién será capaz de describir la grandeza de los detalles que acompañan esta segunda Epifanía?

EL MISTERIO DEL AGUA. — La segunda Epifanía tiene por objeto, lo mismo que la primera, el bien y la salvación del género humano; pero sigamos el curso de los Misterios. La Estrella condujo a los Magos a Cristo; antes, aguardaban, esperaban; ahora creen. Comienza en el seno de la Gentilidad la fe en el Mesías. Pero no basta creer para salvarse; hay que lavar en el agua las manchas del pecado. "El que creyere y fuere bautizado, será salvo": es, por tanto, tiempo de que ocurra una nueva manifestación del Hijo de Dios, con el fin de inaugurar el gran remedio que debe dar a la Fe, el poder de causar la vida eterna.

Ahora bien, los designios de la divina Sabiduría habían escogido el agua como instrumento de esa sublime regeneración de la raza humana. Por eso, al principio del mundo, se nos muestra al Espíritu divino caminando sobre las aguas, para que la naturaleza de estas concibiese ya en su seno un germen de santificación, como canta la Iglesia en el Sábado Santo. Pero las aguas debían servir a la justicia castigando a un mundo culpable, antes de ser llamadas a cumplir los designios de su misericordia. Todo el género humano, a excepción de una sola familia, desapareció, por un terrible decreto, bajo las olas del diluvio.

Sin embargo de eso, al fin de aquella espantosa escena apareció un nuevo indicio de la futura fecundidad de este predestinado elemento. La paloma que salió un momento del arca de salvación, volvió a entrar en ella, trayendo un ramo de olivo, símbolo de la paz devuelta a la tierra, después del diluvio. Pero la realización del misterio anunciado estaba todavía lejano.

En espera del día en que se había de manifestar este misterio, Dios multiplicó las figuras destinadas a mantener la esperanza de su pueblo. Así, hizo que este pueblo no llegara a la Tierra prometida, sin haber atravesado las olas del Mar Rojo; durante el misterioso paso, una columna de humo cubría a la vez la marcha de Israel y las benditas olas a las que debía la salvación.

Pero, sólo el contacto con los miembros humanos de un Dios encarnado podía comunicar a las aguas la virtud purificadora por la que suspiraba el hombre culpable. Dios había dado su Hijo al mundo, no sólo como Legislador, Redentor y Víctima de salvación, sino para ser Santificador de las aguas; en el seno, pues, de este sagrado elemento debía darle un testimonio divino y manifestarle por segunda vez.

EL BAUTISMO DE JESÚS. — Se adelanta, pues, Jesús de treinta años de edad, hacia el Jordán, río célebre ya por los prodigios proféticos operados en sus aguas. El pueblo judío, reanimado por la predicación de Juan Bautista, acudía en tropel a recibir aquel Bautismo, que si podía excitar al arrepentimiento del pecado, no conseguía borrarlo. También nuestro divino Rey se dirige hacia el río, no para buscar la santificación, pues es principio de toda santidad, sino para comunicar a las aguas la virtud de engendrar una raza nueva y santa, como canta la Iglesia. Desciende al lecho del Jordán, no como Josué para atravesarlo a pie enjuto, sino para que el Jordán le envuelva con sus olas y reciba de Él, para luego comunicarla a todo el elemento, esa virtud santificadora que ya no volverá a perder nunca. Animadas por los rayos divinos del Sol de justicia, se hacen fecundas las aguas, cuando la cabeza augusta del Redentor se sumerge en su seno, ayudada por la mano temblorosa del Precursor. Mas, es necesario que intervenga toda la Trinidad en este preludio de la nueva creación. Abrénse los cielos; baja la Paloma, no ya simbólica y figurativa, sino anunciadora de la presencia del Espíritu de amor que da la paz y transforma los corazones. Detiénese y descansa en la cabeza del Emmanuel, cerniéndose a la vez sobre la humanidad del Verbo y sobre las aguas que bañaban sus sagrados miembros.

EL TESTIMONIO DEL PADRE. — Pero, aún no había sido manifestado con suficiente realce el Dios humanado; era preciso que la voz del Padre resonase sobre las aguas y removiese hasta lo más profundo de sus abismos. Entonces, se dejó oír aquella Voz que había cantado David: Voz del Señor que retumba sobre las aguas, trueno del Dios majestuoso que derrumba los cedros del Líbano, (orgullo de los demonios) que apaga el Juego de la ira divina, que conmueve el desierto y anuncia un nuevo diluvio (Salmo XXVIII), un diluvio de misericordia; esta voz clamaba ahora: "Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias." De este modo se manifestó la Santidad del Emmanuel con la presencia de la celestial Paloma y con la voz del Padre, como lo había sido su realeza con el mudo testimonio de la Estrella. Realizado el misterio, dotado el elemento del agua de su nueva virtud purificadora, sale Jesús del Jordán, y sube a la orilla, llevando tras de sí, según opinión de los Padres, a la humanidad regenerada y santificada y dejando allí sumergidos todos sus crímenes y pecados.

COSTUMBRES. — Sin duda es importante la fiesta de Epifanía, cuyo objeto es honrar tan altos misterios; no debemos admirarnos, que la Iglesia de Oriente hiciera de este día una de las fechas para la solemne administración del Bautismo. Los antiguos monumentos de la Iglesia de las Gallas indican que esta era también la costumbre entre nuestros antepasados; más de una vez, en Oriente, según cuenta Juan Mosch, se vió llenarse el sagrado Baptisterio, con un agua milagrosa, el día de esta festividad, y vaciarse por sí mismo después de la administración del Bautismo. La Iglesia Romana, desde tiempos de San León, insistió en que se reservase a las fiestas de Pascua y Pentecostés el honor de ser los únicos días consagrados a la solemne administración del primero de los Sacramentos; pero, en muchos lugares de Occidente, se conservó y conserva aún la práctica de bendecir el agua con una solemnidad especial, el día de Epifanía.

La Iglesia de Oriente guardó celosamente esta costumbre. La función se desarrolla ordinariamente en la Iglesia; pero, a veces, el Pontífice se traslada a orillas de un río, acompañado de los sacerdotes y ministros revestidos de sus más ricos ornamentos, y seguido de todo el pueblo. Después de recitar oraciones de una gran belleza, que sentimos no poder citar, el Pontífice sumerge en las aguas una cruz engastada en pedrería que representa a Cristo, imitando de esta suerte la acción del Precursor. En San Petersburgo, la ceremonia se realizaba en otros tiempos sobre el Neva, introduciendo el Metropolitano la cruz en las aguas, a través de una abertura practicada en el hielo. Este rito se observa de manera parecida en las Iglesias de Occidente que han conservado la costumbre de bendecir el agua en la fiesta de Epifanía.

Los fieles se apresuran a extraer del río el agua santificada, y San Juan Crisóstomo, en su Homilía venticuatro sobre el Bautismo de Cristo afirma, poniendo por testigos a sus oyentes, que esta agua no se corrompía. Idéntico prodigio fué muchas veces observado en Occidente.

Demos, pues, gloria a Cristo por la segunda manifestación de su carácter divino, y agradezcámosle con la Iglesia el habernos dado junto con la Estrella de la Fe que nos ilumina, el Agua capaz de borrar nuestras culpas. Admiremos, agradecidos, la humildad del Salvador que se inclina bajo la mano de un mortal, para realizar toda justicia, como El mismo dice: porque, habiendo tomado consigo la forma de pecador, era necesario que asumiese también las humillaciones para levantarnos de nuestra postración. Agradezcámosle la gracia del Bautismo que nos ha abierto las puertas de la Iglesia de la tierra y de la Iglesia del cielo. Finalmente, renovemos los compromisos contraídos en la sagrada fuente, y que fueron condición del nuevo nacimiento.

MISA DE LA OCTAVA DE EPIFANIA.

Introito, Epístola, Gradual, Verso del Aleluya, Ofertorio y Comunión son los mismos del día de Epifanía.

INTROITO
Aquí viene el Señor Dominador: y en su mano están el reino, y la potestad y el imperio. Salmo: Oh Dios, da tu juicio al Rey: y tu justicia al Hijo del Rey. En la Colecta, la Iglesia pide para sus hijos la gracia de hacerse semejantes a Jesucristo aparecido en el Jordán, lleno del Espíritu Santo, objeto de las complacencias del Padre Celestial, pero revestido de nuestra naturaleza y fiel en el cumplimiento de toda justicia.
ORACION
Oh Dios, cuyo Unigénito apareció en la sustancia de nuestra carne: suplicámoste hagas que, por Aquel, a quien hemos conocido semejante a nosotros en lo exterior, seamos reformados interiormente. El cual vive y reina contigo.
EPISTOLA
Lección del Profeta Isaías. (LX, 1-6.)
Levántate, ilumínate, Jerusalén: porque ha llegado tu luz, y la gloria del Señor ha nacido sobre tí. Porque he aquí que las tinieblas cubrirán la tierra, y la obscuridad los pueblos: mas, sobre ti nacerá el Señor, y su gloria será vista en ti. Y caminarán las gentes a tu luz, y los reyes al resplandor de tu astro. Alza tus ojos en torno y mira: todos estos se han reunido, han venido a ti: tus hijos vendrán de lejos, y tus hijas surgirán de todas partes. Entonces verás y brillarás, y se admirará y se dilatará tu corazón, cuando se hubiere vuelto a ti la multitud del mar y hubiere acudido a ti la fortaleza de las gentes. Te cubrirá una inundación de camellos y dromedarios de Madián y Efa; vendrán todos los de Sabá, trayendo oro e incienso y tributando alabanzas al Señor.

GRADUAL
Vendrán todos los de sabá, trayendo oro e incienso y tributando alabanzas al Señor. — y. Levántate, e ilumínate Jerusalén: porque la gloria del Señor ha nacido sobre ti.

ALELUYA
Aleluya aleluya. — J. Vimos su estrella en Oriente y venimos con dones a adorar al Señor. Aleluya.

EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Juan (I, 29-34.)
En aquel tiempo vió Juan a Jesús, que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo. Este es del que dije: En pos de mí viene un Varón que fué hecho antes que yo, pues existía antes de mí. Y yo no le conocía: más, para que fuese manifestado a Israel, para eso vine yo bautizando con agua. Y Juan dió testimonio diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como una paloma, y reposó sobre él. Y yo no le conocía; pero, el que me envió a bautizar con agua, me dijo: Sobre el que vieres descender el Espíritu y reposar sobre El, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo. Y yo le vi, y di testimonio de que ese es el Hijo de Dios.
¡Oh celestial Cordero! bajaste al río para purificarle; la divina Paloma vino desde el cielo a unir su dulzura a la tuya y luego saliste a la orilla. Mas ¡oh prodigio de tu misericordia! los lobos han bajado después de ti a las aguas santificadas y han salido transformados en corderos. Todos nosotros, manchados con el pecado, nos volvemos al salir de la fuente sagrada, tan blancos como las ovejas de tu divino Cántico, que ascienden del baño fecundas todas y ni una sola estéril; como esas puras palomas que parecen bañadas en leche, y que han puesto su nido junto a las cristalinas fuentes. ¡Tal es la poderosa virtud purificadora dada por tu divino contacto a estas aguas! Conserva en nosotros, oh Jesús, esa blancura que de ti viene, y si la hemos perdido, devuélvenosla por el Bautismo de la Penitencia, único que puede restituirnos el candor de nuestra primera vestidura. ¡Ensancha aún más este río de amor, oh Emmanuel! Vayan sus olas a buscar, hasta el fondo de sus salvajes desiertos, a los que todavía no han gozado de su contacto; inunda la tierra como lo prometiste. Acuérdate de la gloria con la que fuiste manifestado en el Jordán; olvida los pecados que desde hace mucho tiempo impiden la predicación de tu Evangelio en esas regiones desoladas; el Padre de los cielos manda a todas las criaturas que te escuchen: ¡Habla, pues, a todos, oh Emmanuel!

OFERTORIO
Los reyes de Tarsis y las Islas ofrecerán dones: los reyes de Arabia y de Sabá llevarán presentes: y le adorarán todos los reyes de la tierra: todas las gentes le servirán.
En la Secreta, la Iglesia proclama aún la divina Manifestación, y suplica al Cordero, que nos ha procurado por su Sacrificio el poder ofrecer a Dios una Hostia pura, que acepte también esta Hostia, en su misericordiosa clemencia.

SECRETA
Ofrecémoste, Señor, estas hostias, por la aparición de tu Hijo, suplicándote humildemente que, así como es El, nuestro Señor Jesucristo el autor de nuestros dones, así sea también su misericordioso aceptador. El cual vive y reina contigo.

COMUNIÓN
Vimos su estrella en Oriente, y venimos con dones a adorar al Señor. Al dar gracias por el celestial manjar que acaba de recibir, la Santa Iglesia implora la protección continua de esta Luz divina que ha aparecido sobre ella y que la hará capaz de contemplar la pureza del Cordero, y amarle como su dulzura lo merece.

POSCOMUNION

 Suplicámoste, Señor, nos prevengas siempre y en todas partes con tu celeste luz: para que veamos con puros ojos y percibamos con digno afecto el Misterio del que has querido hacernos participantes. Por el Señor.

jueves, 11 de enero de 2018

12 de enero: SÉPTIMO DÍA DE LA OCTAVA DE EPIFANÍA. VUELTA Y MISIÓN DE LOS MAGOS. Dom Próspero Gueranguer



Después de depositar sus dones a los pies del Emmanuel, como señal de la alianza que con El contraen en nombre de la humanidad, se despiden los Magos del divino Niño, colmados de sus mejores bendiciones; esa es su voluntad. Por fin se van de Belén; en adelante toda la tierra les parecerá vacía y desierta. ¡Si les fuera dado Ajar su morada junto al nuevo Rey, en compañía de su Madre inefable! Pero el plan salvífico del mundo exige que todo lo que de algún modo respira esplendor y gloria humana, esté lejos de Aquel que ha venido en busca de humillaciones.

Además, es necesario que sean ellos los primeros mensajeros de la palabra evangélica; que vayan a anunciar a la Gentilidad, que el Misterio de la salvación ha dado principio, que la tierra posee ya su Salvador, y la salvación está en puertas. Ya no va delante de ellos la Estrella, porque no es necesaria para conducirlos hasta Jesús; la llevan y para siempre dentro de su corazón. Son, pues, introducidos en el seno de la Gentilidad, como la misteriosa levadura del Evangelio, que a pesar de su pequeñez, logra la fermentación de toda la masa. Por medio de ellos bendice Dios a todas las naciones de la tierra; desde este día, comienzan a disminuir los infieles y aumentan insensiblemente los fieles; y cuando se haya derramado la sangre del Cordero, cuando el bautismo haya sido promulgado, los Magos iniciados en todos los misterios, no serán sólo varones de deseos, sino cristianos perfectos.
Una antigua tradición cristiana, que vemos ya recogida por el autor de la "Obra imperfecta sobre San Mateó" que figura en todas las ediciones de San Juan Crisóstomo, y que parece haber sido escrita a fines del siglo vi; una antigua tradición, decimos, refiere que los tres Magos fueron bautizados por el Apóstol Santo Tomás, y se entregaron a la predicación del Evangelio. Y, aunque no existiera esa tradición se comprende muy bien que la vocación de estos tres Príncipes no debía limitarse a visitar como primicias de la Gentilidad, al Rey eterno aparecido en la tierra: una nueva misión, la del apostolado, se derivaba naturalmente de la primera.

Sobre la vida y hechos de los Magos han llegado hasta nosotros numerosos pormenores; pero nos abstenemos de referirlos aquí, por no ser ni suficientemente antiguos, ni bastante serios, para que la Iglesia haya juzgado oportuno introducirlos en la Liturgia. Lo mismo se puede decir acerca de sus nombres, Melchor, Gaspar y Baltasar: su empleo es muy reciente, y si nos parece temerario atacarlo directamente, tampoco nos atreveríamos a asumir la responsabilidad de su defensa.

Por lo que se refiere a los cuerpos de estos insignes y santos adoradores del Dios recién nacido, fueron transportados de Persia a Constantinopla en tiempo de los Emperadores cristianos y descansaron durante mucho tiempo en la Iglesia de Santa Sofía. Más tarde, bajo el obispo Eustorgio, fueron trasladados a Milán, permaneciendo allí hasta el siglo xii, en que Reinoldo, arzobispo de Colonia, patrocinado por Federico Barbarroja, los colocó en la Iglesia catedral de aquella egregia Metrópoli. Allí descansan hoy todavía en una magnífica urna el monumento más bello tal vez de la orfebrería medieval, bajo las bóvedas de esa sublime Catedral, que por su amplitud, osadía y esbeltez de su arquitectura, es uno de los primeros templos de la cristiandad.


De esta manera, ¡Oh Padres de los pueblos!, os hemos seguido desde el lejano Oriente hasta Belén; luego os hemos devuelto a vuestra patria, para conduciros finalmente al sagrado recinto de vuestro descanso, bajo nuestro cielo de Occidente. Un amor filial nos hacía seguir vuestras huellas; y además, ¿no buscábamos también nosotros en pos vuestro, al Rey de gloria junto al cual nos representasteis? ¡Bendita sea vuestra espera, bendita vuestra docilidad a la Estrella, bendita vuestra devoción a los pies del celestial Infante, benditos vuestros piadosos dones que nos ofrecen norma para los nuestros! ¡Oh Profetas, que al escoger vuestros presentes anunciásteis en toda su verdad los caracteres del Mesías!; ¡oh Apóstoles, que predicásteis hasta en Jerusalén, el Nacimiento de Cristo envuelto en humildes pañales, del Cristo que los Discípulos sólo anunciaron después del triunfo de su Resurrección!; Flores de la Gentilidad, que habéis producido tan numerosos y exquisitos frutos; dando al Rey de la gloria pueblos enteros, innumerables naciones! velad por nosotros, proteged a la Iglesia. Acordáos del Oriente, de cuyo seno salisteis, como la luz; bendecid al Occidente sumergido aún en tan densas tinieblas cuando vosotros fuisteis en pos de la Estrella, y más tarde objeto de la predilección del Sol divino. Reanimad la fe que languidece; lograd de la misericordia divina, que el Occidente envíe siempre y cada vez en mayor número, misioneros de la buena nueva, al mediodía, al norte y hasta el infiel Oriente, hasta las tiendas de Sem, despreciador de la luz que vuestras manos le llevaron. Rogad por la Iglesia de Colonia, esa ilustre hermana de las más santas Iglesias de Occidente, para que guarde la fe, conserve su santa libertad, y sea el baluarte de la Alemania católica, apoyada siempre en la protección de sus tres Reyes, de Santa Ursula y de su legión de Vírgenes. Finalmente ¡favoritos del gran Rey Jesús! ponednos a sus pies, ofrecednos a María; y concedednos la gracia de terminar, en el amor del celestial Infante, los cuarenta días dedicados a su Nacimiento, y nuestra vida entera.

miércoles, 10 de enero de 2018

11 de enero: SEXTO DIA DE LA OCTAVA DE EPIFANIA. LOS DONES DE LOS MAGOS. Dom Próspero Gueranguer


No se contentaron los Magos con adorar al gran Rey que María presentaba a su veneración. Como la Reina de Sabá que vino a honrar al Rey pacífico en la persona del sabio y opulento hijo de David, los tres Reyes de Oriente abrieron sus tesoros y sacaron ricos presentes. El Emmanuel se dignó aceptar sus misteriosos dones; pero, lo mismo que Salomón, su abuelo, no dejó marchar a los Príncipes vacíos, sino que les colmó de presentes infinitamente más ricos que los que él había aceptado. Los Magos le presentaron ofrendas terrenas; Jesús les colmó de celestiales dones. Robusteció en ellos la fe, la esperanza y la caridad; en sus personas enriqueció a toda su Iglesia a quien representaban; en ellos así como en la Sinagoga que los había dejado marchar solos en busca del Rey de Israel. Se cumplieron las palabras del Cántico sagrado de María: "A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos dejó en la miseria." 

Más consideremos los presentes de los Magos y reconozcamos con la Iglesia y los Padres los Misterios que en ellos se encierran. Tres fueron los dones, con el fin de honrar el sagrado número de las Personas en la unidad de la Esencia divina; pero este inspirado número alcanzaba una nueva aplicación en un triple carácter del Emmanuel. El hijo de Dios venía a reinar en el mundo: convenía ofrecerle el ORO que indica el poder supremo. Venía a ejercer el Supremo Sacerdocio, y a reconciliar por su medio, el cielo con la tierra: era conveniente ofrecerle el INCIENSO que debe quemarse en manos del sacerdote. Sólo su muerte podía darle posesión del trono preparado para su humanidad gloriosa; esa muerte debía inaugurar el eterno Sacrificio del divino Cordero; allí estaba la MIRRA para representar la muerte y la sepultura de una víctima inmortal. El Espíritu Santo, inspirador de los Profetas, había por tanto, inspirado a los Magos en la elección de estos misteriosos dones; nos lo dice San León con toda su elocuencia, en uno de sus Sermones sobre Epifanía: "¡Oh fe admirable que conduce a la perfecta ciencia, y que no ha sido ilustrada en la escuela de una sabiduría terrena, sino en la del mismo Espíritu Santo! Porque ¿dónde habían descubierto la naturaleza inspirada de estos presentes, aquellos hombres que salieron de su patria, sin haber visto aún a Jesús, sin haber hallado en sus miradas la luz que con tanta seguridad dirigió la elección de sus ofrendas? Al mismo tiempo que la Estrella iluminaba sus ojos corporales, los rayos de la verdad penetraban en sus corazones con mayor viveza. Antes de emprender los trabajos de un largo camino habían conocido ya a Aquel a quien con el Oro debían rendir honores de Rey; con el Incienso, culto divino; y con la Mirra, fe en su mortalidad."

Si bien es cierto que estos presentes representan maravillosamente las características del Hombre-Dios, no lo es menos que están llenos de enseñanzas, por las virtudes que significan, y que el divino Niño reconocía y confirmaba en el alma de los Magos. El Oro significa para nosotros como para ellos, el amor que une a Dios; el Incienso, la oración que atrae y conserva a Dios en el corazón del hombre; la Mirra, la renuncia, el dolor, la mortificación, medios por los que nos sustraemos a la esclavitud de la naturaleza corrompida. Hallad un corazón amante de Dios, que se eleve a Él por la oración, que comprenda y sepa gustar la virtud de la cruz; y tendréis en ese corazón el don más digno de Dios, el que siempre le será agradable. 

Abrímoste, pues, nuestros cofres ¡oh Jesús! poniendo a tus pies nuestros dones. Después de haber confesado tu triple gloria, de Dios, Sacerdote y Hombre, te suplicamos aceptes el deseo que tenemos de responder con amor al amor que nos manifiestas; hasta nos atrevemos a decirte que te amamos; ¡oh Dios, oh Sacerdote, oh Hombre! Aumenta este amor nacido al calor de tu gracia. Atiende también nuestra oración, tibia e imperfecta, pero unida a la de tu Iglesia. Enséñanos a hacerla de manera digna de Ti y proporcionada a los efectos que quieres que produzca; créala en nosotros, para que se eleve continuamente de nuestro corazón, como una nube de aromas. Recibe, finalmente el homenaje de nuestros corazones contritos y arrepentidos, y la voluntad que tenemos de imponer a nuestros sentidos el freno que les domine y la expiación que les purifique. 
Iluminados por los excelsos misterios que nos revelan la grandeza de nuestra miseria y la inmensidad de tu amor, sentimos la necesidad que, ahora más que nunca tenemos de alejarnos del mundo y de sus concupiscencias, para darnos a Ti. No en vano habrá brillado la Estrella sobre nosotros; no en vano nos habrá conducido hasta Belén, donde Tú eres el Rey de los corazones. Pues, cuando Tú mismo te entregas a nosotros ¡oh Emmanuel! ¿Tendremos nosotros algún tesoro que no queramos depositar a tus plantas? 

¡Oh María, protege nuestra ofrenda! La de los Magos fué agradable a tu Hijo porque fué hecha por tu medio; la nuestra, presentada por ti, será grata a pesar de su imperfección. Ven en ayuda de nuestro amor con el tuyo; apoya nuestras plegarias por medio de tu maternal, Corazón; fortalécenos en la lucha con el mundo y con la carne. Haz que, para asegurar nuestra perseverancia no olvidemos nunca los dulces misterios que ahora celebramos, y que como tú, los guardemos siempre grabados en nuestro corazón. ¿Quién sería capaz de ofender a Jesús en Belén, o de rehusar algo a su amor, en el momento en que, sobre tus rodillas, aguarda nuestros presentes? ¡Oh María, haz que nunca echemos en olvido que somos los hijos de los Magos, y que Belén está para nosotros siempre abierto!

martes, 9 de enero de 2018

10 de enero QUINTO DIA DE LA OCTAVA DE EPIFANIA. LOS MAGOS ANTE JESÚS. Dom Próspero Gueranguer


Los Magos han llegado a Belén; el humilde albergue del Rey de los Judíos se ha abierto para ellos. "Encontraron allí, dice San Lucas, al Niño y a María, su Madre." Arrójanse a tierra y adoran al divino Rey a quien con tanto ardor han buscado y por quien la tierra suspira. 

En ese instante, comienza a aparecer la Iglesia cristiana. En aquel humilde retiro, el Hijo de Dios hecho hombre preside como Jefe de su Cuerpo místico; María asiste, como Cooperadora de la salvación, y Madre de la gracia; Judá está representando por ella y por su Esposo José; la Gentilidad adora en la persona de los¡ Magos, porque su fe lo ha comprendido todo en presencia de este Niño. No es un Profeta a quien honran, ni un rey terreno a quien abren sus tesoros; es un Dios ante quien se humillan y anonadan. "¡Mirad, dice San Bernardo, en su segundo Sermón sobre Epifanía, mirad cuán penetrantes son los ojos de la fe! La fe reconoce al Hijo de Dios, colgado del pecho materno, le reconoce atado al madero, le reconoce hasta en la muerte. El ladrón le adora en el patíbulo, los Magos en el establo: aquel, a pesar de los clavos que le sujetan; estos a través de los pañales que le envuelven." 

Todo está, pues, consumado. Belén no es ya sólo el lugar del Nacimiento del Redentor, es también la cuna de la Iglesia; ¡con cuánta razón exclamaba el Profeta: "Oh Belén, de ningún modo eres la menor entre las ciudades de Judá!" ¡Qué bien comprendemos el hechizo que indujo a San Jerónimo a hurtar su vida a los honores y delicias de Roma, a los aplausos del mundo y de la Iglesia, para venir a encerrarse en esta gruta, testigo de tantos y tan maravillosos prodigios! ¿Quién es el que no desearía vivir y morir en ese sagrado y celestial recinto, completamente santificado por la presencia del Emmanuel, embalsamado con los aromas de la Reina de los Angeles, que guarda todavía el eco de los celestes conciertos, y el recuerdo de los Magos, nuestros piadosos antepasados? 

Al entrar en la humilde morada, nada les extraña a los afortunados Magnates. Ni la flaqueza del Niño, ni la pobreza de la Madre, ni la desnudez de las paredes, nada los perturba. Antes bien, comprenden en seguida, que el eterno Dios, queriendo visitar a los hombres y demostrarles su amor, debía abajarse a ellos, hasta el punto de que no quedara ningún grado de la humana miseria que no fuera por El sondeado y conocido. Advertidos por su propio corazón de la profundidad de la llaga del orgullo que nos roe, comprendieron que el remedio debía ser tan extremo como el mal, reconociendo en esta inaudita humillación, el pensamiento y la obra de un verdadero Dios. Israel espera un Mesías glorioso, resplandeciente de gloria mundana; los Magos, al contrario, reconocen al Mesías en la humildad y en la pobreza que le rodea; subyugados por la gracia divina, caen en tierra y adoran, agradecidos y admirados. 

¿Quién sería capaz de expresar la dulzura de las conversaciones que tuvieron con la purísima María? Porque el Rey que habían venido a buscar, no dejó por su causa el silencio de su voluntaria infancia, Aceptó sus homenajes, les sonrió con ternura, les bendijo; pero sólo María pudo satisfacer con sus celestiales coloquios, la santa curiosidad de aquellos tres peregrinos del mundo. Y ¡cómo debió Ella recompensar su fe y su amor, declarándoles el misterio del Virginal alumbramiento que iba a salvar al mundo, las alegrías de su maternal corazón, los encantos del divino Niño! Y ¡con qué tierno respeto la considerarían ellos y la escucharían! ¡Con qué regusto penetraría la gracia en sus corazones, junto con las palabras de la que Dios escogió para aleccionarnos con ternura de madre en la verdad y en el amor! La estrella que para ellos había brillado hasta ahora en el cielo, había dejado lugar a otra Estrella, de una luz más suave, de una potencia mucho más esplendorosa todavía; este astro tan puro preparaba su vista para contemplar sin velos de ningún género a Aquel que se llama a sí mismo Estrella brillante de la mañana. El resto del mundo no significaba nada para ellos; el establo de Belén encerraba, en cambio, todas las riquezas del cielo y de la tierra. Los largos siglos de espera compartidos por ellos con el género humano, Ies parecían ahora un momento: tan plena y perfecta era la alegría de haber por fin hallado al Dios que con su sola presencia satisface todos los anhelos de su criatura. 

Uníanse a los designios misericordiosos del Emmanuel; aceptaban con profunda humildad la alianza que Aquel contraía con la humanidad por su medio; adoraban la temible justicia que pronto iba a repudiar a un pueblo incrédulo; saludaban los destinos de la Iglesia cristiana que comenzaba ya con ellos; y rogaban por su innumerable descendencia. 

Correspóndenos a nosotros, Gentiles regenerados, unirnos a estos cristianos, los primeros elegidos, y adorarte ¡oh divino Niño! después de tantos siglos en que venimos contemplando la marcha de las naciones hacia Belén, bajo el amparo de la Estrella. A nosotros nos corresponde el adorarte con los Magos; más afortunados que estos primogénitos de la Iglesia, hemos llegado a oír tus palabras, hemos contemplado tus sufrimientos y tu cruz, hemos sido testigos de tu Resurrección; y si te saludamos como a Rey del universo, ahí está ese universo a nuestra vista, repitiendo tu Nombre excelso y glorioso desde el Oriente al Occidente. El Sacrificio que renueva todos tus misterios se ofrece hoy en todos los lugares de la tierra; la voz de tu Iglesia resuena en todo mortal oído; y sentimos con gozo que toda esa luz brilla para nosotros, que todas esas gracias son herencia nuestra. Por eso, te adoramos ¡oh Cristo! los que te gozamos en la Iglesia, la Belén eterna, la casa del Pan de vida. 

Ilústranos ¡oh María! como ilustraste a los Magos. Decláranos más y más el dulce Misterio de tu Hijo; haz que nuestro corazón se someta enteramente a su adorable imperio. Vela, con tu maternal solicitud, porque no perdamos una sola de sus lecciones, y para que esa morada de Belén en la que hemos entrado en pos de los peregrinos de Oriente, realice en nosotros una completa renovación de toda nuestra vida.

lunes, 8 de enero de 2018

9 de enero CUARTO DIA DE LA OCTAVA DÉ EPIFANIA. VOCACIÓN Y DIGNIDAD DE LOS MAGOS. Dom Próspero Gueranguer


Aparecida en Oriente la estrella anunciada por Balaam, los tres Magos, cuyos corazones permanecían abiertos a la esperanza del Mesías Libertador, sintieron, repentinamente el aguijón del amor que les espoleaba. A diferencia de los pastores de Belén, a quienes la voz de un Angel invitó hacia el pesebre, reciben ellos la noticia de la gozosa llegada del Rey de los Judíos de una manera mística y silenciosa. Pero, en sus corazones recibía una explicación el lenguaje mudo de la Estrella por obra del mismo Padre celestial, que les revelaba a su Hijo. Aquí su vocación sobrepasó en dignidad a la de los pastores, los cuales no supieron nada sino por ministerio de los Angeles conforme a la divina disposición de la antigua Ley. 

Mas, si es cierto que la gracia de Dios se dirigió directamente a sus corazones, también puede decirse que los halló fieles. Los pastores acudieron presurosos a Belén, nos dice San Lucas. Los Magos, hablando con Herodes expresan con no menor contento la sencillez de su presteza: "Vimos, dicen, su Estrella, y hemos venido a adorarle." 

Abrahán mereció llegar a ser Padre de los Creyentes, gracias a su fidelidad en seguir el mandato que Dios le daba de salir de Caldea, tierra de sus antepasados, y trasladarse a una región para él desconocida; los Magos por la docilidad de su fe, no menos admirable, merecieron ser los predecesores de la Iglesia de los Gentiles. 

También ellos salieron de Caldea, según refiere San Justino y Tertuliano; al menos era la patria de algunos. También esos autores, cuyo testimonio confirman otros Padres, señalan a la Arabia como lugar nativo de alguno de los otros piadosos viajeros. Una tradición popular, admitida siglos más tarde en la iconografía cristiana, hace natural de Etiopía al tercero de ellos. De todos modos, no se puede negar que David y los Profetas señalaron ya a los negros habitantes de Africa como unos de los primeros que debían ser objeto de la predilección divina. Por la condición de Magos, debemos entender la profesión de estos hombres, que no era otra que el estudio del curso de los astros, en el cielo en el que espiaban el próximo aparecer de la profética Estrella por la que suspiraban; porque eran sin duda de aquellos Gentiles temerosos de Dios, como el centurión Cornelio, y no se habían mancillado con el contacto idolátrico, conservando, en medio de tantas tinieblas, las puras tradiciones de Abrahán y de los Patriarcas. 

El Evangelio no dice que fueran reyes; pero, no sin motivo, les aplica la Iglesia los versículos en que habla David de los Reyes de Arabia y de Sabá que llegan a los pies del Mesías con sus ofrendas de oro. Se apoya esta tradición en el testimonio de San Hilario de Poitiers, de San Jerónimo, del poeta Juvenco, de San León y de otros muchos. Indudablemente, no debemos figurarnos a los Magos como grandes potentados, cuyo imperio pudiera compararse en extensión e importancia con el poderío romano; pero ya sabemos que la Sagrada Escritura atribuye con frecuencia el nombre de reyes a pequeños príncipes, a simples gobernadores de provincia. Basta, pues, que los Magos ejercieran alguna autoridad sobre los pueblos; por lo demás, las consideraciones que Herodesse cree obligado a tener con extranjeros que llegan hasta su palacio para anunciar el nacimiento de un Rey de los Judíos, al cual tratan de rendir homenaje con tanto celo, demuestran suficientemente la importancia de estos personajes, así como el movimiento que su llegada despierta en la ciudad de Jerusalén, indica bien a las claras que su presencia venía acompañada de un exterior majestuoso. 

Estos dóciles reyes dejan de repente su patria, sus riquezas, y su tranquilidad, para seguir a la Estrella; el poder de Dios que les había llamado los reúne en un mismo viaje y en una misma fe. Ni los peligros y los trabajos del camino cuyo final ignoran, ni el temor de despertar contra sí las sospechas del Imperio Romano, logran detenerlos. 

Su primer descanso es Jerusalén. Llegan estos Gentiles a la ciudad santa, que pronto será maldita, para anunciar a Jesucristo y manifestar su venida. Con todo el aplomo y la tranquilidad de los Apóstoles y de los Mártires declaran su firme intención de ir a adorarle. Obligan a Israel, depositarla de las divinas profecías, a confesar uno de los principales datos del Mesías, su nacimiento en Belén. El Sacerdocio judío, cumple, sin darse cuenta, su sagrado ministerio; Herodes se revuelve en su lecho, y planea ya sus proyectos asesinos. Mas, es ya hora de que abandonen los Magos, la ciudad infiel, que ha recibido con su presencia el anuncio de su repudio. Vuelve a aparecer la Estrella en el cielo, animándolos a continuar su marcha; unos pasos más y se hallarán en Belén a los pies del Rey que venían buscando. 

También nosotros; ¡oh Emmanuel! te seguimos y caminamos a tu luz; porque Tú has dicho en la Profecía de tu Discípulo amado: "Yo soy la estrella brillante de la mañana." (XXII, 16). El astro que conduce a los Magos e.s simplemente un símbolo de esa inmortal Estrella. Tú eres el lucero matutino; porque tu nacimiento anuncia el fin de las tinieblas, del error y del pecado. Tú eres el lucero matutino; porque, después de haber sufrido la prueba de la muerte y del sepulcro, sales de repente de las sombras a la luz matinal el día de tu Resurrección gloriosa. Tú eres el lucero matutino; porque, con tu Nacimiento y los Misterios que van a seguirle, nos anuncias el día sin nubes de la eternidad. ¡Oh! acompáñenos tu luz constantemente y seamos siempre dóciles para abandonarlo todo por seguirla como los Magos: ¡Cuán espesas eran las tinieblas que nos rodeaban cuando nos llamaste a tu gracia! ¡Nosotros amábamos esas tinieblas, y a pesar de eso nos hiciste amar la luz! ¡Oh Cristo! conserva en nosotros ese amor. No se nos acerque el pecado, que no es más que tinieblas. No nos seduzcan los pérfidos espejismos de la falsa conciencia. Aleja de nosotros la ceguedad de Jerusalén y de su Rey, para quienes no luce la Estrella; guíenos ella en todo momento y condúzcanos a Ti, nuestro Rey, nuestra paz y nuestro amor. 

También a ti te saludamos ¡oh María! estrella de los mares, que brillas sobre las olas de este mundo para calmarlas y para proteger a los que claman a ti en la tempestad. Tu favoreciste a los Magos a través del desierto; guía también nuestros pasos y dirígenos hasta Aquel que descansa en tus brazos y te ilumina con su luz eterna.

domingo, 7 de enero de 2018

8 de enero TERCER DIA DE LA OCTAVA DE EPIFANIA. ALIANZA DE CRISTO Y DE LA IGLESIA. Dom Próspero Gueranguer


El gran Misterio de la Alianza del Hijo de Dios con su Iglesia universal representada por los tres Reyes Magos en la Epifanía, fué ya presentido por los siglos que precedieron a la venida del Emmanuel. Lo publicó anticipadamente la voz de los Patriarcas y Profetas; y la misma Gentilidad se hizo a veces fiel eco del mismo.

Ya en el paraíso terrenal, exclamaba Adán inocente a la vista de la Madre de los vivientes salida de su costado: "He aquí carne de mi carne y hueso de mis huesos; dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa; y serán dos en una misma carne." La luz del Espíritu Santo iluminaba entonces el alma de nuestro primer padre; y, según el parecer de los más profundos intérpretes de los misterios de la Sagrada Escritura, Tertuliano, San Agustín, San Jerónimo, se celebraba ya la Alianza del Hijo de Dios con la Iglesia, salida con el agua y la sangre de su costado abierto en la cruz; con la Iglesia por cuyo amor dejó la diestra de su Padre, para rebajarse hasta la forma de siervo, y abandonó la Jerusalén celestial para compartir con nosotros esta morada terrena. 

El segundo padre de la humanidad, Noé, después de haber contemplado en el cielo el arco de la misericordia, como anuncio de nuevos favores del cielo, profetizó en sus tres hijos el porvenir del mundo. Cam había merecido la maldición de su padre; por un momento pareció Sem el preferido: estaba destinado al honor de ver salir de su raza al Salvador del mundo; con todo eso, leyendo el Patriarca en el futuro exclamó: "Dios extenderá la herencia de Jafet; y habitará en las tiendas de Sem." Y poco a poco vemos en el correr de los tiempos, que se vá debilitando y llega casi a romperse la antigua alianza contraída con el pueblo de Israel; las razas semíticas vacilan y caen pronto en el paganismo; por fin, el Señor se une cada vez más estrechamente con la familia de Jafet, con la gentilidad del Occidente por tanto tiempo abandonada, hasta que en su seno coloca para siempre la Sede de la religión poniéndola a la cabeza de toda la especie humana. 

Más tarde, es el mismo Dios, quien se dirige a Abraham y le predice las innumerables generaciones que saldrán de él. "Mira al cielo, le dice; cuenta las estrellas, si puedes: así será el número de tus hijos." 

Efectivamente, como nos lo enseña el Apóstol, la familia salida de la fe del Padre de los creyentes había de ser más numerosa, que aquella de que era origen por Sara; y todos los que recibieron la fe del Mediador, todos los que guiados por la Estrella acudieron a El como a su Señor, todos esos son hijos de Abraham. 

El Misterio vuelve a aparecer en el seno mismo de la esposa de Isaac. Siente ésta con temor que sus dos hijos luchan en sus entrañas. Rebeca se dirige al Señor, quien le responde: "Dos pueblos hay en tu seno; ambos se combatirán mutuamente; el segundo vencerá al primero y el mayor servirá al más joven." Ahora bien, este más joven, este hijo indomable ¿quién es, según la doctrina de San León y del obispo de Hipona, sino ese pueblo gentil que lucha con Judá por obtener la luz, y que simple hijo de la promesa, acaba por sobreponerse al hijo de la carne? 

Luego, es Jacob, en su lecho de muerte, quien teniendo a su alrededor a sus doce hijos, padres de las doce tribus de Israel, señala a cada uno de una manera profética el papel que han de desempeñar en el futuro. Judá es el preferido; porque será el rey de sus hermanos, y de su gloriosa sangre nacerá el Mesías. Mas, la profecía acaba siendo para Israel tan alarmante cuanto consoladora para todo el género humano. "Judá, tú conservarás el cetro: tu raza será una raza de reyes, pero sólo hasta que venga El que ha de ser enviado; El será el esperado de las naciones." 

Después de la salida de Egipto, al entrar el pueblo de Israel en posesión de la tierra prometida, exclamaba Balaam con el rostro vuelto hacia el desierto completamente invadido por tiendas y pabellones de Jacob: "Lo veré, mas aún no; lo contemplaré, pero más tarde. Una Estrella saldrá de Jacob; un cetro regio surgirá de su seno." Y Preguntado por el rey idólatra, añadió Balaam: "¡Oh, quién pudiera vivir cuando Dios obre todo esto! Vendrán de Italia en galeras; los Asirlos serán sojuzgados; los Hebreos devastados, y por fln, también perecerán ellos." ¿Cuál será el imperio que reemplace a ese de hierro y muerte? El de Cristo, que es la Estrella, y que sará el único Rey eterno. 

David abunda en presentimientos de este gran día. En cada página celebra la realeza de su hijo según la carne; nos le muestra Investido de cetro, ceñido con la espada, ungido por el Padre de los siglos, llevando sus dominios de un extremo a otro de los mares; luego, conduce a sus plantas a los Reyes de Tarsis y de las islas lejanas, a los Reyes de Arabia y de Sabá, a los Príncipes de Etiopía. Canta también sus presentes de oro y sus adoraciones. 

En su maravilloso epitalamio, el autor del Cantar de los Cantares, describe las delicias de la celeste unión del divino Esposo con la Iglesia; ésta afortunada Esposa no es la Sinagoga. Llámala Cristo con delicadeza para coronarla; mas su voz se dirige a la que mora más allá de las fronteras del pueblo escogido. "Ven, dice, prometida mía, ven del Líbano, baja de las cumbres de Amana, de las alturas del Sanir y del Hermón; sal de las negras cavernas de dragones, deja los montes habitados por leopardos." Mas, la hija del Faraón replica: "Soy negra"; mas no se turba en sus palabras porque sabe muy bien que la gracia de su Esposo la ha vuelto bella. 

A continuación se levanta el profeta Oseas, quien dice en nombre del Señor: "He elegido un hombre, que no me dará el nombre de Baal en adelante. Quitaré de su boca ese nombre y no se volverá a acordar de él. Y me uniré a ti para siempre ¡oh hombre nuevo! Esparciré tu raza por toda la tierra; tendré compasión de quien no conoció la misericordia; a quien no era mi pueblo, le diré: ¡Pueblo mío! Y él me responderá: ¡Dios mío!" 

Tobías a su vez, desde el fondo de la cautividad, pronunció una magnífica profecía; a sus ojos desaparece la Jerusalén que ha de recibir a los judíos libertados por Ciro, ante la presencia de otra Jerusalén más brillante y hermosa. "Nuestros hermanos dispersos, dice, volverán a la tierra de Israel; la casa de Dios será nuevamente edificada. Todos los temerosos de Dios acudirán allí; los Gentiles dejarán sus ídolos y vendrán a Jerusalén y morarán en ella; todos los reyes de la tierra fijarán su domicilio en ella en medio de la alegría, llegados para adorar al Rey de Israel." 

Y si las naciones deben ser despedazadas por la justicia de Dios a causa de sus pecados, será para llegar luego a la dicha de una alianza eterna con Dios. Porque, El mismo dice por su Profeta Sofonías: "Mi justicia es reunir a las naciones, juntar en un haz a los reinos; sobre ellos derramaré mi indignación y todo el ardor de mi ira; toda la tierra será consumida. Pero enseguida daré a los pueblos un lenguaje selecto, para que todos invoquen el nombre del Señor, y lleven juntos mi yugo. Desde más allá de los ríos de Etiopía me invocarán; los hijos de los pueblos dispersos me traerán presentes." 

El Señor había ya anunciado sus misericordiosos designios por boca de Ezequiel: "Un Rey único mandará a todos, dice el Señor; no habrá ya dos naciones, ni dos reinos. No se mancillarán más con sus ídolos; les salvaré, allí mismo donde pecaron, ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. Habrá un solo pastor para todos. Haré con ellos una alianza de paz, un pacto eterno; los multiplicaré y mi santuario estará en medio de ellos por siempre." 

Por eso Daniel, después de haber profetizado los Imperios que habían de suceder al Romano, añade: "Mas el Dios del cielo suscitará a su vez un Imperio que no será nunca destruido, y cuyo cetro no pasará a otro pueblo. Este imperio rebasará los límites de todos los que le han precedido, y durará eternamente." 

Sobre los cataclismos que habrán de preceder a la llegada de ese Pastor único y al establecimiento de ese santuario eterno que se ha de levantar en medio de los Gentiles, el profeta Ageo, habla de la siguiente manera: "Todavía un poco más de tiempo, y destruiré el cielo, la tierra y el mar; confundiré a todos los pueblos y entonces vendrá el Deseado de las naciones." 

Habría que citar a todos los Profetas para señalar bien todos los rasgos de ese gran espectáculo prometido al mundo por el Señor para el día en que acordándose de las naciones, las llame a los pies del Emmanuel. La Iglesia nos ha hecho oír la voz de Isaías en la Epístola de esta Fiesta, y el hijo de Amós es ciertamente el más elocuente de todos. 

Si prestamos oído ahora a las voces que suben hacia nosotros del seno de la Gentilidad, oiremos ese clamor de ansia, expresión del deseo universal que habían anunciado los Profetas hebreos. La voz de las Sibilas despertó la esperanza en el corazón de los pueblos; el Cisne de Mantua, en el seno mismo de Roma, consagra sus más bellos versos a reproducir sus consoladores vaticinios: "La última edad, dice, la edad predicha polla Virgen de Cumas ha llegado; una nueva era va a comenzar; una raza nueva desciende del cielo. La edad de hierro termina al nacer ese Niño; un pueblo de oro se dispone a invadir la tierra. Las huellas de nuestros crímenes serán borradas; y desaparecerá el terror que dominaba al mundo." 

Como respondiendo a los vanos escrúpulos de quienes temían reconocer, con San Agustín y otros muchos santos Doctores, la voz de las antiguas tradiciones expresándose por boca de las Sibilas; Cicerón, Tácito, Suetonio, filósofos e historiadores gentiles, acuden también a confirmar, que el género humano esperaba en su tiempo a un Libertador, que este Libertador debía salir no sólo del Oriente, sino de Judea; y que los tiempos del Imperio que debía abarcar al mundo entero estaban para comenzar. 

Compartían esa universal espera de tu llegada oh Emmanuel los Magos, a cuyos ojos hiciste aparecer la Estrella; por eso no perdieron un solo momento, poniéndose inmediatamente en camino en busca del Rey de los Judíos, cuyo nacimiento se les había anunciado. Eran muchas las profecías que en ellos se realizaban; pero si ellos recibían las primicias, nosotros poseemos la plenitud de su efecto. La alianza está firmada, y te pertenecen nuestras almas por cuyo amor descendiste del cielo; la Iglesia ha brotado de tu divino costado, junto con el agua y la sangre; cuanto hiciste por la Esposa predestinada, lo realizas también en cada uno de sus fieles hijos. Descendientes de Jafet, hemos desheredado a la raza de Sem que nos cerraba sus tiendas; y el derecho de primogenitura de que gozaba Judá ha pasado a nosotros. Nuestro número tiende, de siglo en siglo, a igualar el número de las estrellas. Lejos ya de nosotros la ansiedad de la espera; ha aparecido la estrella, y el Rey que anunciaba no cesará ya nunca de derramar sobre nosotros sus beneficios. Los Reyes de Tarsis y de las Islas, los Reyes de Arabia y de Sabá, los Príncipes de Etiopía han llegado con sus presentes, y todas las generaciones los han seguido. La Esposa, entronizada con todos los honores, no se vuelve ya a acordar de los montes de Amana ni de las alturas de Sanir y del Hermón, donde suspiraba en compañía de los leopardos; ha dejado de ser negra, y es bella, sin manchas ni arrugas, digna del divino Esposo. Ha olvidado a Baal pa-ra siempre; y habla con amor el lenguaje que Dios mismo la ha enseñado. Un solo Pastor apacienta al único redil; el último Imperio prosigue sus destinos hasta la eternidad. 

Tú eres, oh divino Niño, el que viniste a traernos todos estos bienes y a recibir todos esos homenajes. Crece pues, oh Rey de Reyes, sal pronto de tu silencio. Después que hayamos saboreado las lecciones de tu humildad, háblanos como Maestro; desde hace tiempo reina César Augusto y la Roma pagana se cree eterna. Tiempo es ya de que el trono de la fuerza ceda su lugar al trono de la caridad, y que la nueva Roma se levante sobre la antigua. Las naciones llaman a la puerta y buscan a su Rey; acelera el día en que no tengan necesidad de venir a ti, sino que tu misericordia los vaya a buscar por medio de la predicación evangélica. 

Muéstrales a Aquel a quien ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; muéstrales a la Reina que has elegido para ellos. Elévese pronto María en alas de los Angeles, desde la humilde morada de Nazaret, desde el pobre establo de Belén, hasta el trono de la misericordia, desde cuya altura protegerá a todos los pueblos y a todas las generaciones. 

7 enero SEGUNDO DIA DE LA OCTAVA DE EPIFANIA LOS MAGOS


Una fiesta tan importante como la de Epifanía no podía carecer de una Octava. Esta Octava sólo es inferior en dignidad a la de Pascua y de Pentecostés; y es más privilegiada que la do Navidad, la cual admite fiestas de rito doble y semidoble, mientras que la Octava de Epifanía sólo cede ante una fiesta Patronal de primera clase. De los antiguos Sacramentarlos se desprende también, que en la antigüedad, los dos días posteriores a Epifanía, eran fiestas de precepto lo mismo que los dos días siguientes a las fiestas de Pascua y Pentecostés. Todavía son conocidas las Iglesias estacionales donde clero y fieles se reunían en estos dos días.

Con el fin de entrar más de lleno en el espíritu de la Iglesia, durante esta gloriosa Octava, contemplaremos diariamente el Misterio de la Vocación de los Magos, acudiendo con ellos al sagrado retiro de Belén, para ofrecer allí nuestros dones al divino Niño, al que hemos sido conducidos por la estrella.

Y ¿quiénes son estos Magos, sino los precursores de la conversión de todos los pueblos al Señor su Dios, los padres de las naciones en la fe del Redentor venido, los patriarcas del género humano renovado? Súbitamente hacen su aparición en Belén, en número de tres, según la tradición de la Iglesia, conservada por San León, por San Máximo de Turín, San Cesáreo de Arlés y por las pinturas cristianas que, desde la era de las persecuciones, adornan las catacumbas de la ciudad santa.

De esta manera se continúa en ellos el Misterio señalado ya desde los primeros días del mundo por tres hombres justos: Abel, sacrificado, como figura de Cristo; Seth, padre de los hijos de Dios, separados de la raza de Caín; Enoch, que tuvo la honra de reglamentar el culto del Señor.

Y también ese segundo Misterio de otros tres antepasados del género humano, de los cuales salieron todas las razas después del diluvio: Sem, Cam y Jafet, hijos de Noé.

FINALMENTE, el tercer Misterio de los tres abuelos del pueblo escogido: Abraham, padre de los creyentes; Isaac, nueva figura de Cristo inmolado; Jacob, fuerte en su lucha con Dios y Padre de los doce Patriarcas de Israel.

Mas, todos esos hombres sobre quienes se cifraba la esperanza del género humano, tanto en el orden de la naturaleza como en el de la gracia, fueron simples depositarios de la promesa; y sólo de lejos, como dice el Apóstol, saludaron su afortunada realización (Hebr., XI, 13). Los pueblos no marcharon hacia Dios en pos de ellos; cuanto más luminosa brillaba la luz sobre Israel, tanto más profunda se hacía la ceguera de las naciones. Muy al contrario los Magos no llegan a Belén sino como nuncios y precursores de las generaciones venideras. En ellos, la figura pasa a la más completa realidad por la misericordia del Señor, que habiendo venido a buscar al perdido, se dignó tender los brazos a todo el género humano porque todo él había perecido.

Contemplemos también a esos felices Magos figurados por aquellos tres fieles reyes, gloria del trono de Judá, mantenedores en el pueblo escogido de las tradiciones relativas a la espera del Libertador, y enemigos de la idolatría: David, tipo sublime del Mesías; Ecequías, cuyo valeroso brazo aleja a los falsos dioses; Josías, restableeedor de la ley del Señor, olvidada por su pueblo.

Los sagrados libros nos presentan todavía otro tipo de esos piadosos viajeros que, desde la remota Gentilidad acuden a saludar al Rey pacífico y ofrecerle sus presentes; es la reina de Sabá, figura de la Gentilidad, y que, atraída por la fama de la profunda sabiduría de Salomón, llamado el Pacífico, llega a Jerusalén con sus camellos cargados de oro, aromas y piedras preciosas, y venera la realeza del Mesías en uno de sus más significados prototipos.


De esta suerte, oh Cristo, es como, en esa tenebrosa noche, que consintiéndolo la justicia de tu Padre, se habla esparcido por todo el mundo pecador, iluminan el cielo algunos rayos de gracia, prometiendo días más serenos, cuando el Sol de tu justicia aparezca por fin sobre las tinieblas de la muerte. Para nosotros pasó ya el tiempo de esas funestas tinieblas; no tenemos ya que contemplarte bajo las pálidas figuras de vacilantes luces. Te poseemos a ti mismo y para siempre ¡oh Emmanuel! Es cierto, que sobre nuestra frente no brilla la diadema de la reina de Sabá; pero no por eso somos peor recibidos ante tu cuna. Has invitado a unos pastores a recibir las primeras lecciones de tu doctrina: todos los hijos de los hombres son llamados a formar parte de tu corte; haciéndote niño, has puesto al alcance de todos, los tesoros de tu sabiduría infinita. ¡Cuán grande debe ser nuestra gratitud por este beneficio de la luz de la Fe, sin la cual lo ignoraríamos todo, aun creyendo saberlo todo! ¡Cuán menguada, incierta y falaz es la ciencia humana comparada con la tuya, cuya fuente tenemos a nuestro lado! Guárdanos siempre ¡oh Cristo! No permitas que despreciemos nunca esa luz que haces brillar ante nuestros ojos, tamizándola con el velo de tu humilde infancia. Líbranos del orgullo que todo lo obscurece, endureciendo el corazón; confíanos a los cuidados de tu Madre, María, para que nuestro amor nos mantenga siempre junto a ti, bajo su maternal mirada.