martes, 21 de marzo de 2017

22 de Marzo: MIÉRCOLES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA. Del Año Litúrgico de Dom Guéranger.

La Estación, en Roma, se celebra en la Iglesia de San Sixto, en la Vía Apia. Hoy se la llama San Sixto el antiguo, para distinguirle de otra iglesia consagrada a la memoria del mismo santo Papa y mártir. 

COLECTA 

Suplicámoste, Señor, hagas que, educados con saludables ayunos, y absteniéndonos además de los vicios perjudiciales, alcancemos más fácilmente tu misericordia. Por el Señor. 

 EPÍSTOLA 

Lección del libro del Éxodo. 
Esto dice el Señor, Dios: Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas largos años sobre la tierra, que te dará el Señor, tu Dios. No matarás. No fornicarás. No hurtarás. No levantarás falso testimonio contra tu prójimo. No codiciarás la casa de tu prójimo: ni desearás su mujer, ni su siervo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada de lo que es suyo. Y todo el pueblo veía las voces, y los relámpagos, y el sonido de la trompeta, y el monte humeante: y, atemorizados, y poseídos de pavor, se quedaron lejos, diciendo a Moisés: Háblanos tú, y te oiremos: que no nos hable el Señor, no sea que muramos. Y dijo Moisés al pueblo: No temáis, pues ha venido Dios para probaros, y para que su temor more en vosotros y no pequéis. Y el pueblo se quedó lejos. Moisés, en cambio, se acercó a la nube en que estaba el Señor. Dijo además el Señor a Moisés: Esto dirás a los hijos de Israel: Habéis visto que os he hablado desde el cielo. No os fabricaréis dioses de oro. Me levantaréis un altar de tierra, y me ofreceréis sobre él vuestros holocaustos y hostias pacíficas, vuestras ovejas y bueyes, en todo lugar donde hubiere memoria de mi nombre. 
 
OBLIGACIONES PARA CON DIOS Y CON EL PRÓJIMO.— Hoy la Iglesia nos recuerda los preceptos del Señor referentes al prójimo, comenzando por el que manda respetar a los padres. En este santo tiempo de reforma y conversión es útil a los fieles recordar que nuestros deberes para con el prójimo descansan en la autoridad de Dios; de donde se sigue que a quien hemos ofendido es al mismo Dios cuando hemos pecado contra nuestros semejantes. Dios reclama primero sus propios derechos; quiere que se le adore y sirva; prohibe el culto grosero de los ídolos; prescribe se guarden el sábado, los sacrificios, las ceremonias; pero al mismo tiempo quiere que el hombre ame a su prójimo como a sí mismo; se declara vengador de nuestros hermanos cuando les hemos ofendido, si nosotros no reparamos el agravio o injuria. Su voz es la misma en el Sinaí cuando reclama los derechos de nuestro prójimo que cuando enseña al hombre sus obligaciones para con su Creador. Sabiendo el origen de nuestros deberes, comprenderemos mejor el estado de nuestras conciencias y cuán deudores somos a la justicia de Dios. Mas si la ley antigua, grabada en tablas de piedra, se sanciona con tanta autoridad el precepto del amor del prójimo, ¡cuánto más la nueva, sellada con la sangre de Jesucristo muriendo en la Cruz por sus hermanos ingratos, nos revelará el alcance del precepto de la caridad fraterna! Ante nuestros ojos tenemos estas dos leyes; conforme a este doble texto debemos ser juzgados; démonos prisa por conformarnos a sus prescripciones a fin de que se cumpla en nosotros esta palabra del Señor: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis caridad unos para con otros (
S. Juan, XIII, 35)"

 EVANGELIO
 
Continuación del santo Evangelio según S. Mateo. 



En aquel tiempo se acercaron a Jesús unos escribas y fariseos de Jerusalén, diciendo: ¿Por qué quebrantan tus discípulos la tradición de los ancianos? Pues no lavan sus manos, cuando comen pan. Y Él, respondiendo, les dijo: ¿Y por qué quebrantáis vosotros el mandato de Dios por seguir vuestra tradición? Pues Dios ha dicho: Honra a tu padre, y a tu madre. Y: El que maldijere al padre, o a la madre, muera de muerte. Pero vosotros decís: El que dijere al padre, o a la madre: Aprovéchete todo cuanto yo ofrezca, no necesita honrar a su padre, o a su madre. Así habéis invalidado el mandato de Dios por vuestra tradición. Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, diciendo: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Mas en vano me honran, enseñando doctrinas y mandamientos de hombres. Y, llamando así a las turbas, les dijo: Oíd, y entended. No mancha al hombre lo que entra por la boca: lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre. Entonces, acercándose sus discípulos, le dijeron: ¿Sabes que los fariseos, al oír esas palabras, se han escandalizado? Pero Él, respondiendo, dijo: Toda planta, que no ha plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. Dejadlos: son ciegos, y guías de ciegos. Pero, si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo. Y, respondiendo Pedro, le dijo: Explícanos esa parábola. Y El dijo: ¿Tampoco vosotros la entendéis aún? No comprendéis que todo lo que entra por la boca, va al vientre, y es echado en el reservado? Mas, lo que procede de la boca, sale del corazón, y esto es lo que mancha al hombre: porque del corazón brotan los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que manchan al hombre. El comer con las manos sin lavar no mancha al hombre. 

LAS PRÁCTICAS EXTERNAS. — La ley que dió Dios a Moisés prescribía un gran número de prácticas y ceremonias externas; y los fieles judíos las observaban con celo y exactitud. Jesús mismo, aunque era el supremo legislador se sometió humildemente. Pero los fariseos habían añadido tradiciones humanas y supersticiones a las leyes y mandatos divinos y hacían consistir la religión en estas invenciones propias de su orgullo. El Salvador sale en favor de los débiles y humildes a quienes estas falsas enseñanzas podían descarriar y restableció el verdadero sentido de esas prescripciones exteriores. Los fariseos se lavaban las manos gran número de veces al día creyendo que si no se habían lavado las manos, e incluso el cuerpo entero una vez al día, su comida habría sido impura, a consecuencia de las manchas que habían contraído con el trato y contacto de miles de cosas que no estaban señaladas en la ley. Jesús quiere arrancar de raíz este yugo humillante y arbitrario y reprocha a los fariseos el haber pervertido la ley de Moisés. 


LO QUE MANCHA EL ALMA..— Pasa a continuación a juzgar el fondo de estas prácticas y enseña que no hay criaturas impuras por sí mismas y que la conciencia de un hombre no se mancha por el mero hecho de comer. "Lo que hace culpable al hombre, dice el Salvador, son los pensamientos y obras malas que brotan del corazón." Los herejes han pretendido encontrar en estas palabras la reprobación de las prácticas externas que impone la Iglesia y en especial condenan las abstinencias que prescribe; en esto merecen que se les aplique a ellos lo que decía Jesús de los fariseos: "Son ciegos que guían a otros ciegos." En efecto, del hecho de que los pecados que el hombre comete con respecto a las cosas materiales son tales pecados en cuanto interviene la voluntad que es espiritual, no se sigue que esta voluntad pueda usar inocentemente de las cosas materiales cuando Dios o su Iglesia, que legisla en su nombre, lo prohiben. Dios prohibió a nuestros primeros padres, bajo pena de muerte, comer del fruto de cierto árbol; comieron y se hicieron reos de culpa ¿sucedió acaso esto porque el fruto era malo en sí mismo? No; este fruto era una criatura de Dios como los demás frutos del jardín; más el corazón de nuestros primeros padres aceptó el pensamiento de desobediencia y se adhirió a él; en este caso se cometió el pecado con ocasión de un fruto. En la ley que Dios dio en el monte Sinaí prohibió a los hebreos comer carne de ciertas especies de animales. Si las comían se hacían culpables, porque habían desobedecido al Señor y no por que en sí fuesen malditas estas carnes. Los preceptos de la Iglesia referentes al ayuno y a la abstinencia son de la misma naturaleza que los que acabamos de recordar. A fin de que podamos aplicarnos y exclusivamente para nuestro interés el principio de la penitencia cristiana, la Iglesia nos prescribe la abstinencia con cierta medida; si violamos su ley no serán los platos los que manchen nuestra alma, será el revelarnos contra el poder sagrado que Jesucristo nos recomendaba ayer enérgicamente, quien se atrevió a decir sin miramiento que todo aquel que no escucha a la Iglesia se le debe considerar como un pagano. 


ORACIÓN 

Humillad vuestras cabezas a Dios. Suplicámoste, oh Dios omnipotente, hagas que, los que buscamos la gracia de tu protección, libres de todos los males, te sirvamos con tranquilo corazón. Por el Señor. 


Año Litúrgico de Dom Guéranger




No hay comentarios:

Publicar un comentario