jueves, 20 de abril de 2017

VIERNES DE PASCUA. Del Año Litúrgico de Dom Guéranger.

Hace ocho días estábamos alrededor de la cruz sobre la cual "el varón de dolores" (Isaías, LIII, 3) expiraba abandonado de su Padre, y rechazado como un falso Mesías por el juicio solemne de la Sinagoga; y he aquí que el sol sale hoy por séptima vez, después que se dejó oir el clamor del Ángel proclamando la Resurrección de la adorable víctima. La Esposa, que poco ha temblaba, con la frente en el polvo, ante esta justicia de un Dios, enemigo del pecado, hasta "no perdonar ni a su propio Hijo" (Rom., VIII, 32), porque este Hijo divino llevaba en sí la semejanza del pecador, ha levantado de pronto la cabeza para contemplar el triunfo súbito y fulgurante de su Esposo, que la invita él mismo a la alegría. Mas si hay un día en esta octava en que deba exaltar el triunfo de tal vencedor, es ciertamente el Viernes, en que ella vio expirar, "colmado de oprobios" (Thren., III, 30) a aquel mismo cuya victoria renueva ahora al mundo entero. 

 MISA
 
El Introito, sacado de los Salmos, recuerda a los neófitos el paso del mar Rojo y el poder de sus aguas para la liberación de Israel. 

INTROITO 

Los sacó el Señor con esperanza, aleluya: y a sus enemigos los ahogó en el mar. Aleluya, aleluya, aleluya. Salmo: Atiende, pueblo mío, a mi ley: inclina tu oído a las palabras de mi boca. V. Gloria al Padre. 

La Pascua es la reconciliación del hombre con Dios, pues el Padre no puede rehusar nada a un vencedor como su Hijo resucitado. La Iglesia pide en la Colecta que permanezcamos siempre dignos de tan bella alianza, conservando fielmente en nosotros el sello de la regeneración pascual. 

COLECTA 

Omnipotente y sempiterno Dios, que nos has dado el misterio pascual como pacto de la reconciliación humana: concede a nuestras almas la gracia de imitar con obras lo que celebramos con fe. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 

EPÍSTOLA
 
Lección de la Epístola del Ap. S. Pedro (I Pet., III. 18-22).
Carísimos: Cristo murió una vez por nuestros pecados, el Justo por los injustos, para ofrecernos a Dios; murió, ciertamente, según la carne, pero fue vivificado en el Espíritu. En el cual fue también y predicó a los espíritus que estaban encarcelados: los cuales fueron incrédulos en otro tiempo cuando los esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se fabricaba el arca en la que se salvaron del agua unos pocos, es decir, ocho personas. De un modo parecido os ha salvado también ahora a vosotros el Bautismo, no quitando las manchas del cuerpo, sino purificando la conciencia delante de Dios, por la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, que está a la diestra de Dios. 

EL DILUVIO Y EL BAUTISMO. — El Apóstol San Pedro es a quien también escuchamos hoy en la Epístola; y sus enseñanzas son de suma importancia para nuestros neófitos. El Apóstol les recuerda en primer lugar la visita que hizo poco ha el alma del Redentor a aquellos que estaban cautivos en las regiones inferiores de la tierra; entre ellos encontró a muchos de los que antiguamente fueron víctimas de las aguas del diluvio y que hallaron su salvación en aquellas olas vengadoras; porque aquellos hombres, incrédulos al principio a las amenazas de Noé, pero después abatidos por la inminencia del castigo, se arrepintieron de su falta e imploraron sinceramente el perdón. De ahí, el Apóstol eleva el pensamiento de los oyentes hacia los afortunados moradores del arca, que representaban nuestros neófitos, a los que hemos visto atravesar las aguas, no para perecer en este elemento, sino para llegar a ser, como los hijos de Noé, padres de una nueva generación de hijos de Dios. El bautismo no es, pues, añade el Apóstol, un baño vulgar; es la purificación de las almas, con la condición de que estas almas sean sinceras en el compromiso solemne contraído en la fuente sagrada, de ser fieles a Cristo, que las salva, y de renunciar a Satanás y a todo lo que a él se refiere. El Apóstol termina mostrándonos el misterio de la Resurrección de Jesucristo como la fuente de la gracia del Bautismo, al que la Iglesia ha unido por esta razón la administración solemne en la celebración misma de la Pascua.

GRADUAL
 
Este es el día que hizo el Señor: gocémonos y alegrémonos en él. V. Bendito el que viene en nombre del Señor: el Señor es Dios, y nos ha iluminado. Aleluya, aleluya. V. Decid a las gentes: que el Señor ha reinado desde el madero.

EVANGELIO
 
Continuación del santo Evangelio según San Mateo (XXVIII, 16-20)



En aquel tiempo los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que les había señalado Jesús. Y, al verle, le adoraron: pero algunos dudaron. Y, acercándose Jesús, les dijo: Me ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y enseñad a todas las gentes: bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: enseñándolas a guardar todo cuanto os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del mundo. 

JESÚS VIVE EN LA IGLESIA. — En este pasaje del Evangelio, San Mateo, el evangelista que más brevemente cuenta la Resurrección del Salvador, resume en pocas palabras las relaciones de Jesús resucitado con sus discípulos en Galilea. Fue allí donde apareció visible no solamente a los Apóstoles sino también a otras muchas personas. El evangelista nos muestra al Salvador dando a sus Apóstoles la misión de ir a predicar su doctrina por el mundo entero; y como él no volverá a morir, se compromete a permanecer con ellos hasta el fin de los siglos, Pero los Apóstoles no vivirán hasta el último día del mundo; ¿como, pues, se cumplirá la promesa? Es que los Apóstoles, como hemos dicho, se perpetúan en la Iglesia; su testimonio y el de la Iglesia se entrelazan de modo indisoluble; y Jesucristo vela para que este testimonio único sea tan fiel como ininterrumpido. Hoy mismo tenemos a la vista un monumento de su valor incontrastable. Pedro y Pablo predicaron en Roma la Resurrección de su Maestro y pusieron allí los fundamentos del cristianismo; cinco siglos más tarde, la Iglesia, que no había dejado de ampliar sus conquistas, recibía como en parias de manos de un emperador el templo vacío y despojado de todas las falsas deidades y el sucesor de Pedro le dedicaba a María, la Madre de Dios, y a toda la legión de testigos de la Resurrección que se llaman los Mártires. La rotonda de este vasto templo reúne hoy a la asamblea de los fleles. En este edificio, que vio extinguirse el fuego de los sacrificios paganos por falta de combustible, y que después de tres siglos de abandono, como para expiar su pasado impío, purificado ahora por la Iglesia, recibe dentro de sus muros al pueblo cristiano, los neófitos no pueden menos de exclamar: "Verdaderamente resucitó Cristo, pues, después de haber muerto en una cruz, triunfa de esta manera de los Césares y de los dioses del Olimpo."

El Ofertorio está formado por textos del Éxodo, en los cuales el Señor da a su pueblo el mandato de celebrar cada año el día aniversario de su Tránsito. Si prescribió tal mandato para un acontecimiento que no tenía más que un significado terreno y figurativo, con qué fidelidad y con qué alegría deberán celebrar los cristianos el aniversario de este otro Tránsito del Señor, cuyas consecuencias se extienden hasta la eternidad y cuya realidad eclipsó todas las figuras.
 
OFERTORIO
 
Este día será memorable para vosotros, aleluya: y lo celebraréis en vuestras generaciones como una fiesta solemne dedicada al Señor: será una institución perpetua. Aleluya, aleluya, aleluya. 

La Santa Iglesia ofrece a Dios en la Secreta el Sacrificio que está preparado en favor de sus nuevos hijos; pide que les sirva para remisión de sus pecados. Pero ¿tienen todavía pecados? Es cierto que han sido lavados en la fuente de la salud; mas la ciencia divina preveía esta ofrenda de hoy, y en consideración a ella les ha sido otorgada la misericordia, aún antes que se cumpliese la condición en el tiempo.

SECRETA

Suplicámoste, Señor, aceptes aplacado estas hostias, que te ofrecemos en expiación de los pecados de los renacidos y para acelerar el celestial socorro. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 

La Antífona de la Comunión proclama triunfalmente el mandato del Señor a sus Apóstoles y a su Iglesia de enseñar a todas las naciones y de bautizar a todos los pueblos; he aquí el título de su misión; pero la aplicación que los apóstoles hicieron y que la Iglesia continúa haciendo, después de dieciocho siglos, muestra lo suficiente que aquel que habló de esta manera vive y ya no morirá. 

COMUNIÓN 

Me ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra, aleluya: Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Aleluya, aleluya. 

La Iglesia, después de haber alimentado a sus hijos con el pan de la eternidad, continúa en la Poscomunión pidiendo para ellos la remisión de las faltas que el hombre comete en el tiempo, y que le perderían para siempre, si los méritos de la muerte y de la Resurrección del Señor no estuviesen presentes de continuo a los ojos de la divina justicia. 

POSCOMUNIÓN
 
Suplicámoste, Señor, mires a tu pueblo: y, al que te has dignado renovar con misterios eternos, absuélvele benigno de las culpas temporales. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Año Litúrgico de Dom Guéranger


 

miércoles, 19 de abril de 2017

JUEVES DE PASCUA. Del Año Litúrgico de Dom Guéranger.

EL SENSUALISMO LLEVA AL NATURALISMO. — El alma vale más que el cuerpo; pero en el hombre, el cuerpo no es ni extraño ni una cosa redundante o superflua. Por los altos destinos que tiene, hemos de tratarle y cuidarle con sumo respeto; y, si en el estado presente nos vemos precisados a castigarle para que no se pierda, ni el alma con él, no será por desprecio, sino por amor. Los mártires y los santos penitentes amaron su cuerpo más que le aman quienes se entregan a los placeres; mortificándole para preservarle del mal, le salvaron; los otros, halagándole, le expusieron a la más triste suerte. Fijémonos bien: la trabazón del sensualismo con el naturalismo es manifiesta. El sensualismo falsea el fin del hombre para mejor pervertirle sin que sienta remordimiento; el naturalismo teme las luces de la fe; y precisamente sólo la fe es lo que hace al hombre comprender su destino y su fin. Esté alerta el cristiano, y si, en estos días no late su corazón de amor y esperanza con el pensamiento de lo que el Hijo de Dios ha hecho por nuestros cuerpos resucitando gloriosamente, persuádase de que es muy débil su fe. Si no quiere perderse, crea dócilmente en la palabra de Dios, pues solamente ella le hará conocer lo que es ahora y lo que está destinado a ser más tarde. 


En Roma, la Estación es en la Basílica de los doce Apóstoles. Se convocaba a los neófitos el día de hoy en este santuario dedicado a los Testigos de la resurrección, y donde descansan dos de entre ellos, San Felipe y Santiago. La Misa está esmaltada de alusiones al papel sublime de estos esforzados heraldos del divino resucitado, que han dejado oír su voz hasta los confines de la tierra y cuyos ecos resuenan, sin debilitarse, a través de los siglos. 


MISA
 

El cántico de entrada está sacado del libro de la Sabiduría, y celebra la elocuencia de los Apóstoles, mudos antes por el miedo y tímidos como niños. La Sabiduría eterna los ha transformado en hombres nuevos y toda la tierra ha conocido por ellos la victoria del Hombre- Dios. 


INTROITO
 

Tu mano vencedora alabaron, Señor, todos a una, aleluya: porque la Sabiduría abrió la boca de los mudos, e hizo elocuentes las lenguas de los niños. Aleluya, aleluya.  
Salmo: Cantad al Señor un cántico nuevo: porque ha hecho maravillas. V. Gloria al Padre. 


La Colecta nos presenta a todas las naciones reunidas en una sola por la predicación apostólica. Los neófitos han sido admitidos en esta unidad por su bautismo; la Santa Iglesia pide a Dios que los mantenga en ella por su gracia. 


COLECTA 


Oh Dios, que uniste la diversidad de las gentes en la confesión de tu nombre: da, a los renacidos en la fuente del Bautismo, una misma fe en las almas y una misma piedad en las obras. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 


EPÍSTOLA 


Lección de los Hechos de los Apóstoles (VIII, 26-40).

En aquellos días el Ángel del Señor habló a Felipe diciendo: Levántate y vete hacia el mediodía, al camino que baja de Jerusalén a Gaza, el cual está desierto. Y, levantándose, se fue. Y he aquí que un eunuco etíope, ministro de Candace, reina de los Etíopes, y superintendente de todas sus riquezas, había ido a Jerusalén a adorar a Dios: y ahora volvía a su tierra, sentado en su carro, y leyendo al Profeta Isaías. Y dijo el Espíritu a Felipe: Acércate y arrímate a ese carro. Y. acercándose Felipe, le oyó leer al Profeta Isaías, y le dijo: ¿Entiendes, por ventura, lo que lees? El dijo: ¿Y cómo podré entenderlo, si alguien no me lo explicare? Y rogó a Felipe que subiera y se sentara con él. Y el lugar de la Escritura que leía, era éste: Fue llevado a la muerte como una oveja: y, como un cordero, mudo ante el que le trasquila, no abrió su boca. Después de su humillación ha sido libertado de la muerte, a que fue condenado. Su generación ¿quién podrá explicarla, puesto que su vida será quitada de la tierra? Y, preguntando el eunuco a Felipe, dijo: Ruégote: ¿de quién dice esto el profeta? ¿De sí, o de algún otro? Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta Escritura, le evangelizó a Jesús. Y, yendo por el camino, llegaron a donde había agua: y dijo el eunuco: Aquí hay agua: ¿qué impide que yo sea bautizado? Y dijo Felipe: Si crees de todo corazón, se puede. Y, respondiendo él, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro: y bajaron los dos, Felipe y el eunuco, al agua, y le bautizó. Y, habiendo subido del agua, el Espíritu arrebató a Felipe, y no le vio más el eunuco. Y siguió su camino gozoso. Felipe, en cambio, se encontró en Azoto, y, al pasar, anunció el nombre del Señor Jesucristo en todas las ciudades, hasta que llegó a Cesárea. 


DOCILIDAD DEL ALMA A LA GRACIA. — Este pasaje de los Actos de los Apóstoles estaba destinado a recordar a los neófitos la sublimidad de la gracia que habían recibido en el bautismo y el estado en que habían sido regenerados. Dios los puso en el camino de la salvación, así como envió a Felipe al camino por donde el eunuco había de pasar. Les dió deseo de conocer la verdad, como había puesto en el corazón del oficial de la reina de Etiopía la feliz curiosidad que le condujo a oír hablar de Jesucristo. Pero todavía no se había realizado todo. Este pagano habría podido escuchar con desconfianza y sequedad de alma las explicaciones del enviado de Dios, y cerrar la puerta a la gracia que salía a su encuentro; al contrario, abría su corazón y la fe le llenaba. De igual modo, nuestros neófitos fueron dóciles, y la palabra de Dios los iluminó; subieron de claridad en claridad hasta que la Iglesia reconoció en ellos a verdaderos discípulos de la fe. Entonces llegaron los días de la Pascua y esta madre de las almas se dijo a sí misma: "He aquí el agua, el agua que purifica, el agua que sale del costado del Esposo, abierto por la lanza en la cruz; ¿quién me impide bautizarlos?" Y cuando ellos confesaron que Jesucristo es el Hijo de Dios, fueron sumergidos, como el Etíope, en la fuente de la salvación; ahora, a ejemplo suyo, van a continuar caminando, llenos de gozo, por el camino de la vida; porque han resucitado con Cristo, que se dignó asociar a las alegrías de su propio triunfo, las del nuevo nacimiento de ellos. 


GRADUAL
 

Este es el día que hizo el Señor: gocémonos y alegrémonos en él. 
V. La piedra que reprobaron los constructores, se convirtió en cabeza angular: esto fue hecho por el Señor, y es maravilloso a nuestros ojos. 


Aleluya, aleluya; V. Resucitó Cristo, que creó todas las cosas, y se compadeció del género humano.



EVANGELIO 


Continuación del santo Evangelio según San Juan (XX, 11-18)




En aquel tiempo María estaba fuera, junto al sepulcro, llorando. Y, mientras lloraba, se inclinó, y miró el sepulcro: y vio dos Ángeles, vestidos de blanco, sentados, uno a la derecha y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Y dijéronla: Mujer, ¿por qué lloras? Díjoles: Porque han llevado a mi Señor: y no sé dónde le han puesto. Y, después de decir esto, se volvió hacia atrás, y vio a Jesús, que estaba allí: y no sabía que era Jesús. Di jóle Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, creyendo que era el hortelano, dijóle: Señor, si le has quitado tú, dime dónde le has puesto: y yo le llevaré. Dijóle Jesús: ¡María! Vuelta, ella, díjole: ¡Rabbóni! (que significa Maestro). Díjola Jesús: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre: pero vete a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre, y a vuestro Padre, a mi Dios, y a vuestro Dios. Fue María Magdalena anunciando a los discípulos: He visto al Señor, y me ha dicho esto. 


EL APÓSTOL DE LOS APÓSTOLES. — Nos encontramos en la Basílica de los Apóstoles; y la Santa Iglesia, en lugar de hacernos oír hoy el relato de una de las apariciones del Salvador resucitado a sus Apóstoles, nos lee aquel en que se refiere el favor que Jesús hizo a María Magdalena, ¿Por qué esta aparente omisión del carácter y de la misión conferida a los embajadores de la nueva ley? La razón es fácil de comprender. Al honrar hoy en este Santuario la memoria de aquella que Jesucristo escogió para ser el apóstol de sus Apóstoles, la Iglesia acababa de mostrar en toda su verdad las circunstancias del día de la resurrección. Por la Magdalena y sus compañeras comenzó el apostolado del mayor de los misterios del Redentor; ellas, pues, tienen auténtico derecho de ser honradas hoy en esta Basílica dedicada a los santos Apóstoles. 


EL SEÑOR Y LAS SANTAS MUJERES. — Dios, por ser omnipotente, se complace en manifestarse en lo más débil, del mismo modo que en su bondad se gloría de reconocer el amor de que es objeto; he aquí por qué el Redentor prodigó primero todas las pruebas de su resurrección y todos los tesoros de su ternura a la Magdalena y a sus compañeras. Se sintieron más débiles que los pastores de Belén: tuvieron, pues, la preferencia; los mismos apóstoles se sintieron más débiles que el menor de los poderes del mundo, que a ellos se había de someter; he aquí por qué fueron ellos instruidos a su tiempo. Pero Magdalena y sus compañeras amaron a su Maestro hasta la cruz y hasta el sepulcro, mientras que los apóstoles le abandonaron: a las primeras y no a los segundos Jesús debía los primeros favores de su bondad. 


¡Sublime espectáculo el de la Iglesia, en este instante en que surge sobre la fe de la Resurreceión que es su base! Después de María, la Madre de Dios, en quién la luz no tuvo nunca parpadeos, y a quien era debido como a Madre y por ser santísima, la primera manifestación, ¿a quiénes vemos iluminadas con la fe por la que vive y alienta la Iglesia? A Magdalena y sus compañeras. Durante muchas horas, Jesús se cumplugo en la contemplación de su obra, tan débil a la consideración humana, pero en realidad tan grande. Unos instantes más y este rebañito de almas escogidas va a asimilarse a los mismos Apóstoles; ¿qué digo? El mundo entero vendrá a ellas. Durante estos días la Iglesia canta en todo el mundo estas palabras: "¿Qué has visto en el sepulcro, María?, dínoslo." Y María Magdalena responde a la Santa Iglesia: "Vi la tumba de Cristo, que vivía; vi la gloria de Cristo resucitado."


LA MUJER QUE HA PECADO LA PRIMERA ES REHABILITADA PRIMERO. — Y no nos admiremos de que solas las mujeres formasen este primer grupo de creyentes alrededor del Hijo de Dios, verdadera Iglesia primitiva que brilla con los primeros destellos de la resurrección; porque aquí tenemos la continuación de la obra divina según el plan irrevocable cuyo principio ya hemos reconocido. Por la prevaricación de la mujer, la obra de Dios se desequilibró en sus comienzos; y en la mujer es donde primero será de nuevo restaurada. El día de la Anunciación nos inclinamos ante la nueva Eva, que reparaba con su obediencia la desobediencia de la primera; mas por temor de que Satanás se equivocase allí y no quisiese ver en María sino la exaltación de la persona y no la rehabilitación del sexo, Dios quiere que hoy los hechos declaren su voluntad suprema: "La mujer, nos dice San Ambrosio, había gustado la primera el brebaje de la muerte; ella será, pues, la que contemple la primera la resurrección. Al proclamar este misterio, ella reparará su falta; y con razón es enviada para anunciar a los hombres la nueva de salvación, para manifestar la gracia que viene del Señor, aquella que en otro tiempo había anunciado el pecado al hombre" 


Los demás Padres revelan con no menos elocuencia este plan divino que da a la mujer la primacía en la distribución de los dones de la gracia, y en esto nos hacen reconocer no solamente un acto del poder del Supremo Señor, sino también la legítima recompensa al amor que Jesús encontró en el corazón de estas humildes criaturas, y que no había encontrado en el de sus Apóstoles, a los que durante tres años había prodigado los más tiernos cuidados, y de los que tenía el derecho a esperar una valentía más varonil.


LA APARICIÓN A LA MAGDALENA. — En medio de sus compañeras, la Magdalena se levanta como una reina, cuya corte la forman las demás. Es la preferida de Jesús, aquella que más ama, aquella cuyo corazón fue más quebrantado por la dolorosa Pasión, aquella que insiste con más fuerza para recibir y embalsamar con sus lágrimas y sus perfumes el cuerpo de su maestro. ¡Qué delirio en sus palabras mientras le busca! ¡Qué exaltación de ternura, cuando le reconoció vivo y siempre amoroso para con ella! Con todo, Jesús se abstiene de manifestar una alegría demasiado terrena: "No me toques, la dice; pues no he subido todavía a mi Padre." 


Jesús no tiene ya las condiciones de la vida mortal; en él la humanidad permanecerá siempre unida a la divinidad; pero su resurrección advierte al alma fiel que las relaciones que tendrá en adelante con él no son ya las mismas. En el primer período se acercaba a él como si se acercase a un hombre; su divinidad apenas si se traslucía; pero ahora es el Hijo de Dios, cuyo resplandor eterno se percibe, porque irradia aun a través de su humanidad. Es, pues, el corazón el que debe buscarle ahora más bien que los ojos; el afecto respetuoso más que la ternura sensible. Se dejó tocar de la Magdalena cuando ella era débil y él mismo mortal; es necesario que ahora ella aspire al mayor bien espiritual que es la vida del alma, a Jesús en el seno del Padre. Magdalena, en su primer estado hizo lo suficiente para servir de modelo al alma que comienza a buscar a Jesús, pero ¿quién no ve que su amor necesita transformarse? Su ardor la ciega; se obstina en "buscar entre los muertos al que está vivo". Ha llegado el momento en que debe elevarse a una vida superior, y buscar finalmente en espíritu aquello que es espíritu. 


"No he subido todavía a mi Padre" dice el Salvador; como si dijese: "Prívate por el momento de estas muestras de cariño demasiado sensibles que te atarían a mi humanidad. Déjame antes subir a mi gloria; un día tú también serás admitida allí cerca de mí; entonces te será dado prodigarme todas las muestras de tu amor, porque entonces no será ya posible que mi humanidad te robe la vista de mi naturaleza divina." Magdalena comprendió la lección de su Maestro tan amado; una transformación se opera en ella; y en seguida, sola con sus recuerdos, que se extienden de la primera palabra de Jesús que deshizo en llanto su corazón y la arrancó de los amores terrenos, hasta el favor con que la honra hoy al preferirla a los Apóstoles, suspirará cada día por el sumo bien, hasta que purificada por la espera, hecha émula de los ángeles que la visitan y consuelan en su destierro, suba finalmente para siempre a donde está Jesús y estreche con un abrazo eterno aquellos sagrados pies, en los que reconocerá las señales imborrables de sus primeros ósculos.


El Ofertorio recuerda la leche y la miel de la Tierra de Promisión, en que la predicación de los Apóstoles ha introducido a los neófitos. Pero el altar sobre el cual se prepara el festín del Salvador, les reserva una comida más dulce. 


OFERTORIO
 

El día de vuestra solemnidad, dice el Señor, os introduciré en una tierra que mana leche y miel. Aleluya. 


La Iglesia encomienda a Dios en la Secreta la ofrenda de sus nuevos hijos; este pan transformado por las palabras divinas llegará a ser para ellos el alimento fortificante que conduce al viajero hasta el puerto de la eternidad. 


SECRETA
 

Suplicámoste, Señor, aceptes propicio los dones de tus pueblos: para que, renovados con la confesión de tu nombre y con el Bautismo, consigan la sempiterna felicidad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 


En la Antífona de la Comunión se deja oír la voz del Colegio apostólico por medio de Pedro. Felicita con efusión paternal a este pueblo renacido por los favores de que ha sido objeto por parte del soberano autor de la luz, que se dignó hacer fecundas las tinieblas.


COMUNIÓN 


Pueblo de conquista, pregonad las maravillas, aleluya: de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz. Aleluya. 


En la Poscomunión se expresan los efectos de la Eucaristía. Este misterio sagrado confiere al hombre todo bien, le sostiene en el viaje de esta vida y le pone ya desde ahora en posesión de su fin eterno. 


POSCOMUNIÓN 


Escucha, Señor, nuestras preces: para que los sacrosantos Misterios de nuestra redención nos presten tu auxilio en la vida presente, y nos granjeen los gozos sempiternos. Por Jesucristo, nuestro Señor, Amén.


Año Litúrgico de Dom Guéranger




martes, 18 de abril de 2017

MIÉRCOLES DE PASCUA. Del Año Litúrgico de Dom Guéranger.

IDENTIFICACIÓN EN CRISTO POR EL BAUTISMO. — El Apóstol de los Gentiles nos revela otro misterio del agua bautismal que completa éste y se aúna paralelamente con el misterio de la Pascua. Nos enseña que desaparecimos en esta agua, como Cristo en su sepulcro, y que morimos y fuimos sepultados con él (Rom., VI, 4.) Acababa entonces para nosotros nuestra vida de pecadores, pues para vivir en Cristo, era preciso morir al pecado. Contemplando las fuentes sagradas en las cuales fuimos regenerados pensemos que son la tumba donde enterramos al hombre viejo, que no ha de volver a levantarse más. El bautismo por inmersión, usado antes por largo tiempo y que todavía hoy es el que se administra en muchas partes, era una imagen sensible de ese sepultarse; el neófito desaparecía por completo debajo del agua; parecía muerto a su vida anterior, como Cristo a su vida mortal. Pero, así como el Redentor no permaneció en la tumba, sino que resucitó a una vida nueva, del mismo modo también, según la doctrina del Apóstol (Col., II, 12), los bautizados resucitan con él en el instante en que salen del agua, y reciben las arras de la inmortalidad y de la gloria, por ser miembros vivos y auténticos de este Jefe, que no tiene nada de común con la muerte. Y también en esto consiste la Pascua, es decir en el paso de la muerte a la vida. 

MISA 
 
El Introito está formado con las palabras que el Hijo de Dios dirigirá a sus elegidos en el último día del mundo al abrirles su reino. La Iglesia las aplica a sus neófitos, elevando de este modo sus pensamientos hacia la felicidad eterna, cuya esperanza ha sostenido a los mártires en sus combates. 


INTROITO 


Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino, aleluya, que os ha sido preparado desde el principio del mundo. Aleluya, aleluya, aleluya.
— Salmo: Cantad al Señor un cántico nuevo: cantad al Señor, tierra toda. Gloria al Padre. 


En la Colecta la Iglesia recuerda a sus hijos que las fiestas de la Liturgia son un medio para arribar a las festividades de la eternidad. Este es el pensamiento y la esperanza que domina en todo el Año litúrgico. Debemos, pues, celebrar la Pascua temporal de manera que merezcamos ser admitidos a los goces de la Pascua eterna. 


COLECTA 


Oh Dios, que nos alegras con la anual solemnidad de la Resurrección del Señor: haz propicio que, por medio de estas fiestas temporales que celebramos, merezcamos llegar a los gozos eternos. Por el mismo Jesucristo. nuestro Señor. 


EPÍSTOLA
 

Lección de los Actos de los Apóstoles (III, 12-15. 1T-19).

En aquellos días, abriendo Pedro su boca, dijo: Varones israelitas, y los que teméis a Dios, oid. El Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilatos, cuando éste juzgaba que debía ser absuelto. Vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diera el hombre homicida; en cambio, matasteis al Autor de la vida, al que Dios resucitó de entre los muertos, de lo que somos testigos nosotros. Y ahora, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia, como también vuestros príncipes. Pero Dios, que había predicho por boca de los Profetas que Cristo había de padecer, lo cumplió así. Arrepentios, pues, y convertios, para que sean borrados vuestros pecados. 


También hoy llega a nosotros la voz del Principe de los Apóstoles que proclama la Resurrección del Hombre-Dios. Cuando pronunció este discurso estaba acompañado de San Juan y acababa de obrar en una de las puertas del templo de Jerusalén su primer milagro, la curación de un cojo. El pueblo se había agrupado alrededor de los dos discípulos y por segunda vez Pedro tomaba la palabra en público. El primer discurso había conducido a tres mil al bautismo; éste conquistó cinco mil. El Apóstol ejerció verdaderamente en esas dos ocasiones el oficio de pescador de hombres, que el Salvador le asignó en otra ocasión, cuando le vió por primera vez. 


Admiremos con qué caridad San Pedro invita a los judíos a reconocer en Jesús al Mesías que esperaban. Les da seguridad del perdón, a aquellos mismos que habían renegado de Cristo, y los disculpa atribuyendo a ignorancia una parte de su crimen. Ya que ellos han pedido la muerte de Jesús débil y humillado, consientan al menos hoy que está glorificado, en reconocerle por lo que es, y su pecado les será perdonado. En una palabra, humíllense y serán salvos. Dios llamaba de este modo a sí a los hombres rectos y de buena voluntad; y continúa haciéndolo en nuestros días. Jerusalén dio algunos; pero la mayor parte rechazó la invitación. Lo mismo ocurre en nuestros días; roguemos y pidamos sin cesar para que la pesca sea cada vez más abundante y el festín de la Pascua más concurrido. 


GRADUAL 


Este es el día que hizo el Señor: gocémonos y alegrémonos en él.  
V. La diestra del Señor ejerció su poder, la diestra del Señor me ha exaltado.
Aleluya, aleluya. V. El Señor resucitó verdaderamente y se apareció a Pedro.



EVANGELIO 


Continuación del santo Evangelio según San Juan (XXI, 1-14).




En aquel tiempo se manifestó otra vez Jesús a sus discípulos junto al mar de Tiberiades. Y se manifestó así: Estaban juntos Simón Pedro y Tomás, el llamado Dídimo, y Natanael, que era de Caná de Galilea, y los hijos del Zebedeo, y otros dos discípulos suyos. Díjoles Simón Pedro: Voy a pescar. Dijéronle ellos: Vamos también nosotros contigo. Y salieron y subieron a la barca: y aquella noche no pescaron nada. Y, llegada la mañana, se presentó Jesús en la orilla: pero los discípulos no conocieron que era Jesús. Díjoles, pues, Jesús: Muchachos: ¿tenéis algo que comer? Respondiéronle: No. Díjoles: Lanzad la red a la derecha de la barca y encontraréis. Y la lanzaron: y ya no podían sacarla fuera, por la multitud de los peces. Dijo entonces a Pedro aquel discípulo a quien amaba Jesús: ¡Es el Señor! Cuando oyó Simón Pedro que era el Señor se ciñó la túnica (pues estaba desnudo), y se echó al mar. Y los otros discípulos vinieron con la barca (porque no estaban lejos de la orilla, sino sólo a unos doscientos codos), trayendo la red con los peces. Y, cuando bajaron a tierra, vieron unas brasas preparadas, y un pez sobre ellas, y un pan. Díjoles Jesús: Traed los peces que habéis pescado ahora. Subió Simón Pedro, y trajo a tierra la red, llena de ciento cincuenta y tres peces grandes. Y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Díjoles Jesús: Venid, comed. Y nadie de los que comían se atrevió a preguntarle: ¿Quién eres tú?, sabiendo que era el Señor. Y fue Jesús, y tomó el pan, y se lo dió. Y lo mismo el pez. Esta fue la tercera vez que se apareció Jesús a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos. 


EL MISTERIO DE LA PESCA MILAGROSA. — Jesús se apareció a sus discípulos reunidos en la tarde del día de Pascua; y de nuevo se mostró a ellos ocho días después, como diremos luego. El Evangelio de hoy nos refiere una tercera aparición, que fue sólo para siete discípulos, a orillas del lago de Genesareth, llamado también por su vasta extensión el mar de Tiberiades. Nada más conmovedor que esta alegría respetuosa de los Apóstoles ante la aparición de su Maestro, que se digna servirles una comida. Juan, antes que ningún otro, ha notado la presencia de Jesús; no nos asombremos; su gran pureza esclareció la mirada de su alma; está escrito: "Bienaventurados los que tienen el corazón puro, porque ellos verán a Dios." (San Mat., V, 8.) Pedro se arroja a las olas para llegar antes a la presencia de su Maestro; se exteriorizaba como el Apóstol impetuoso, pero que ama más que los otros. ¡Cuántos misterios en esta admirable escena! 


FIEL. — Existe ciertamente una pesca; es el ejercicio del apostolado para la Santa Iglesia. Pedro es el gran pescador; a él le toca determinar cuándo y cómo es preciso arrojar la red. Los otros Apóstoles se unen a él, y Jesús está con todos. Está atento a la pesca, él la dirige; porque el resultado es para él. Los peces son los fleles; pues, como lo hemos señalado en otra parte, el cristiano, en el lenguaje de los primeros siglos, es un pez. Sale del agua; y en el agua recibe la vida. Ya hemos visto antes cómo fue propicia a los israelitas el agua del Mar Rojo. En nuestro Evangelio encontramos también el Tránsito: el paso del agua del lago de Genesareth a la mesa del Rey del cielo. La pesca fue abundante, en lo cual se encierra un misterio que no nos es dado penetrar. Solamente al fin del mundo, cuando la pesca sea completa, entonces comprenderemos quiénes son estos ciento cincuenta y tres peces grandes. Este número misterioso significa, sin duda, otras tantas fracciones de la familia humana, conducidas sucesivamente al Evangelio por el apostolado; pero no habiéndose cumplido aún el tiempo, el libro permanece sellado. 


CRISTO. — De vuelta a la ribera, los Apóstoles se reunieron con su Maestro; pero he aquí que encuentran la comida preparada para ellos: un pan, con un pez asado sobre carbones. ¿Qué simboliza este pez, que ellos no pescaron, que fue sometido al ardor del fuego y que va a servirles de alimento al salir del agua? La antigüedad cristiana nos explica este nuevo misterio: el pez es Cristo, que fue probado por los ardientes dolores de su Pasión, en los que el amor le devoró como fuego; se convirtió en alimento divino de aquellos que se purificaron atravesando las aguas. Ya hemos explicado en otro lugar cómo los primeros cristianos habían hecho una contraseña de la palabra Pez en lengua griega, porque las letras de esta palabra reproducen en dicha lengua las iniciales de los nombres del Redentor. 


Pero Jesús quiere juntar en un mismo banquete consigo mismo, Pez divino, a esos otros peces de los hombres que la red de San Pedro sacó de las aguas. El festín de la Pascua tiene la virtud de fundir en una misma sustancia por el amor, al manjar y a los comensales, al Cordero de Dios y a los corderos hermanos suyos, al Pez divino y a estos otros peces a los cuales está unido por una indisoluble fraternidad. Inmolados con él, le siguen por doquier, en la pasión y en la gloria; testigo, el gran diácono Lorenzo, que ve hoy al rededor de su tumba a la feliz asamblea de los fieles. Imitador de su Maestro hasta sobre los carbones de la parrilla al rojo, comparte ahora, en una Pascua eterna, los esplendores de su victoria y los goces infinitos de su felicidad. 


El Ofertorio, formado por las palabras del Salmo, celebra al maná que el cielo envió a los Israelitas después de cruzado el Mar Rojo; pero el nuevo maná es tan superior al primero que sólo alimentó el cuerpo, como la fuente bautismal, que lava los pecados, supera a las olas vengadoras que sumergieron a Faraón y a su ejército. 


OFERTORIO
 

El Señor abrió las puertas del cielo: y les llovió maná para que comieran: les dió pan del cielo: pan de Ángeles comió el hombre. Aleluya. 


En la Secreta habla la Iglesia con efusión del Pan celestial que la alimenta y que es al mismo tiempo la Víctima del Sacrificio pascual. 


SECRETA
 

Inmolamos, Señor, con pascuales gozos estos sacrificios, con los que se alimenta y nutre maravillosamente tu santa Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor. 


"Aquel que hubiere comido de este Pan, dice el Señor, no morirá." El Apóstol nos dice en la Antífona de la Comunión: "Cristo resucitado ya no muere." Estos dos textos se unen para explicar el efecto de la Eucaristía en las almas. Al comer una carne inmortal es justo que ella nos comunique la vida que en ella reside.


COMUNIÓN


Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no morirá, aleluya: la muerte no le dominará más. Aleluya, aleluya. 

En la Poscomunión la Santa Iglesia pide que recibamos el fruto del alimento sagrado que acabamos de participar, el cual nos purifique y sustituya en nosotros al hombre viejo por el nuevo, que reside en Jesucristo resucitado. 


POSCOMUNIÓN 


Dígnate, Señor, librarnos de las reliquias del hombre viejo; y haz que la participación de tu augusto sacramento nos confiera un nuevo ser. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. 


LA BENDICIÓN DE LOS "AGNUS DEI". — El Miércoles de Pascua es solemnizado en Roma con la bendición de los "Agnus Dei"; esta ceremonia la realiza el Papa el primer año de su pontificado, y después de siete en siete años. Los Agnus Dei son discos de cera sobre los cuales va impresa por un lado la imagen del Cordero de Dios y por el otro la de un santo. La costumbre de bendecirlos en la Pascua es muy antigua; se ha creído encontrar indicios en los monumentos de la liturgia desde el siglo V; pero los primeros documentos auténticos remontan solamente al siglo IX. El ceremonial actual es del siglo XVI. 


Sería, pues, irracional decir que esta práctica fue instituida en memoria del bautismo de los neófitos, en la época en que se dejó de administrar este sacramento en las festividades pascuales. También parece demostrado que los neobautizados recibían cada uno de manos del Papa un Agnus Dei el Sábado de Pascua; de donde se debe concluir que la administración solemne del bautismo y la bendición de los Agnus Dei son dos ritos que han coexistido durante cierto tiempo. 


La cera que se emplea en la confección de los Agnus Dei es la del cirio pascual del año anterior a la que se añade cera ordinaria: antiguamente se mezclaba también con santo Crisma. En la Edad Media, el cuidado de amasar esta cera y de grabar la marcas sagradas, pertenecía a los subdiáconos y a los acólitos del palacio; hoy se les ha asignado a los religiosos de la Orden del Cister que habitan en Roma en el monasterio de San Bernardo.


La ceremonia se celebra en el palacio pontifical, en una sala en la que se prepara un gran recipiente de agua bendita. El Papa se acerca al recipiente y recita esta oración: 


"Señor Dios, Padre omnipotente, creador de los elementos, conservador del género humano, autor de la gracia y de la salud eterna; Tú, que has ordenado a las aguas que salían del paraíso regar toda la tierra; Tú, cuyo Hijo unigénito caminó a pie enjuto sobre las aguas y recibió el bautismo en su seno; que derramó el agua mezclada con la sangre de su sagrado costado, y ordenó a sus discípulos bautizar a todas las naciones; sénos propicio y difunde tu bendición sobre nosotros, que celebramos todas esas maravillas, a fin de que sean bendecidos y santificados estos objetos que vamos a sumergir en estas aguas, y que el honor y la veneración que se les concede, nos merezca a nosotros, tus servidores, la remisión de los pecados, el perdón y la gracia, y finalmente la vida eterna con tus santos y tus elegidos. 


El Pontífice, después de estas palabras, derrama el bálsamo y el santo crisma sobre el agua del recipiente, pidiendo a Dios la consagre para el uso al cual debe servir. Se vuelve después hacia las canastillas en las que están los sellos de cera, y pronuncia esta oración: 


"Oh Dios, autor de toda santificación y cuya bondad nos acompaña siempre; Tú, que cuando Abraham, el padre de nuestra fe, se disponía a inmolar a su hijo Isaac por obedecer tu mandato, quisiste que consumase su sacrificio con la ofrenda de un carnero que estaba aprisionado entre las zarzas; Tú, que ordenaste por Moisés, tu siervo, el sacrificio anual de los corderos sin mancha; dígnate por nuestra oración, bendecir estas figuras de cera que llevan la imagen del inocentísimo Cordero y santificarlas por la invocación de tu santo nombre, a fin de que, por su contacto y por su contemplación, se sientan invitados los fieles a la oración, alejadas las tormentas y las tempestades y ahuyentados los espíritus del mal por la virtud de la santa Cruz que aparece impresa en ellas, ante la cual toda rodilla debe doblarse y toda lengua confesar que Jesucristo, habiendo vencido a la muerte por el patíbulo de la Cruz, vive y reina en la gloria de Dios Padre. El es el que, habiendo sido conducido a la muerte como la oveja al matadero, te ofreció, Padre suyo, el sacrificio de su cuerpo, a fin de restituir la oveja perdida, que había sido seducida por el fraude del demonio, y transportarla sobre sus espaldas para reuniría con el rebaño de la patria celestial. 


Oh Dios omnipotente y eterno, autor de las ceremonias y de los sacrificios de la Ley, que consentiste aplacar tu cólera, en la que había incurrido el hombre prevaricador, cuando te ofrecía hostias de expiación; Tú, que aceptaste los sacrificios de Abel, de Melquisedec, de Abraham, de Moisés y de Aarón; sacrificios que no eran más que figuras, pero que por tu bendición fueron santificados y saludables a aquellos que te los ofrecieron humildemente; dígnate hacer que, del mismo modo que el inocente Cordero, Jesucristo tu Hijo, inmolado por tu voluntad sobre el altar de la cruz, libró a nuestro primer padre del poder del demonio; así estos corderos sin mancha que presentamos a la bendición de tu majestad divina reciban una virtud bienhechora. Dígnate bendecirlos, santificarlos, consagrarlos, darles la virtud de proteger a los que los lleven devotamente, contra las malicias de los demonios, contra las tempestades, la corrupción del aire, las enfermedades, las quemaduras y los combates del enemigo, y hacer que sean eficaces para proteger a la madre y a la prole en los peligros del parto; por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor." 


Después de estas oraciones, el Papa, ceñido con un lienzo, se sienta cerca de la vasija; sus ministros le traen los "Agnus Dei"; él los sumerge en el agua, figurando de este modo el bautismo de nuestros neófitos. En seguida unos prelados los sacan del agua y los colocan sobre mesas cubiertas de lienzos blancos. Luego el Pontífice se levanta y dice esta oración:


"Oh Espíritu divino, que fecundas las aguas y las haces servir para tus más grandes misterios; tú, que las has quitado su amargor volviéndolas dulces, y que santificándolas con tu hálito te sirves de ellas para borrar todos los pecados por la invocación de la Santa Trinidad; dígnate bendecir, santificar y consagrar estos corderos que han sido sumergidos en el agua santa y ungidos con el óleo y el santo crisma; reciban de tí virtud contra los esfuerzos de la malicia del demonio; todos los que les lleven permanezcan en seguridad; no tengan que temer ningún peligro; la perversidad de los hombres no les sea nociva; y dígnate servirles de fortaleza y de consuelo. 


Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, Cordero inocente, sacerdote y víctima; Tú, a quien los profetas llamaron la Viña y la Piedra angular; Tú, que nos has rescatado con tu sangre y que has señalado con esa sangre nuestros corazones y nuestras frentes, a fin de que el enemigo al pasar cerca de nuestras casas no nos hiera en su furor; tú, eres el Cordero sin mancilla cuya inmolación es perpetua, el Cordero pascual, hecho debajo de las especies sacramentales, remedio y salud de nuestras almas; tú nos conduces a través del mar del siglo presente a la resurrección y a la gloria de la eternidad. Dígnate bendecir, santificar y consagrar estos corderos sin mancha, que en tu honor hemos hecho de cera virgen y rociado de agua santa, del óleo y del Crisma sagrados, honrando en ellos tu divina concepción que fué efecto de la virtud divina. A quienes los lleven sobre sí, presérvalos del fuego, del rayo, de la tempestad, de toda adversidad; protege por ellos a las madres que se encuentran en los dolores del alumbramiento, como asististe a la tuya cuando te dio a luz; y del mismo modo que salvaste a Susana de la falsa acusación, a la bienaventurada virgen y mártir Tecla de la hoguera, y a Pedro de los lazos de la cautividad; así dígnate librarnos de los peligros de este mundo y haz que merezcamos vivir contigo eternamente. 


Inmediatamente los "Agnus Dei" son recogidos con respeto y reservados para la distribución solemne que debe hacerse el Sábado siguiente. Es fácil notar la relación que guarda esta ceremonia con la Pascua: el Cordero pascual es recordado de continuo; también la inmersión de los corderos de cera presenta una alusión evidente a la administración del bautismo, que fue durante tantos siglos la gran solicitud de la Iglesia y los fieles en esta solemne octava. 


Las oraciones que hemos citado, en síntesis, no remontan a la más alta antigüedad; pero el rito que las acompaña muestra suficientemente la alusión al bautismo, aunque no se encuentre una expresión directa. 


Los "Agnus Dei", por su significación, por la. bendición del Soberano Pontífice y la naturaleza de los ritos empleados en su consagración, son uno de los objetos más venerados de la piedad católica. Desde Roma se difunden por todo el mundo; y con mucha frecuencia la fe de aquellos que los conservan con respeto, ha sido recompensada con prodigios. En el pontificado de San Pío V, el Tíber se desbordó de una manera pavorosa, y amenazaba inundar numerosos barrios de la ciudad; un "Agnus Dei" arrojado a las aguas las hizo inmediatamente retroceder. Toda la ciudad fue testigo de este milagro, que más tarde se examinó en el proceso de beatificación de este gran Papa.


Año Litúrgico de Dom Guéranger


 

lunes, 17 de abril de 2017

MARTES DE PASCUA. Del Año Litúrgico de Dom Guéranger.

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO. — La misma victoria se renovó en estos días, cuando el Señor, a la hora en que las tinieblas luchaban todavía con los primeros rayos del sol, pasó a través de la piedra sellada del sepulcro, a través de sus guardias, hiriendo de muerte al pueblo primogénito, que no había querido "reconocer el tiempo de su visita." (San Lucas, XIX, 44.) La sinagoga había heredado la dureza del corazón de Faraón; quería retener cautivo a aquel de quien el profeta había dicho que sería "libre entre los muertos". (Sal., LXXXVII, 6.) Entonces se dejan oír los gritos de una rabia impotente en los consejos de Jerusalén; pero el Señor es justo y Jesús se ha libertado a sí mismo. 
LA LIBERACIÓN DEL GÉNERO HUMANO. — Y el género humano, que Satanás hollaba debajo de sus pies, ¡cuán dichoso se ha sentido por el paso del Señor! Este generoso triunfador no quiso salir solo de su prisión; nos había adoptado a todos como hermanos y nos condujo a todos a la luz con él. Todos los primogénitos de Satanás son abatidos; toda la fuerza del infierno es quebrantada. Todavía un poco de tiempo y los altares de los falsos dioses serán derribados por doquier; un poco de tiempo más y el hombre, regenerado por la predicación evangélica, reconocerá a su creador y abjurará de los ídolos. Porque "hoy es la Pascua, es decir, el Paso del Señor". 

MISA
 
El Introito, sacado del libro del Eclesiástico, celebra la divina sabiduría de Pablo, que es como fuente siempre pura donde los cristianos van a beber, y cuya agua saludable les da la salud del alma y los prepara para la inmortalidad. 

INTROITO
 
Les dió a beber el agua de la sabiduría, aleluya: ésta se fijará en ellos, y no se apartará, aleluya: y los ensalzará para siempre, aleluya, aleluya. — Salmo: Alabad al Señor e invocad su nombre: anunciad entre las gentes sus obras. V. Gloria al Padre. 

La Iglesia glorifica a Dios en la Colecta, porque se digna hacerla fecunda cada año y darla los goces maternales en medio de las alegrías de la Pascua; a continuación implora para sus nuevos hijos la gracia de permanecer siempre conformes a su Maestro resucitado.

COLECTA
 
Oh Dios, que multiplicas tu Iglesia con una prole siempre nueva: haz que tus siervos conserven en su vida el sacramento que han recibido con fe. Por Jesucristo, nuestro Señor. 

EPÍSTOLA

Lección de los Actos de los Apóstoles (XIII, 16. 26-33).
En aquellos días, levantándose Pablo, e imponiendo silencio con la mano, dijo: Varones hermanos, hijos de la raza de Abraham, y los que temen a Dios entre vosotros, a; vosotros se os envía este mensaje de salud. Porque los que habitaban en Jerusalén, y sus príncipes, desconociendo a Jesús, y las voces de los Profetas, que se leen todos los sábados, juzgándole, las cumplieron y, no encontrando en él ninguna causa de muerte, pidieron a Pilatos autorización para matarle. Y, habiendo cumplido todo lo escrito acerca de él, bajándole del madero, le pusieron en un sepulcro. Pero Dios le resucitó de entre los muertos al tercer día: y fué visto durante muchos días, por los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, los cuales son hasta hoy día sus testigos ante el pueblo. También nosotros os anunciamos la promesa hecha a nuestros padres: porque Dios la cumplió en nuestros hijos, resucitando a Nuestro Señor Jesucristo. 

LA FE EN LA RESURRECCIÓN. — Este discurso que el gran Apóstol pronunció en Antioquía de Pisidia, en la Sinagoga de los judíos, nos muestra que el Doctor de los Gentiles seguía en sus enseñanzas el mismo método que el Príncipe de los Apóstoles. El punto capital de su predicación era la Resurrección de Jesucristo: verdad fundamental, hecho supremo, que garantiza toda la misión del Hijo de Dios sobre la tierra. No basta creer en Jesucristo crucificado, si no se cree en Jesucristo resucitado; en este último dogma es donde está contenida toda la fuerza del cristianismo, así como sobre este hecho, el más incontestable de todos, descansa la certeza completa de nuestra fe. Así pues, ningún acontecimiento realizado aquí abajo puede compararse con aquel cuanto a la impresión que ha producido. Ved al mundo entero conmovido en estos días, al congregar la Pascua a tantos millones de hombres de toda raza y de todos los climas. Hace diez y nueve siglos que Pablo descansa en la Vía Ostiense; ¡cuántas cosas han desaparecido de la memoria de los hombres a pesar del mucho ruido que hicieron en su tiempo, desde que esta tumba recibió por vez primera los despojos del Apóstol! La ola de persecuciones anegó a la Roma cristiana durante más de doscientos años; hasta fue necesario, en el siglo III, desplazar por un tiempo estos huesos y ocultarlos en las Catacumbas. Viene después Constantino que elevó esta basílica y erigió este arco triunfal cerca del altar bajo del cual reposa el cuerpo del Apóstol. Desde entonces, ¡cuántos cambios, cuántos trastornos de dinastías, de formas de gobierno se han sucedido en nuestro mundo civilizado y fuera de él! Nada permanece inmutable sino la Iglesia eterna. Todos los años, desde hace más de 1.500, se dirige a leer en la Basílica de San Pablo, cabe su tumba, este mismo discurso en que el Apóstol anuncia a los judíos la Resurrección de Cristo. Ante esta perpetuidad, ante esta inmutabilidad hasta en los detalles más secundarios, digamos también nosotros: Cristo ha resucitado verdaderamente; él es el Hijo de Dios, porque jamás ningún otro hombre señaló tan profundamente su mano en las cosas de este mundo visible.

GRADUAL

Este es el día que hizo el Señor: gocémonos y alegrémonos en él. Díganlo ahora los que han sido redimidos por el Señor: aquellos a quienes redimió del poder del enemigo y congregó de todas las regiones. 

Aleluya, aleluya. V. Resucitó del sepulcro el Señor, que pendió por nosotros en el madero.

EVANGELIO
 
Continuación del santo Evangelio según San Lucas (XXIV, 36-47).


En aquel tiempo se presentó Jesús en medio de sus discípulos, y díjoles: Paz a vosotros: yo soy, no temáis. Pero ellos, turbados y asustados, creían ver un fantasma. Y díjoles: ¿Por qué os turbáis, y suben estos pensamientos de vuestros corazones? Ved mis manos y mis pies, porque soy yo mismo: palpad y ved: porque el espíritu no tiene carne y huesos, como véis que tengo yo. Y, habiendo dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero, dudando todavía ellos, y admirándose de gozo, les dijo: ¿Tenéis aquí algo que comer? Y ellos le ofrecieron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y, habiendo comido delante de ellos, tomando las sobras, se las dio a ellos. Y díjoles: Estas eran las palabras que os decía, cuando todavía estaba con vosotros, porque era necesario que se cumplieran todas las cosas escritas acerca de mí en la Ley de Moisés, y en los Profetas, y en los Salmos. Entonces les abrió el sentido, para que entendieran las Escrituras. Y díjoles: Porque así estaba escrito, y así convenia que Cristo padeciese, y resucitase al tercer día de entre los muertos, y se predicase en su nombre la penitencia y el perdón de los pecados a todas las gentes. 

LA PAZ. — Jesús se muestra a sus discípulos reunidos, la tarde misma de la Resurrección y se acerca a ellos deseándoles la paz. Es el deseo que nos dirige a nosotros mismos en la Pascua. En estos días él restablece por doquier la paz; la paz del hombre con Dios, la paz en la conciencia del pecador reconciliado, la paz fraterna de los hombres entre sí por el perdón y el olvido de las injurias.

Recibamos este deseo de nuestro divino Resucitado y guardemos cristianamente esta paz que se digna traernos él mismo. En el instante de su nacimiento en Belén, los ángeles anunciaron esta paz a los hombres de buena voluntad; hoy Jesús mismo, habiendo realizado su obra de pacificación, viene en persona a traernos el fruto. La Paz: es su primera palabra a estos hombres que nos representaban a todos. Aceptemos con amor esta dichosa palabra, y mostremos desde ahora en todos los acontecimientos que somos los hijos de la paz.

IMPERFECCIÓN DE LA FE.— La actitud de los Apóstoles en esta escena impresionante debe también fijar nuestra atención. Ellos conocen la Resurrección de su Maestro; se apresuraron a proclamarla a la llegada de los dos discípulos de Emaús; con todo, ¡cuan débil es su fe! La presencia inesperada de Jesús los turba; si se digna darles a palpar sus miembros para convencerlos, esta experiencia los asombra, los colma de alegría; pero aún permanece en ellos no sé qué fondo de incredulidad. Es necesario que el Salvador lleve su bondad hasta comer delante de ellos, para convencerlos plenamente de que es él mismo y no un fantasma. Con todo, estos hombres antes de la visita de Jesús creían ya y confesaban su Resurrección. ¡Qué lección nos da este hecho del Evangelio! Ellos creen pero con una fe tan débil que el menor choque los hace vacilar; piensan tener la fe y apenas si ha aflorado en su alma. Con todo, sin la fe, sin una fe viva y enérgica, ¿qué podemos hacer en medio de la lucha que debemos sostener constantemente contra los demonios, contra el mundo y contra nosotros mismos? Para luchar, la primera condición es estabilizarse sobre una base resistente; el atleta cuyos pies descansan sobre la arena movediza no tardará en ser derribado. Es muy común hoy día esta fe vacilante, que cree hasta que se presenta la prueba de esta misma fe, continuamente socavada por un naturalismo sutil, que es difícil dejar de respirar en mayor o menor grado, en esta atmósfera pestilencial que nos rodea. Pidamos sin cesar la fe, una fe invencible, sobrenatural, que sea el móvil de nuestra vida entera, que no retroceda nunca, que triunfe siempre dentro y fuera de nosotros; para que podamos aplicarnos con verdad el dicho del Apóstol San Juan: "Nuestra fe es la victoria que pone al mundo entero debajo de nuestros pies." (I San Juan, V, 4.) 

En el Ofertorio, la Iglesia, haciendo suyas las palabras de David, nos muestra las fuentes brotando de la tierra a la voz tonante del Señor. Esta voz majestuosa es la predicación de los Apóstoles y particularmente la de San Pablo; estas fuentes son las del Bautismo, en las que se sumergieron los neófitos para poder participar de la vida eterna.

OFERTORIO
 
Señor tronó desde el cielo; el Altisimo emitió su voz, y brotaron fuentes de agua. Aleluya. 

La Iglesia pide en la Secreta que el santo sacrificio nos ayude a caminar hacia la gloria infinita, cuyo camino es el Bautismo. 

SECRETA
 
Recibe, Señor, las oraciones de los fieles con las hostias que te ofrecemos: a fin de que, por los deberes de nuestra piedad, alcancemos llegar a la gloria celestial. Por Jesucristo, nuestro Señor.

En la Antífona de la Comunión oímos a San Pablo dirigiéndose a los neófitos; les indica el camino seguro para llegar a ser imágenes fieles del Salvador resucitado. 

COMUNIÓN
 
Si resucitasteis con Cristo, buscad las cosas celestiales, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios, aleluya: gustad lo de arriba. Aleluya. Unida a los deseos del Apóstol, pide la Iglesia para sus nuevos hijos, que acaban de participar del Misterio Pascual, la perseverancia en la vida nueva, de la que es principio y medio este divino sacramento. 

POSCOMUNIÓN 

Oh Dios omnipotente, haz que la virtud del Misterio Pascual del que participamos, permanezca siempre en nosotros. Por Jesucristo, nuestro Señor.


Año Litúrgico de Dom Guéranger




domingo, 16 de abril de 2017

LUNES DE PASCUA. Del Año Litúrgico de Dom Guéranger.

EL MISTERIO DEL CORDERO. — ¿Qué significa, pues, el misterio de la Pascua? La Biblia nos responde que la Pascua es la inmolación del Cordero. Para comprender la Pascua, es necesario comprender antes el misterio del Cordero. Desde los primeros siglos del cristianismo se representaba el emblema del cordero en los mosaicos y en las pinturas murales de las Basílicas, como el símbolo que expresaba la idea del sacrificio de Cristo y de su victoria. 
 
Por su actitud, rebosante de dulzura, el Cordero expresaba la abnegación que le habla impulsado a dar su sangre por el hombre; pero se le presentaba de pie sobre una verde colina, y los cuatro ríos del paraíso fluían a su mandato debajo de sus pies, figurando los cuatro Evangelios que han llevado su gloria a los cuatro puntos del mundo. Más tarde se le representó empuñando una cruz de la que pendía una banderola triunfal: ésta es la forma simbólica con la cual le veneramos en nuestros días. 

Para comprender plenamente la Liturgia hasta el domingo in albis, es, por tanto necesario recordar constantemente a los neófitos, siempre presentes con sus vestiduras blancas a la Misa y a los oficios divinos. Las alusiones a su reciente regeneración son continuas y aparecen sin cesar en los cantos y en las lecturas durante el curso de esta solemne octava.
 
MISA 
 
El Introito, sacado del Exodo, se refiere a los neófitos de la Iglesia. Les recuerda la leche y la miel misteriosa que les fueron dadas en la noche del Sábado, después de haber comulgado. Ellos son el verdadero Israel, introducido en la verdadera Tierra prometida. Alaben, pues, al Señor, que los ha escogido para hacer de ellos su pueblo de predilección. 


INTROITO 


Os introdujo el Señor en una tierra que mana leche y miel, aleluya: para que la ley del Señor esté siempre en vuestra boca, aleluya, aleluya.
 — Salmo: Confesad al Señor, e invocad su nombre: anunciad entre las gentes sus obras. V. Gloria al Padre.


Al contemplar a Cristo librado de los lazos de la muerte, la Santa Iglesia pide a Dios que nosotros, los miembros de este divino Jefe, consigamos la liberación de la que Jesús nos ofrece el modelo. Sojuzgados tanto tiempo por el pecado, debemos comprender ahora el precio de esta libertad de hijos de Dios que nos fué restituida por la Pascua. 


COLECTA
 

Oh Dios, que con la solemnidad pascual diste remedios al mundo: suplicámoste sigas favoreciendo a tu pueblo con tus celestiales dones; para que merezca conseguir la perfecta libertad, y avance hacia la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 


EPÍSTOLA 


Lección de los Hechos de los Apóstoles (X, 37-43).

En aquellos días, estando Pedro de pie en medio de la plebe, dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis lo que fue divulgado por toda la Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan, tocante a Jesús de Nazaret: cómo le ungió Dios con el Espíritu Santo y con poder; el cual pasó haciendo bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos, y en Jerusalén, al cual mataron colgándole de un madero. A éste resucitó Dios al tercer día, y le hizo manifestarse no a todo el pueblo, sino a los testigos predestinados por Dios; a nosotros, que comimos y bebimos con él, después que resucitó de entre los muertos. Y nos mandó predicar al pueblo, y atestiguar que él es el que ha sido constituido por Dios juez de vivos y muertos. De él atestiguan todos los Profetas que, todos los que crean en él, recibirán por su nombre el perdón de los pecados.


MISIÓN DE CRISTO Y DE LOS APÓSTOLES. — San Pedro dirigió este discurso al centurión Cornelio, y a los parientes y amigos de este gentil, que los había reunido en torno a sí para recibir al Apóstol que Dios le enviaba. Tratábase de disponer todo este auditorio para recibir el bautismo y para que llegase a ser las primicias de la gentilidad; porque hasta entonces el Evangelio no había sido anunciado más que a los judíos. Consideremos que San Pedro, y no otro Apóstol, es quien nos abre hoy, a nosotros gentiles, las puertas de la Iglesia, que el Hijo de Dios estableció sobre él como sobre roca inquebrantable. Por eso, este pasaje del libro de los Actos de los Apóstoles se lee hoy en la Basílica de San Pedro, cerca de su Confesión, y en presencia de los neófitos, que son otras tantas conquistas de la fe sobre los últimos seguidores de la idolatría pagana. Observemos asimismo el método que emplea el Apóstol para inculcar a Cornelio y a los de su casa la verdad del cristianismo. Comienza por hablarles de Jesucristo; recuerda los prodigios que han acompañado su misión; después, habiendo referido su muerte ignominiosa sobre la cruz, propone el hecho de la Resurrección del Hombre-Dios como la más alta garantía de la verdad de su carácter divino. A continuación viene la misión de los Apóstoles que es necesario aceptar, así como su testimonio tan solemne y desinteresado, ya que no les ha ocasionado más que persecuciones. Aquel, pues, que confiese al Hijo de Dios revestido de la carne, pasando por este mundo haciendo el bien, obrando toda suerte de prodigios, muriendo sobre la cruz, resucitado del sepulcro, y confiando a los hombres que él escogió la misión de continuar sobre la tierra el ministerio que él había comenzado; aquel que confiesa toda esta doctrina, está dispuesto a recibir en el bautismo la remisión de sus pecados; ésta fue la suerte feliz de Cornelio y de sus compañeros; tal ha sido la de nuestros neófitos. 


Se canta a continuación el Gradual, que presenta la expresión ordinaria de la alegría pascual, sólo el Versículo es diferente del de ayer y varía cada día hasta el viernes. El versículo del Aleluya nos vuelve a evocar al Ángel que desciende del cielo para abrir el sepulcro vacío y manifestar la salida victoriosa del Redentor. 


GRADUAL 


Este es el día que hizo el Señor: gocémonos y alegrémonos en él. V. Diga ahora Israel que es bueno: que su misericordia es eterna. Aleluya, aleluya. V. El ángel del Señor bajó del cielo; y acercándose, separó la piedra y se sentó sobre ella.



EVANGELIO




Continuación del santo Evangelio según San Lucas (24, 13-35).

En aquel tiempo iban dos discípulos el mismo día a una aldea, que estaba a sesenta estadios (8 km.) de Jerusalén, llamada Emaús. Y hablaban entre sí de todo lo que había sucedido. Y acaeció que, mientras conversaban y se preguntaban mutuamente, acercándose a ellos Jesús en persona, caminó con ellos: pero sus ojos estaban velados, para que no le conocieran. Y díjoles: ¿Qué habláis entre vosotros mientras camináis, y por qué estáis tristes? Y respondiendo uno, llamado Cleofás, le dijo: ¿Tú sólo eres el peregrino en Jerusalén que no ha sabido lo ocurrido en ella estos días? Entonces él les dijo: ¿Qué? Y dijeron ellos: Lo de Jesús Nazareno, que fue un varón profeta, poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo: y como le condenaron a muerte los sumos pontífices y nuestros príncipes, y le crucificaron. Mas nosotros esperábamos que él había de redimir a Israel: y ahora, sobre todo esto, hoy es el tercer día que ha sucedido esto. Aunque también unas mujeres de las nuestras nos han asustado, porque fueron al sepulcro antes del día, y sin encontrar su cuerpo, volvieron diciendo que habían visto una aparición de Ángeles, los cuales dicen que él vive. Y fueron al sepulcro algunos de los nuestros: y hallaron como habían dicho las mujeres, pero a él no le encontraron. Entonces él les dijo: ¡Oh estultos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los Profetas! ¿No fué necesario que Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria? Y, comenzando por Moisés y por todos los Profetas, les interpretó todas las Escrituras que hablaban de él. Y se acercaron a la aldea donde iban: y él fingió ir más lejos. Y le obligaron, diciendo: Quédate con nosotros, porque anochece y ya se acaba el día. Y entró con ellos. Y sucedió que, mientras estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan y lo bendijo, y lo partió, y se lo alargó. Y se abrieron sus ojos, y le conocieron, y él se desvaneció ante sus ojos. Y se dijeron mutuamente: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, cuando nos hablaba en el camino, y nos declaraba las Escrituras? Y, levantándose luego, volvieron a Jerusalén: y encontraron reunidos a los doce y a los que estaban con ellos, diciendo: El Señor ha resucitado verdaderamente, y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron también lo que les había pasado en el camino: y cómo le conocieron en la fracción del pan. 


EL SENTIDO DE LA PRUEBA. — Contemplemos a estos tres peregrinos que conversan en el camino de Emaús y unámonos a ellos con el corazón y el pensamiento. Dos de ellos son hombres frágiles como nosotros, que tiemblan ante la tribulación, que se sienten desconcertados por la cruz y que necesitan la gloria y la prosperidad para continuar creyendo. "¡Oh insensatos y tardos de corazón!", les dice el tercer viajero. ¿No era necesario que el Mesías padeciese todos esos trabajos para entrar en su gloria?" Hasta aquí nuestro retrato ha sido muy semejante al de estos dos hombres; más parecemos judíos que cristianos; y por esto el amor de las cosas terrestres nos ha hecho insensibles a la atracción celestial y por lo mismo nos ha expuesto al pecado. En adelante no podemos ya pensar así. Los esplendores de la Resurrección de nuestro Maestro nos muestran con suficiente viveza cuál es el fin de la tribulación, cuando Dios nos la envía. Sean las que fueren nuestras pruebas, no podrán compararse con ser clavados a un patíbulo, ni crucificados entre dos malhechores. El Hijo de Dios sufrió esta suerte; y considerad hoy si los suplicios del viernes han detenido la ascensión que había de emprender el domingo hacia su reinado inmortal. ¿Su gloria no ha sido tanto más deslumbrante cuanto más profunda fue su humillación? 


No temblemos, pues, en adelante ante el sacrificio; pensemos en la felicidad eterna que le recompensará. Jesús, a quien los dos discípulos no reconocieron, no tuvo sino hacerles oír su voz y describirles los planes de la sabiduría y de la bondad divinas, y hubo claridad meridiana en sus espíritus. ¿Qué digo? Su corazón se encendía y ardía en su pecho, oyéndole tratar de cómo la cruz conduce a la Gloria; y si ellos no le descubrieron en seguida, fue porque él velaba sus ojos para que no le conociesen. 


Eso pasará en nosotros si dejamos, como ellos, hablar a Jesús. Entonces comprenderemos que "el discípulo no está sobre el maestro". (S. Mat., X, 24); y contemplando el resplandor que hoy ilumina a este Maestro, nos sentiremos inclinados a exclamar: "No, los padecimientos de este mundo transitorio no guardan proporción con la gloria que se manifestará más tarde en nosotros." (Rom., VIII, 18.)


EL EFECTO DE LA EUCARISTÍA. — En estos días en que los esfuerzos del cristiano por su regeneración son pagados con el honor de sentarse, con vestidura nupcial, a la mesa del festín de Cristo, no podemos menos de hacer resaltar que fue en el momento de la fracción del pan, cuando los ojos de los discípulos se abrieron y reconocieron a su maestro. El alimento celestial, cuya virtud procede toda de la palabra de Cristo, da la luz a las almas; y ellas ven entonces lo que no habían visto antes. Así ocurrirá en nosotros por efecto del sacramento de la Pascua; pero consideremos lo que nos dice a este respecto el autor de la Imitación: "Conocen verdaderamente a su Señor en el partir del pan, aquellos cuyo corazón arde vivamente porque Jesús anda en su compañía." (L., IV, c. XIV.) Entreguémonos, pues, a nuestro divino resucitado; en adelante le pertenecemos más que nunca, no solamente en virtud de su muerte, que padeció por nosotros, sino a causa de su resurrección, que también realizó por nosotros. A semejanza de los discípulos de Emaús, fieles y gozosos, como ellos, solícitos a ejemplo suyo, mostremos en nuestras obras la renovación de vida, que nos recomienda el Apóstol, y que sólo conviene a aquellos a quienes Cristo ha amado hasta no querer resucitar sino con ellos.


La Iglesia escogió este pasaje del Evangelio con preferencia a otro, por razón de la Estación que se celebra en San Pedro. En efecto, San Lucas nos refiere en él que los dos discípulos encontraron a los Apóstoles informados ya de la resurrección de su Maestro; "porque, decían, se ha aparecido a Simón". Hablamos ayer de este favor hecho al príncipe de los Apóstoles.


El Ofertorio está compuesto de un pasaje del santo Evangelio referente a las circunstancias de la Resurrección de Cristo. 


OFERTORIO 


El Ángel del Señor bajó del cielo y dijo a las mujeres: El que buscáis, ha resucitado, según lo dijo. Aleluya. 


En la Secreta la Iglesia pide en favor de sus hijos que el manjar pascual sea para ellos un alimento de inmortalidad, que una los miembros a su Jefe, no solamente en el tiempo, sino hasta en la vida eterna.


SECRETA
 

Suplicámoste, Señor, recibas las preces de tu pueblo con la ofrenda de estas hostias: para que lo inaugurado con los misterios pascuales, nos sirva, por obra tuya, de remedio eterno. Por Jesucristo, nuestro Señor. 


Durante la Comunión la Iglesia evoca a los fieles el recuerdo de Pedro, que fue favorecido con la visita del Salvador resucitado. La fe de la Resurrección es la fe de Pedro, y la fe de Pedro es el fundamento de la Iglesia y el lazo de la unidad católica. 


COMUNIÓN
 

Resucitó el Señor y se apareció a Pedro. Aleluya.


En la Poscomunión la Iglesia continúa pidiendo para todos sus hijos, comensales del mismo festín del Cordero, el espíritu de concordia que debe unirlos como miembros de una misma familia, cuya inolvidable fraternidad la nueva Pascua ha venido a sellar. 


POSCOMUNIÓN 


Infúndenos, Señor, el espíritu de tu caridad: para que, a los que has saciado con los sacramentos pascuales, los unifiques con tu piedad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Año Litúrgico de Dom Guéranger