miércoles, 13 de junio de 2018

14 de junio. San Basilio Magno, doctor de la iglesia y obispo. — (t 379) Flos Sanctorvm Santoral


Toda la antigüedad ha dado a san Basilio el título de Magno, porque en él, todas las cosas fueron grandes: grande su ingenio, grande su elocuencia, grande sus milagros. Nació en Cesárea de Capadocia y fué hijo de san Basilio y de santa Emilia, nieto de santa Macrinia, hermano de san Gregorio Niseno, de san Pedro de Sebaste y de santa Macrina la joven. Aprendió las letras humanas primero en Cesárea y después en Constantinopla y en Atenas, que era a la sazón madre de todas las ciencias; donde trabó muy estrecha y cordial amistad con Gregorio Nazianzeno, porque eran los dos muy parecidos no menos en el ingenio que en la virtud. Allí alcanzó fama de varón sapientísimo en todo género de letras, y las enseñó con grande aplauso. Convirtió a Eubulo su maestro; y los dos fueron a Jerusalén a visitar los santos lugares, y bautizarse en el Jordán. Al tiempo que Máximo, obispo de Jerusalén. bautizaba a Basilio, bajó una llamarada de fuego del cielo y de ella salió una paloma que tocó con sus alas las aguas, y luego voló a lo alto, dejando llenos de admiración y temor a los que estaban presentes. Ordenado de presbítero en Cesárea, se retiró por no ser compelido a aceptar la dignidad de obispo, a un desierto del Ponto, y allí vivió algunos años en compañía de san Gregorio Nazianzeno, con un género de vida tan admirable que más parecían ángeles que hombres. Mas como en tiempo del emperador Valente, arriano, la herejía como furioso incendio abrasase todo el Oriente, y en Cesárea hiciese grandes estragos, salió el santo de su yermo para oponerse a los herejes. En esta sazón murió el obispo de Cesárea; y todo el clero y pueblo aclamó por su pastor a san Basilio. En una hambre cruelísima que sucedió, vendió el santo todas sus posesiones, y predicó de la limosna en los templos, plazas, calles y casas de los ricos, con que alivió aquella extremada necesidad. Edificó para los pobres un hospital tan insigne y suntuoso, que se podía contar entre las maravillas del mundo, como escribe el Nazianzeno. Habiendo rogado a Dios que atajase los pasos del emperador Juliano el Apóstata, que intentaba matarle y destruir toda la Iglesia de Cristo, fué aquel impío tirano muerto en la guerra de Persia: y queriendo el emperador Valente desterrar al santo, al tiempo de firmar el decreto, la silla en que estaba se quebró, la pluma no dio tinta, aunque la mudó tres veces, y el brazo comenzó a temblarle como si estuviera tocado de perlesía. Entonces se rindió y rasgó el decreto. La penitencia de san Basilio era más admirable que imitable, y estaba tan flaco que no parecía tener más que la piel y los huesos. Finalmente después de haber gobernado santísimamente su Iglesia ocho años, obrado estupendos milagros y escrito admirables libros, murió a los cincuenta y un años de su edad.

Reflexión: Las alabanzas que dan a san Basilio los santos doctores Gregorio Nazianzeno, Gregorio Niseno, Efrén y otros, son tantas y con tan grande encarecimiento, que ellas solas bastan para entender la estimación y veneración con que hemos de horarle e imitarle. Sigamos pues los ejemplos y doctrinas de este gran doctor de la Iglesia tan lleno de espíritu de Dios, y andaremos seguros por el camino de nuestra eterna salud sabiendo de cierto que agradamos a nuestro Señor, el cual para nuestra enseñanza le hizo tan sabio y tan santo.

Oración: Suplicámoste, Señor, que oigas las oraciones que te ofrecemos en la solemne fiesta de tu bienaventurado siervo y confesor Basilio, librándonos de nuestros pecados por la intercesión y méritos del que te sirvió con tanta fidelidad Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

martes, 12 de junio de 2018

13 de junio. San Antonio de Padua, confesor. — (t 1231) Flos Sanctorvm Santoral




El maravilloso predicador de Cristo, san Antonio de Padua, nació en Lisboa, cabeza del reino de Portugal, y fué hijo de muy nobles y virtuosos padres. Bebió con la leche de su madre la devoción a la Virgen santísima; y a la edad de quince años tomó el hábito en el monasterio de canónigos reglares de san Agustín, donde hizo su profesión; mas once años después, pasó con la venia de sus superiores a la religión seráfica, llevado del deseo de convertir a los moros y derramar su sangre por Jesucristo. Pero el Señor que le destinaba a otro apostolado, le envió en África una grave enfermedad; y para cobrar salud se embarcó con rumbo a España, mas por vientos contrarios fué llevada la nave a Italia. Mandóle su seráfico padre san Francisco, que leyese teología en las ciudades de Montpellier en Francia, y de Bolonia y Padua en Italia, y le encomendó después el oficio de predicar. Eran sus palabras como unas llamas de fuego que abrasaban los corazones, y como Dios las confirmaba con grandes prodigios, fueron innumerables los herejes y pecadores que convirtió así en Francia como en Italia. Una vez, disputando con un hereje llamado Bonibillo que negaba la presencia de Cristo en la Eucaristía, hizo que la muía del hereje, a pesar de haber estado tres días sin comer, dejase la cebada que le ponían delante, para arrodillarse delante del santísimo Sacramento; con este milagro se convirtió aquel principal maestro de los herejes. Otra vez estando en la ciudad de Armiño, para confundir a los herejes que no querían oirle, se llegó a la ribera del mar, a predicar a los peces, a los cuales, asomando del agua les echó su bendición. Convidáronle un día unos herejes a comer y le pusieron ponzoña en el plato; y el santo les afeó aquella maldad, pero haciendo la señal de la cruz sobre el manjar, comióle sin recibir del veneno lesión alguna. Aconteció muchas veces que predicando en una lengua le entendían los oyentes de diferentes naciones y lenguas, como si predicara en la de cada uno, y aun fué oído dos millas lejos de donde predicaba. Era tanta la gente que acudía a sus sermones, que no cabiendo en los templos se salían a los campos. Acechó una noche al santo el huésped que le había recibido en su casa, y vió en su aposento una gran claridad, y el Niño Dios hermosísimo y sobremanera gracioso encima de un libro, y después en los brazos de san Antonio, y que el santo se regalaba con él sin apartar los ojos de su divino rostro. Finalmente a los diez años de sus apostólicos ministerios, acabó su vida llena de virtudes, y en la ciudad de Padua entregó su alma bienaventurada al Señor.

Reflexión: Entre los milagros con que Dios ilustró a este santo gloriosísimo, es muy digno de mención el que aconteció treinta y dos años después de su muerte, en la traslación de su sagrado cuerpo. Porque se halló entre los huesos de la boca la lengua tan entera y fresca como si estuviera viva: y tomándola en las manos san Buenaventura, que era a la sazón Ministro general de la orden de san Francisco, bañado en lágrimas exclamó: «¡Oh lengua bendita! que siempre alabaste a Dios, y fuiste causa de que tantos le alabasen: bien se ve ahora de cuánto merecimiento eres delante del Criador, que para tan alto oficio te había formado!» Empleemos también la nuestra en alabar al Señor; ya que es éste el mejor uso que podemos hacer de ella.

Oración: Haz, Señor Dios mío, que la solemne festividad de tu confesor Antonio regocije toda la Iglesia, para que fortificada con los socorros espirituales, merezca disfrutar los gozos eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

lunes, 11 de junio de 2018

12 de junio. San Juan de Sahagún, confesor. — (t 1479) Flos Sanctorvm Santoral



El apostólico varón san Juan de Sahagún, decoroso ornamento de la sagrada orden de Ermitaños de san Agustín, nació de nobles padres en la población de Sahagún, que está en la provincia de León en España. Siendo todavía de tierna edad solía juntar a los otros muchachos, y subido a lo alto de una piedra les predicaba con tanto celo y discreción, que todos decían que aquel admirable niño había de ser un apostólico orador. Pasó su mocedad entre los pajes del arzobispo de Burgos, renunció una canongía, y otros beneficios eclesiásticos; y después de una peligrosísima enfermedad, por cumplir con un voto que había hecho, tomó el hábito de los ermitaños de san Agustín, y fué tan admirable el ejemplo de sus virtudes, que le confiaron los superiores el cargo de maestro de novicios. Todos los días purificaba su alma con el sacramento de la penitencia, diciendo que ignorando en qué día había de morir, debía estar siempre prevenido para la hora de su muerte. Celebraba diariamente la misa con grande ternura y devoción, y antes de comulgar le oyeron decir algunas veces: «¡Señor! yo no te puedo recibir si no te vuelves a la primera especie eucarística.» Y era, como manifestó humildemente al superior, que se le aparecía Jesucristo en carne humana, unas veces con las señales de la pasión, y otras glorioso. Ardiendo la ciudad en Salamanca en una guerra civil, causada por la enemistad de dos familias que habían atraído a sus bandos a la mayor parte de los vecinos, cuando todos respiraban ira y venganza, el santo predicó con tanto es Espíritu de Dios, que compuso las paces, y ablandó los ánimos que habían resistido a la autoridad de tres reyes. En cierta ocasión se imaginó un caballero muy principal que el santo le había injuriado en sus sermones, y buscó asesinos para que le vengasen; mas cuando éstos iban a poner sus manos sacrílegas en el santo, que salía de la iglesia, quedaron inmobles y pasmados, hasta que reconociendo su culpa se echaron a sus pies para que les perdonase. Pasando por una calle le dijeron que se había caído un muchacho dentro de un pozo, y movido el santo por las lágrimas de la madre, echó la bendición a las aguas del pozo, y subieron casi hasta el brocal. Entonces el santo alargó su correa al niño, el cual asido de ella salió del pozo sin haber recibido daño alguno. Finalmente después de haber convertido a penitencia a innumerables pecadores, quiso el Señor que muriese este santo por haber predicado contra, la deshonestidad, como el Bautista: porque se tiene por cosa cierta que una dama muy principal, de cuyos lazos había el santo librado a un caballero, le dio un veneno que le causó la muerte. Estuvo su santo cadáver en el féretro algunos días para satisfacer la devoción de innumerables gentes que acudieron a venerarle, y el Señor acreditó su santidad, con repetidos y grandes prodigios.

Reflexión: No hay duda que arden a veces los odios y enemistades con tan grandes llamas, que no bastan a apagarlas ni la manifiesta sinrazón de tomarse el hombre la venganza por sus propias manos, ni aun el temor de la muerte y del patíbulo. Pero el glorioso san Juan extinguía el fuego de los odios con la sangre de Cristo: porque en efecto, quien considera al divino Redentor perdonando en la cruz a los que le estaban crucificando, o no es cristiano, o debe perdonar también de corazón a sus enemigos.

Oración: Oh Dios, autor de la paz y amante de la caridad, que condecoraste al bienaventurado Juan, tu confesor, con la admirable gracia de componer a los enemistados: concédenos por sus méritos e intercesión, que afirmados en tu caridad, no nos separemos de ti por ningún motivo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

domingo, 10 de junio de 2018

11 de junio. San Bernabé, apóstol.— (t 62) Flos Sanctorvm Santoral



El bienaventurado discípulo y mártir de Jesucristo, san Bernabé, que también en la Escritura se llama José Levita, fué hebreo de nación, de la tribu sacerdotal de Leví, y nació en la isla de Chipre, en la cual sus padres tenían grandes y ricas posesiones. Aprendió en Jerusalén las letras sagradas, en la escuela de Gamaliel, varón doctísimo y muy versado en la ley de Moisés, y tuvo por condiscípulo a san Esteban protomártir, y a Saulo, que después se llamó Pablo y fué apóstol y vaso escogido del Señor. En este tiempo vino Cristo nuestro Redentor a Jerusalén, y maravillado Benabé de su celestial doctrina, ejemplos y milagros, entendió que era el Mesías prometido, y echóse a sus pies; el Señor le bendijo y le contó en el número de los setenta y dos discípulos que le siguieron. Y él, conforme al consejo evangélico, repartió su hacienda entre los pobres, quedándose con una sola posesión, cuyo precio, después de la Ascensión del Señor, puso también a los pies de los apóstoles. Cuando los discípulos huían todavía de san Pablo, porque ignoraban su conversión, san Bernabé se llegó a él, y entendiendo cuan trocado estaba, y lo que le había acontecido yendo a Damasco, le abrazó y lo llevó a los apóstoles y con gran regocijo fué admitido en su compañía. Enviaron los apóstoles a Bernabé a Antioquía donde estuvo con san Pablo predicando por espacio de un año, con tan grande aprovechamiento de los fieles, que dejando el nombre de discípulos y perdiendo el vano temor y respeto del mundo, se comenzaron a llamar cristianos. Volviendo después a Jerusalén, se concertaron allí con san Pedro algunos otros apóstoles, para que ellos predicasen a los hebreos, y Saulo y Bernabé a los gentiles. No es fácil decir los trabajos y presecuciones que padecieron estos dos santos por sembrar la doctrina evangélica y plantar a Cristo en los corazones de los hombres en tantas ciudades, islas, reinos y provincias. Y, a lo que escriben graves autores y se saca de firmes testimonios y piedras antiguas, san Bernabé fundó la iglesia de Milán, y estuvo en ella siete años, y fué el primer arzobispo de aquella insigne ciudad. También se muestra en Brescia el altar donde el santo apóstol decía misa y en otras muchas iglesias se conserva la memoria de este varón apostólico y compañero de san Pablo. Finalmente hallándose, en la isla de Chipre, vinieron de Siria unos judíos con intención de perseguirle y darle la muerte; y aunque el santo lo entendió, deseoso ya de juntarse con Jesucristo, se entró en la sinagoga para predicar a los judíos; mas éstos, con grande enojo le echaron mano, y le apedrearon, en cuyo martirio dio su espíritu al Señor.

Reflexión: Aunque san Bernabé no era del número de los doce apóstoles que escogió Jesucristo, los primeros santos padres de la Iglesia le dan ya el título de apóstol, no sólo por sus muchos y apostólicos caminos y trabajos, sino que también por haber sido particularmente llamado por el Espíritu Santo a aquel sagrado ministerio. (ACT. APOST. XII, 2).. Honrémosle, pues, como a los doce apóstoles que son las doce columnas indestructibles de la Iglesia, y despreciando las doctrinas anticatólicas, que son edificios sin fundamento, descansemos con entera confianza en la verdad de la Iglesia católica, sellada con la sangre del Redentor, y de sus santos apóstoles y discípulos.

Oración: Oh Dios, que nos consuelas con la intercesión de tu bienaventurado apóstol Bernabé, concédenos benigno, que consigamos por tu gracia aquellos beneficios que te pedimos por su ruego. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

10 de junio. Santa Margarita, reina de Escocia. — (t 1093) Flos Sanctorvm Santoral



La piadosísima reina de Escocia santa Margarita fué hija de Eduardo, rey de Inglaterra y de Águeda, hija del emperador. Desde su niñez fué dada a todas las obras de caridad con los pobres. Casó con Malcolmo, rey de Escocia; y en el lugar donde se celebraron las bodas fabricó una suntuosa iglesia a honra y gloria de la Santísima Trinidad, enriqueciéndola con ornamentos de gran precio, con muchos vasos de oro y piedras preciosas. En las demás iglesias del reino dejó también memoria de su devoción y magnificencia, reparándolas y enriqueciéndolas. Todos sus vasallos la temían y amaban; y cuando salía en público era grande la multitud de viudas, huérfanos y pobres que la seguían como a su madre. Tenía exploradores repartidos por las provincias, que mirasen si se hacía alguna injusticia o inhumanidad, oprimiendo a los inocentes y desvalidos, como suele suceder, y que lo remediasen todo y en todo se obrase con amor y caridad. Las primeras horas de la noche tomaba breve descanso y luego se levantaba y entraba en la iglesia, y rezaba maitines de la Santísima Trinidad, y estos terminados, rezaba el oficio de difuntos. Volvía después a su cuarto y a la mañana lavaba los pies a seis pobres, se los besaba y les daba larga limosna; y antes de sentarse ella a la mesa servía a nueve doncellas huérfanas y a veinticuatro pobres. Muchas veces hacía venir a su palacio trescientos pobres, y puesto el rey de una parte, y ella de otra les daban de comer y beber regalada y abundantemente. Sabedora de lo porvenir, había hecho al rey su marido instancias y súplicas para que no fuese a cierta campaña en el condado de Cumberland, y como el rey no quisiese en esto darle gusto y saliese a la batalla, se puso la santa reina muy triste y dijo: «Hoy ha sucedido al reino de Escocia el mayor mal que podía suceder. Y con brevedad vino la nueva de que el mismo día, fueron muertos en el combate el rey y el príncipe Eduardo, su hijo. Cuatro días después estando la santa gravemente enferma, viendo a su hijo Edgar que volvía del ejército, le preguntó por su padre y hermano, y como él respondiese que quedaban buenos, ella dando un tierno suspiro, dijo: «¡Ay hijo! que sé muy bien todo lo que ha pasado: y levantando las manos y los ojos al cielo como Job, exclamó: «Gracias te doy, mi Dios, porque al fin de mi vida me has enviado tantas penas, para acrisolarme y purificarme de toda mancha de pecado», y luego invocando y ensalzando a la Santísima Trinidad, entregó su preciosa alma al Criador.

Reflexión: Por ventura te has maravillado de leer como esta santa reina, después de haber pasado su vida en obras de tanta piedad y caridad, hubiese de lamentar la dolorosa pérdida de su esposo y de su hijo muertos en el campo de batalla. Mas ¿por qué has de asombrarte de esto? ¿No es acaso toda la vida humana un perpetuo combate sobre la tierra, como dice Job? ¿Por ventura el Señor de los ejércitos ha de dar la recompensa a sus soldados mientras se hallan todavía luchando en el campamento? No: sino cuando entren por la puerta triunfal del cielo que es su verdadera patria: y entonces es cada uno premiado conforme a sus méritos, y si a los santos exige el Señor tan grandes pruebas de heroísmo y fidelidad, es porque los tiene destinados a muy grande gloria.

Oración: Oh Dios, que hiciste tan admirable a la bienaventurada Margarita, reina de Escocia por la insigne caridad que ejerció con los pobres, concédenos que por tu imitación y a su ejemplo se aumente perpetuamente en nuestros, corazones el amor a tu divina Majestad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

viernes, 8 de junio de 2018

9 de junio. Los santos Primo y Feliciano, hermanos, mártires. (t 287) Flos Sanctorvm Santoral


Los gloriosísimos mártires de Jesucristo Primo y Feliciano fueron hermanos y caballeros romanos, ilustres por la sangre, y más ilustres por la fe y confesión del Señor. Habiendo sido acusados por ser cristianos delante de los emperadores, que a la sazón eran Diocleciano y Miximiano, los sacerdotes de los ídolos dijeron a los jueces que los dioses estaban tan enojados, que no darían respuesta a cosa que les preguntasen hasta que Primo y Feliciano los reconociesen por dioses y protectores del imperio. Llevaron pues a los dos santos al templo de Hércules, y como no quisiesen sacrificar a su estatua, los azotaron con varas crudamente. Entregáronlos después a un gobernador de la ciudad Nomentana, que se llamaba Promoto, el cual los hizo apartar uno de otro para asaltar a cada uno de los dos por sí, pensando con esto poderlos más fácilmente vencer. Comenzó pues el procónsul a amonestar a Feliciano, que mirase por su vejez y no quisiese acabar su vida con tormentos atroces y penosos. A lo que respondió el venerable anciano: «Ochenta años tengo cumplidos, y ha treinta que Dios me alumbró y que me determiné a vivir para solo Cristo.» Mandóle el juez azotar cruelmente y le hizo después enclavar en un palo. El santo mártir mirando al cielo, decía: En Dios tengo puesta mi esperanza, y no temo mal ninguno que el hombre me pueda hacer. A los cuatro días hizo el juez traer a su tribunal a Primo y le dijo: «¿No sabes que tu hermano Feliciano está ya trocado y ha obedecido a los emperadores, los cuales le han honrado mucho y admitido en su palacio?» «Yo sé, respondió Primo, los tormentos que ha padecido, y que ahora está en la cárcel gozando de los regalos de Dios, y que no podrás tú apartar con los tormentos a los que Jesucristo ha unido con su amor.» Ordenó el tirano embravecido sobremanera, que moliesen a Primo con palos nudosos, y le extendiesen en el ecúleo, y abrasasen sus costados con hachas encendidas. Condenaron después a los dos santos hermanos a las fieras, y echaron a los mártires dos leones ferocísimos, los cuales se arrojaron a sus pies, como dos corderos, lamiéndolos y halagándolos, sin hacerles mal alguno. Entonces alzaron la voz los santos y dijeron al presidente: «Juez, las fieras reconocen a su Creador; y tú eres tan ciego que no quieres tener por Señor al que te hizo a su imagen y semejanza?» Conmovióse con este prodigio la muchedumbre que había concurrido al espectáculo, y convirtiéronse a la fe de Jesucristo quinientas personas con sus familias. Y el tirano Promoto, atribuyendo a arte mágica aquellos portentos y cansado ya de atormentar a aquellos fortísimos caballeros de Cristo, los mandó degollar.

Reflexión: La única razón que alegaban aquellos gentiles para no convertirse al ver los prodigios de los santos mártires era decir que los obraban por arte de encantamiento y virtud diabólica. Ya no creen esto los incrédulos de nuestros días. ¿Pues cómo no se convierten al leer estas maravillas tan repetidas en los martirios de nuestros santos? ¿Cómo no las creen estando acreditadas con el testimonio de tantos autores así cristianos como paganos, que presenciaron aquellos tan públicos y asombrosos prodigios? Líbrenos el Señor por su gracia de la horrible ceguedad y dureza de corazón propia de los incrédulos; los cuales ultrajan con gravísima ofensa a la Divinidad, y son dignos de eterno castigo por desoír las voces de la gracia, y despreciar con obstinada voluntad los prodigios de la divina omnipotencia.

Oración: Concédenos, Señor, que celebremos siempre la fiesta de tus santos mártires Primo y Feliciano, y que por su intercesión merezcamos la gracia de tu protección divina. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 

ACTO DE DESAGRAVIO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS DE PÍO XI

ACTO DE DESAGRAVIO DE PÍO XI


¡Oh dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago, de los ingratos, más que olvido, negligencia y menosprecio! Vednos postrados ante vuestro altar, para reparar, con especiales homenajes de honor, la frialdad indigna de los hombres y las injurias con que, en todas partes, hieren vuestro amantísimo Corazón.

Mas recordando que también nosotros alguna vez nos manchamos con tal indignidad de la cual nos dolemos ahora vivamente, deseamos, ante todo, obtener para nuestras almas vuestra divina misericordia, dispuestos a reparar, con voluntaria expiación, no sólo nuestros propios pecados, sino también los de aquellos que, alejados del camino de la salvación y obstinados en su infidelidad, o no quieren seguiros como a Pastor y Guía, o, conculcando las promesas del Bautismo, han sacudido el suavísimo yugo de vuestra ley.

Nosotros queremos expiar tan abominables pecados, especialmente la inmodestia y la deshonestidad de la vida y de los vestidos, las innumerables asechanzas tendidas contra las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las execrables injurias proferidas contra vos y contra vuestros Santos, los insultos dirigidos a vuestro Vicario y al Orden Sacerdotal, las negligencias y horribles sacrilegios con que es profanado el mismo Sacramento del amor y, en fin, los públicos pecados de las naciones que oponen resistencia a los derechos y al magisterio de la Iglesia por vos fundada.

¡Ojalá que nos fuese dado lavar tantos crímenes con nuestra propia sangre! Mas, entretanto, como reparación del honor divino conculcado, uniéndola con la expiación de la Virgen vuestra Madre, de los Santos y de las almas buenas, os ofrecemos la satisfacción que vos mismo ofrecisteis un día sobre la cruz al Eterno Padre y que diariamente se renueva en nuestros altares, prometiendo de todo corazón que, en cuanto nos sea posible y mediante el auxilio de vuestra gracia, repararemos los pecados propios y ajenos y la indiferencia de las almas hacia vuestro amor, oponiendo la firmeza en la fe, la inocencia de la vida y la observancia perfecta de la ley evangélica, sobre todo de la caridad, mientras nos esforzamos además por impedir que seáis injuriado y por atraer a cuantos podamos para que vayan en vuestro seguimiento.

¡Oh benignísimo Jesús! Por intercesión de la Santísima Virgen María Reparadora, os suplicamos que recibáis este voluntario acto de reparación; concedednos que seamos fieles a vuestros mandatos y a vuestro servicio hasta la muerte y otorgadnos el don de la perseverancia, con el cual lleguemos felizmente a la gloria, donde, en unión del Padre y del Espíritu Santo, vivís y reináis, Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.
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