jueves, 4 de mayo de 2017

5 de Mayo: VIERNES DE LA TERCERA SEMANA DESPUÉS DE PASCUA. Del Año Litúrgico de Dom Guéranger.

En tu seno maternal, oh Iglesia, estamos seguros, no tenemos nada que temer. ¿Qué puede contra nosotros el error? "Eres la columna y el apoyo de la verdad sobre la tierra." (I Tim., III, 13.) ¿Qué nos pueden hacer las persecuciones de la patria terrena? Sabemos que aunque todo falte, tú no puedes faltar. En estos mismos días, Jesús dijo a sus Apóstoles y en ellos a sus sucesores: "He aquí que estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos." (S. Matth., XXVIII, 20.) ¡Qué prenda de duración, oh Iglesia! La historia entera de la humanidad es testigo de si te ha fallado alguna vez en diez y nueve siglos. Mil veces han rugido las puertas del infierno; pero no han prevalecido contra ti una sola hora. Oh Iglesia, estando fundada en Cristo tu Esposo, nos haces participar de la divina inmutabilidad que has recibido. Estando apoyados en ti, no existe para nosotros verdad alguna que nuestro ojo, purificado por la fe, no pueda penetrar, ni bien alguno que, a pesar de nuestra debilidad, no podamos realizar, ni esperanza por infinita que sea, cuyo objeto no seamos capaces de poseer. Nos tienes en tus brazos, y desde la altura a que nos elevas, descubrimos los misterios del tiempo y los secretos de la eternidad. Nuestra mirada te sigue con admiración, ya te considere militante sobre la tierra, ya te encuentre paciente en tus miembros queridos, en la morada temporal de la expiación, ya, en fin, te descubra triunfante en los cielos: contemporánea nuestra en el tiempo, eres, por una parte de ti misma, heredera de la eternidad. ¡Madre nuestra, guárdanos contigo, guárdanos siempre en ti, que eres la amada del Esposo! ¿A quién iríamos sino sólo a ti, a quien ha confiado él las palabras de vida eterna?


INGRATITUD PARA CON LA IGLESIA.— ¡Qué dignos de lástima son, los que no te conocen, oh Iglesia! Sabemos sin embargo, que si buscan a Dios en el fondo de su corazón, te conocerán un día. ¡Qué dignos de lástima son los que te han conocido y que te niegan por su orgullo y por su ingratitud! Pero no acontece a nadie esa desgracia si no ha extinguido voluntariamente en sí la luz. ¡Qué dignos de lástima son los que te conocen y viven de tu sustancia maternal, y con todo eso se unen a tus enemigos para insultarte y traicionarte! Ligeros de cabeza, confiados en sí mismos, arrastrados por la audacia de su siglo, se diría que te consideran ya como una institución humana, y osan juzgarte, para absolverte o condenarte, según parezca conveniente a su sabiduría. En lugar de reverenciar, oh Iglesia, todo lo que has enseñado sobre ti misma y sobre tus derechos, todo lo que has ordenado, regulado, practicado, ocurre que, sin querer romper el lazo que les une contigo, se atreven a confrontar tu palabra y tus actos con las ideas de un supuesto progreso. En este mundo que te ha sido dado en herencia, estos hijos insolentes se permiten señalarte tu parte. En adelante, estarás bajo su tutela, Madre del género humano regenerado. De ellos aprenderás en adelante lo que conviene a tu ministerio aquí abajo. Hombres sin Dios y adoradores de lo que ellos llamaban los derechos del hombre, osaran hace ya más de un siglo, expulsarte de la sociedad política, que tú habías mantenido hasta entonces en relaciones con su divino autor. Para satisfacer hoy a sus imprudentes discípulos, te es preciso negar todos los monumentos de tus derechos públicos, y resignarte al papel de extranjera. Hasta aquí ejercías los derechos que has recibido del Hijo de Dios sobre las almas y sobre los cuerpos; ahora te es preciso aceptar, en lugar de tu realeza, la libertad común que una ley de progreso asegura lo mismo al error como a la verdad.


LA ADHESIÓN A LA IGLESIA.— ¡Oh Iglesia!, no tratamos de disfrazarte, sino de confesarte. Tú eres uno de los artículos de nuestro Símbolo: "Creo en la Santa Iglesia católica." Hace veinte siglos que los cristianos te conocen; saben que no marchas al capricho de los hombres. A ellos toca aceptarte tal como Jesús te hizo: signo de contradicción como a ellos el instruirse por tus reclamaciones, tus protestas, y no el reformarte sobre un nuevo tipo. Sólo una mano divina puede obrar este prodigio. ¡Qué bueno es, oh Iglesia, compartir tu suerte! En un siglo que ha dejado de ser cristiano, te has hecho impopular. Ya lo fuiste largo tiempo en los siglos pasados; y tus hijos no eran dignos de pertenecerte sino con la condición de temer comprometerse por ti. Han llegado de nuevo estos tiempos. No queremos separar nuestra causa de la tuya; te confesaremos siempre como nuestra Madre inmutable, superior a todo lo que pasa, y prosiguiendo tus destinos a través de siglos de gloria y de persecución, hasta que haya sonado la hora en que esta tierra que fue creada para ser tu dominio, te vea subir a los cielos, y huir de un mundo condenado a perecer sin remedio por haberte desconocido y puesto fuera de la ley.



 Año Litúrgico de Dom Guéranger



miércoles, 3 de mayo de 2017

4 de Mayo: JUEVES DE LA TERCERA SEMANA DESPUÉS DE PASCUA. Del Año Litúrgico de Dom Guéranger.

LA IGLESIA, SOCIEDAD VISIBLE. — La Iglesia que ha edificado el Salvador y que conserva con su mano divina ¿es solamente la sociedad de los espíritus que poseen y de los corazones que aman la verdad descendida del cielo? ¿Se la ha definido con acierto, cuando se la ha llamado sociedad espiritual? No ciertamente; pues sabemos que deberá extenderse y que se ha extendido de hecho en el mundo entero. Pues ¿cómo hubieran podido tener lugar esos progresos, cómo hubieran podido extenderse esas conquistas, si la sociedad fundada por el Redentor no hubiese sido exterior y visible, al mismo tiempo que espiritual? Las almas no se comunican sino por medio de los cuerpos. 

"La fe entra por el oído, dice el Apóstol; ¿pues, cómo oirán si no se les predica? (Rom., X, 17, 14). Cuando Jesús resucitado dice a sus Apóstoles: "Id, enseñad a todas las naciones" (S. Matth., XXVIII, 19), indica con claridad que la palabra deberá sonar al oído y que hará en el mundo un ruido tal que será oído tanto por los que se entreguen a esta palabra, como por los que la desdeñen. ¿Tiene esta palabra el derecho de circular tan libremente, sin pedir permiso a los poderes de la tierra? ¿Quién osará negar que tiene ese derecho? El Hijo de Dios dijo: "Id, y enseñad a todas las naciones"; debe ser obedecido; y la palabra de Dios confiada a sus enviados no podría permanecer encadenada." (II Tim., II, 9.)


LOS DERECHOS DE LA IGLESIA. — Héla aquí pues declarada libre, esta palabra exterior, y en su libertad engendra numerosos discípulos. Esos discípulos, permanecerán separados los unos de los otros? ¿No se agruparán alrededor de su apóstol para escucharle? ¿No se sentirán hermanos y miembros de una misma familia? Entonces, es preciso que se reúnan; y de repente aparece el pueblo nuevo, visible a todas las miradas.


Así debía ser; pues si este pueblo que debe absorver a los demás no atrajese las miradas, sus destinos no se cumplirían. Pero es preciso que este pueblo adquiera edificios, templos, etc... Va pues a levantar casas de predicación y de oración. El extranjero, a la vista de estos nuevos santuarios, se pregunta. ¿Qué es esto? ¿De dónde vienen esos hombres, que no rezan ya con sus conciudadanos? ¿No se la considerará nación dentro de nación? El extranjero tiene razón; es una nación dentro de la nación, hasta que la nación misma haya pasado toda entera a las filas de ese pueblo nuevo.


Las necesidades de toda sociedad exigen que tenga sus leyes, como tiene su jerarquía; la Iglesia mostrará pues a los ojos de todo el mundo los signos de un gobierno interior cuyos efectos se manifiesten al exterior. Son las fiestas, las solemnidades cuya pompa revela a un gran pueblo, con sus reglamentos rituales que forman entre los miembros de la sociedad un lazo visible tanto dentro como fuera del templo; mandamientos, órdenes emanadas de los diversos grados de la jerarquía, que las promulgan y han de reclamar su obediencia; instituciones, corporaciones que se mueven en el seno de la sociedad y que la ayudan y dan esplendor; todo, en fin, hasta las leyes penales contra los delincuentes y los refractarios.


Mas no basta a la Iglesia tener lugares de reunión para las asambleas de sus fieles; es preciso que se provea al mantenimiento de sus ministros, a los gastos del culto que da a Dios y a las necesidades de sus miembros indigentes. Por eso, la vemos que, secundada por la generosidad de sus hijos, toma posesión de ciertas partes del suelo, que por el mero hecho quedan consagradas por razón de su destino, y a causa de la dignidad sobrehumana de la que las posee. Más aún, cuando los príncipes, cansados de oponerse vanamente al progreso de la Iglesia, pidan ellos mismos formar parte de ella, será necesario que el Pastor supremo no esté sujeto a ningún rey temporal, y que él mismo sea rey. La sociedad cristiana acoge con aplauso este coronamiento de la obra de Cristo, a quien "todo poder fue dado en el cielo y en la tierra" y que debe un día reinar temporalmente en su Vicario.


Tal es, pues, la Iglesia: sociedad espiritual, pero exterior y visible, lo mismo que el hombre, espiritual en cuanto a su alma, pertenece a la naturaleza física por su cuerpo que forma parte esencial de sí mismo. El cristiano amará, pues, a la Santa Iglesia tal como Dios la ha querido, y tendrá horror a ese falso e hipócrita espiritualismo que para derribar la obra de Cristo, pretende arrinconar a la religión en el puro dominio del espíritu. No podemos aceptar este destino. El Verbo divino se revistió de nuestra carne; se dejó "ver, oír y tocar" (I S. Juan, 11); y dirigiéndose a los hombres, les organizó en una Iglesia visible, que habla y es palpable. Somos un vasto estado; tenemos nuestro monarca, nuestros magistrados, nuestros conciudadanos, y debemos estar prestos a dar nuestra vida por esta patria sobrenatural, cuya dignidad se eleva tan por encima de la patria terrenal como el cielo lo está por encima de la tierra.


LAS PERSECUCIONES DE LA IGLESIA. — Satanás, envidioso de esta patria que debe conducirnos a aquella de la cual está él excluido, en el curso de los siglos no ha desperdiciado ocasión para derribarla. Por de pronto, ha atacado la libertad de la palabra sagrada que engendra a los miembros de la Iglesia: "Os prohibimos—decían sus primeros representantes—hablar en adelante de ese Jesús." (Act., IV, 18.) La estratagema es hábil; y si no ha tenido éxito, si la predicación cristiana se ha abierto paso, a pesar de todo, no ha sido porque el enemigo no. la haya aplicado hasta nuestros tiempos en la medida que le ha sido posible. Las asambleas de los cristianos despertaron muy pronto las persecuciones del poder mundano. La violencia intentó dispersarlas; a menudo hemos quedado reducidos a buscar los antros y los bosques, a escoger las horas de la noche para celebrar los Misterios luminosos, para cantar los esplendores del divino Sol de justicia. ¡Cuántas veces, nuestros templos más amados, monumentos piadosos, consagrados por los más caros recuerdos, han cubierto la tierra con sus ruinas! Satanás quiso borrar hasta las huellas del dominio de su vencedor.


¡A qué tiránicas envidias han dado lugar, las leyes que la Iglesia promulga para sus fieles, y las relaciones de sus Pastores entre sí y con su Jefe! Se ha querido despojar a la sociedad de los cristianos hasta el derecho de gobernarse a sí misma; hombres serviles han ayudado a las gentes del César a encadenar a la Esposa del Hijo de Dios. Sus bienes temporales tentaron también la avaricia de los poderes del mundo; la procuraban la independencia; y luego se los arrebataban, a fin de que quedase en situación precaria: atentado que nuestras sociedades políticas expían cruelmente cada día.


Sin embargo, circulan los más odiosos errores: la idea de una Iglesia completamente espiritual, de una Iglesia que no debe ser visible, o a menos, que no consienta en llegar a ser uno de los resortes del gobierno nacional, esta idea impía y absurda, encuentra numerosos partidarios. En cuanto a nosotros, no olvidaremos los innumerables mártires que dieron su sangre para mantener y asegurar a la Iglesia de Jesucristo su calidad de sociedad pública, exterior, independiente de todo, yugo humano, en una palabra, completa en sí misma. Puede ser que nosotros seamos los últimos herederos de la promesa; mayor razón para proclamar hasta el fin, los derechos de la que Jesús se ha tomado por Esposa, a la cual ha conferido el imperio de este mundo que ha sido conservado sólo por ella, y que se derrumbará el día en que desaparezca.



Año Litúrgico de Dom Guéranger

martes, 2 de mayo de 2017

3 de Mayo: MIÉRCOLES DE LA TERCERA SEMANA DESPUÉS DE PASCUA. Del Año Litúrgico de Dom Guéranger.

SOLEMNIDAD DE SAN JOSE 

Hoy se suspende la serie de misterios del Tiempo pascual; otro objeto atrae por un momento nuestra atención. La Santa Iglesia nos incita a consagrar la jornada al culto del Esposo de María, del Padre nutricio del Hijo de Dios, Patrón de la Iglesia universal. El 19 de marzo le hemos rendido nuestro homenaje anual; pero se trata de erigir para la piedad del pueblo cristiano un monumento de reconocimiento a San José, socorro y apoyo de todos los que le invocan con confianza. 


HISTORIA DEL CULTO HACIA S. JOSÉ. — La devoción a S. José estaba reservada para estos últimos tiempos. Su culto, fundado en el Evangelio mismo, no debía desarrollarse en los primeros siglos de la Iglesia; no porque los fieles, considerando el papel de San José en la economía del misterio de la Encarnación, estuviesen coartados de algún modo en los honores que hubieran querido rendirle; sino que la divina Providencia tenía sus razones misteriosas para retardar el momento en que la Liturgia debía prescribir cada año los homenajes públicos debidos al Esposo de María. El Oriente precedió al Occidente, así como ocurrió otras veces, en el culto especial de San José; pero en el siglo XV, la Iglesia latina le habla adoptado todo entero, y desde entonces no ha cesado de progresar en las almas católicas. Las grandezas de S. José han sido expuestas el 19 de Marzo; el fin de la presente fiesta no es el volver sobre este inagotable asunto. Tiene su motivo especial de institución que es necesario dar a conocer. 

La bondad de Dios y la fidelidad de nuestro Redentor a sus promesas se unen siempre más estrechamente de siglo en siglo, para proteger en este mundo la chispa de vida sobrenatural que debe conservar él hasta el último día. En este fin misericordioso, una sucesión ininterrumpida de auxilios viene a caldear, por decirlo así, cada generación, y a traerle un nuevo motivo de confianza en la divina Redención. A partir del siglo XIII, en que comenzó a hacerse sentir el enfriamiento del mundo, como nos lo atestigua la misma Iglesia, ("Frigescente mundo"—Oración de la fiesta de los Estigmas de S. Francisco), cada época ha visto abrirse una nueva fuente de gracias. 

Apareció primero la fiesta del Santísimo Sacramento, cuyo desarrollo ha producido sucesivamente la Procesión solemne, las Exposiciones, las Bendiciones, las Cuarenta Horas. A ella siguió la devoción al santo Nombre de Jesús, cuyo apóstol principal fue S. Bernardino de Sena y la del "Vía Crucis" o "Calvario", que produjo tantos frutos de compunción en las almas. El siglo XVI vio renacer la comunión frecuente, por la influencia principal de S. Ignacio de Loyola y de su Compañía. En el XVII fue promulgado el culto del Sagrado Corazón de Jesús, que se estableció en el siglo siguiente. En el XIX, la devoción a la Santísima Virgen tomó un incremento y una importancia que son las características sobrenaturales de nuestro tiempo. Ha sido restablecida la devoción al santo Rosario, y al Santo Escapulario, que nos legaron las edades precedentes; las peregrinaciones a los santuarios de la Madre de Dios, suspendidas por los prejuicios jansenistas y racionalistas, han vuelto a resurgir; la Archicofradía del Sagrado Corazón de María ha extendido sus afiliaciones por el mundo entero; numerosos prodigios han venido a recompensar la fe rejuvenecida; en fin, para terminar: el triunfo de la Inmaculada Concepción, preparado y esperado en los siglos menos favorables. 

Pero la devoción a María no podía desarrollarse sin el culto ferviente de San José. María y José se hallan tan íntimamente unidos en el misterio de la Encarnación, ia una como Madre del Hijo de Dios, el otro como guardián del honor de la Virgen y Padre nutricio del Niño-Dios, que no se les puede aislar el uno del otro. Una veneración particular a S. José ha sido pues la consecuencia del desarrollo de la piedad hacia la Virgen Santísima. 

TÍTULOS DE S. JOSÉ A NUESTRA DEVOCIÓN. — Pero la devoción al Esposo de María no es solamente un justo tributo que rendimos a sus prerrogativas; es también para nosotros la fuente de un nuevo socorro tan extenso como poderoso, habiendo sido puesto entre las manos de San José por el mismo Hijo de Dios. Escuchad el lenguaje inspirado de la Iglesia en la Liturgia: ¡"Oh José, honra de los habitantes del cielo, esperanza de nuestra vida aquí abajo, el "sostén de este mundo"! (Himno de Laudes de la Solemnidad de S. José. "Caelitum, Joseph, decus atque nostrae"... etc.)
¡Qué poder en un hombre! Pero buscad también un hombre que haya tenido con el Hijo de Dios sobre la tierra relaciones tan íntimas como José. Jesús se dignó estarle sumiso aquí abajo; en el cielo, tiene empeño en glorificar a aquel de quien quiso depender, y a quien confió su niñez y el honor de su Madre. El poder de S. José es pues ilimitado; y la Santa Iglesia nos invita hoy a recurrir con una confianza absoluta a este Protector omnipotente. En medio de las terribles agitaciones de las cuales es el mundo víctima, invóquenlo los fieles con fe y serán protegidos. En todas las necesidades de alma y cuerpo, en todas las pruebas y crisis que el cristiano deba atravesar, así en el orden temporal como en el orden espiritual, que recurra a S. José y su confianza no se verá defraudada. El Rey de Egipto decía a sus pueblos hambrientos: "Id a José." (Gén., XLI, 55); el Rey del cielo nos hace la misma invitación; y el fiel custodio de María tiene más crédito ante él que el hijo de Jacob, intendente de los graneros de Menfis, lo tuvo ante el Faraón. 

La revelación de este nuevo refugio preparado para los últimos tiempos ha sido, desde luego, comunicada, según la costumbre que Dios guarda de ordinario, a las almas privilegiadas a las cuales estaba ella confiada como un germen precioso: así fue para la institución de la fiesta del Santísimo Sacramento, para la del Sagrado Corazón de Jesús, y para otras más. En el siglo XVI, Santa Teresa cuyos escritos estaban llamados a extenderse por el mundo entero, recibió en un grado superior comunicaciones divinas a este propósito, y consignó sus sentimientos y sus deseos en su vida escrita por ella misma.

SANTA TERESA Y S. JOSÉ. — He aquí como se expresa Santa Teresa: "Tomé por abogado y señor al glorioso San José y encomendeme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma: que a otros santos parece les dió el señor gracias para socorrer una necesidad; a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre siendo ayo, le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto otras algunas personas, a quien yo decía se encomendase a él, también por experiencia; y aun hay muchas que le son devotas de nuevo experimentando esta verdad." (Vida. cap. VI.)

Para responder a numerosos deseos y a la devoción del pueblo cristiano, el 10 de Septiembre de 1847, Pío IX extendió a la Iglesia universal la fiesta del Patrocinio de S. José que había sido concedido a la Orden de los Carmelitas y a algunas Iglesias particulares. Más tarde, Pío X debía elevar esta fiesta al rango de las mayores solemnidades dotándola de una Octava. 

Pongamos pues nuestra confianza en el poder del augusto Padre del pueblo cristiano, José, sobre quien han sido acumuladas tantas grandezas para que las repartiese entre nosotros, en una medida más abundante que los otros santos, las influencias del misterio de la Encarnación del mal ha sido, después de María, el principal ministro sobre la tierra.


Del Año Litúrgico de Dom Guéranger


 





lunes, 1 de mayo de 2017

2 de Mayo: MARTES DE LA TERCERA SEMANA DESPUÉS DE PASCUA. Del Año Litúrgico de Dom Guéranger.

EL PODER DE JURISDICCIÓN. — La Iglesia que Jesús resucitado organiza en estos días, y que debe extenderse por el mundo entero, es una sociedad verdadera y completa. Debe tener en sí misma un poder que la rija y que, por la obediencia de los súbditos, mantenga el orden y la paz. Hemos visto que el Salvador había previsto esta necesidad estableciendo un Pastor de las ovejas y los corderos, un vicario de su autoridad divina; pero Pedro no es más que un hombre; por muy grande que sea su poder, no puede ejercerlo directamente sobre todos los miembros del rebaño. La nueva sociedad tiene, pues, necesidad de magistrados de un rango inferior que sean, según la bella expresión de Bossuet, "ovejas para Pedro, y Pastores para los pueblos". (Sermón sobre la unidad de la Iglesia.) 



EL EPISCOPADO. — Jesús tiene todo previsto, ha elegido doce hombres a quienes ha llamado sus Apóstoles y a ellos confiará la magistratura de su Iglesia. Al separar a Pedro para hacerle Jefe y como su representante, no ha renunciado a hacerles servir para sus designios. Lejos de eso, están destinados a ser las columnas del edificio cuyo fundamento será Pedro. Son doce, como en otro tiempo los doce hijos de Jacob; pues el antiguo pueblo fue en todo la figura del nuevo. Antes de subir al cielo, Jesús les da el poder de enseñar por toda la tierra y les establece Pastores de los fieles en todos los lugares por donde vayan. Ninguno de ellos es jefe de los demás, sino Pedro, cuya autoridad parece tanto mayor cuanto más se eleva por encima de esos poderosos depositarios del poder de Cristo. 

Una delegación tan extensa de los derechos pastorales en la generalidad de los Apóstoles tenía por objeto asegurar la solemne promulgación del Evangelio; pero no debía sobrevivir, en esta vasta medida, en sus depositarios. El sucesor de Pedro debía solo conservar el poder apostólico en toda su extensión, y en adelante, ningún pastor legítimo ha podido ejercer una autoridad territorial ilimitada. El Redentor al crear el Colegio apostólico fundó también esta magistratura que nosotros veneramos con el nombre de Episcopado. Si los Obispos no han heredado la jurisdicción universal de los Apóstoles, si no han recibido como ellos la infalibilidad personal en la enseñanza, no por eso dejan de ocupar en la Iglesia el lugar de los Apóstoles. A ellos confiere Jesucristo las llaves mediante el sucesor de Pedro; y estas llaves, símbolo del gobierno, las usan ellos para abrir y para cerrar en toda la extensión del territorio asignado a su jurisdicción. 

¡Qué magnífica, qué imponente es esta magistratura del Episcopado sobre el pueblo cristiano! Contemplad en el mundo entero esos tronos sobre los que se sientan los pontífices presidiendo las diversas partes del rebaño, apoyados en el báculo pastoral, símbolo de su poder. Recorred la tierra habitada, franquead los límites que separan las naciones, pasad los mares; por todas partes os encontraréis con la Iglesia, y por todas partes encontraréis al Obispo ocupado en regir la porción del rebaño confiado a su custodia; y viendo que todos esos pastores son hermanos, que todos gobiernan sus ovejas en nombre del mismo Cristo, y que todos se unen en la obediencia a un mismo Jefe, comprenderéis entonces cómo es esta Iglesia una sociedad completa en cuyo seno la autoridad reina con tanto imperio. 

EL SACERDOCIO. — Por debajo de los Obispos, encontramos aún en la Iglesia otros magistrados de un rango inferior; la razón de su establecimiento se explica por sí misma. Designado para gobernar un territorio más o menos vasto, el Obispo necesita cooperadores que representen su autoridad, y la ejerzan en su nombre y bajo sus órdenes, allá donde ésta no pudiera ejercerse inmediatamente. Estos son los sacerdotes con cura de almas, cuyo lugar fijó el Salvador en la Iglesia, por la elección de los setenta y dos discípulos, que añadió a sus Apóstoles, a los cuales debían estar sometidos los discípulos. Complemento admirable del gobierno en la Iglesia, donde todo funciona en la más perfecta armonía, por medio de esta jerarquía desde cuya cima desciende la autoridad, y va a extenderse hasta los Obispos que la delegan enseguida al clero inferior. 

LA MISIÓN DE LOS APÓSTOLES. — Estamos en los días en que esta jurisdicción que Jesús había anunciado, emana por su divino poder. Ved con qué solemnidad la confiere: "Todo poder, dice, me ha sido dado en el cielo y en la tierra: id, pues, enseñad a todas las naciones." (S. Matth., XXVIII, 18.) Así, este poder que los pastores van a ejercer, es de su propia autoridad de donde lo saca; es una emanación de su propia autoridad en el cielo y sobre la tierra; y a fin de que comprendiésemos más claramente cual es la fuente, dice también esos mismos días: "Como mi Padre me ha enviado, así os envío yo." (S. Juan, XX, 21.) 

Así, el Padre ha enviado al Hijo y el Hijo envía a los Pastores, y esta "misión" no será nunca interrumpida hasta la consumación de los siglos. Siempre instituirá Pedro los Obispos, siempre los Obispos conferirán una parte de su autoridad a los sacerdotes destinados al ministerio de las almas; y ningún poder humano sobre la tierra podrá interceptar esta transmisión, ni hacer que los que no han tenido parte en ella tengan el derecho de considerarse por pastores. El César gobernará el Estado; pero será incapaz para crear un solo pastor; pues el César no tiene ninguna parte en esta jerarquía divina, fuera de la cual la Iglesia no reconoce más que súbditos. A él toca el mandar como soberano en las cosas temporales: a él toca también obedecer, como el último de los fieles, al Pastor encargado del cuidado de su alma. Más de una vez se mostrará celoso de este poder sobrehumano; buscará el interceptarlo; pero este poder no se puede usurpar; su naturaleza es puramente espiritual. Otras veces el César maltratará a los depositarios; se le ocurrirá incluso, en su locura el tentar ejercerlo él mismo; ¡vanos esfuerzos!, este poder que remonta, hasta Cristo no se confisca, no se embarga; es la salvación del mundo, y la Iglesia en el último día debe remitirlo intacto al que se dignó confiarlo antes de subir donde está su Padre.


Año Litúrgico de Dom Guéranger 


domingo, 30 de abril de 2017

1ro de Mayo: LUNES DE LA TERCERA SEMANA DESPUÉS DE PASCUA. Del Año Litúrgico de Dom Guéranger.

LAS NOTAS DE LA IGLESIA. — La primera piedra de la Iglesia está ya colocada; Jesús va ahora a edificar sobre este fundamento. El Pastor de las ovejas y de los corderos ha sido proclamado: es hora de formar el aprisco; las llaves del reino han sido dadas a Pedro: ha llegado el momento de inaugurar el Reino. Así, esta Iglesia, este aprisco, este reino, designan una sociedad que recibirá del nombre de su fundador el de Cristiana. Esta sociedad que forman los discípulos de Cristo está destinada a recibir en su seno a todos los miembros de la humanidad; ninguno será excluido, aunque de hecho no entren todos. Deberá durar hasta el fin de los siglos, pues no habrá elegidos más que en su recinto. Será "Una", pues Cristo no dice: "Edificaré mis Iglesias"; no habla más que de una sola. Será "Santa", porque todos los medios de santificación del hombre le serán confiados. Será "Católica", es decir, universal, para que siendo conocida en todos los tiempos y en todos los lugares, los hombres puedan oírla hablar y entrar en ella. Será "Apostólica", es decir que, cualquiera que sea la duración de este mundo, pasará por una sucesión legítima a esos hombres con los cuales Jesús trata en estos días para su fundación. 


LA PERPETUIDAD DE LA IGLESIA. — Tal será la Iglesia, fuera de la cual no puede haber salvación para cualquiera que, habiéndola conocido, descuidarse asociarse a ella. Aguardemos unos días, y el mundo oirá hablar de ella. La chispa en este momento se encuentra en solo la Judea; pero pronto será un incendio que se extenderá al mundo entero. Antes de fin de siglo, no solamente el imperio romano, tan vasto ya, tendrá miembros de la Iglesia en todas las provincias, sino que la Iglesia contará hasta en los pueblos en cuyo seno los cuales Roma no ha paseado sus águilas victoriosas. Más aún; esta propagación milagrosa no se detendrá jamás; en todos los siglos partirán nuevos apóstoles para realizar nuevas conquistas. Nada dura bajo el sol; pero la Iglesia maravillará por su duración incesante las miradas soberbias e irritadas del incrédulo. Las persecuciones, las herejías, los cismas, los desfallecimientos de la debilidad humana y sus depravaciones, no harán mella en ella; la Iglesia sobrevivirá a todo. Los nietos de sus adversarios la llamarán su madre; verá rodar a sus pies el torrente de los siglos llevando mezclados tronos, dinastías, nacionalidades y hasta razas; y estará siempre allá, abriendo sus brazos a todos los hombres, enseñando siempre las mismas verdades, repitiendo hasta el último día del mundo el mismo símbolo, y siempre fiel a las instrucciones que Jesús resucitado la confió. 

¡Qué acciones de gracias debemos darte, Señor Dios nuestro, por habernos hecho nacer en el seno de esta sociedad inmortal, la única que tiene tus enseñanzas celestiales y los socorros por los que se obra la salvación! No tenemos que buscar donde se halla tu Iglesia; en ella y por ella vivimos de esta vida superior que está por encima de la carne y de la sangre, y cuya plenitud, si somos fieles, nos está reservada en la eternidad. Dirige, Señor, una mirada misericordiosa sobre tantas almas que no han tenido la misma dicha y que no entrarán en tu única Iglesia, sino con el precio de más de un sacrificio penoso a la naturaleza. Dales una luz más viva, sostenles, a fin de que no desfallezcan. Quebranta la indiferencia de los unos, secunda los esfuerzos de los otros, a fin de que tu aprisco, oh buen Pastor, se acreciente siempre más y más, y que la Iglesia, que es tu Esposa, se regocije aún con la fecundidad que Tú le has prometido por todos los siglos.


Año Litúrgico de Dom Guéranger


 

sábado, 29 de abril de 2017

SEGUNDO DOMINGO DESPUES DE PASCUA. Del Año Litúrgico de Dom Guéranger.

DOMINGO DEL BUEN PASTOR. — Este Domingo se designa con el nombre popular de Domingo del buen Pastor por leerse en la Misa el trozo del evangelio de S. Juan, en que Nuestro Señor se da a sí mismo este título. Un lazo misterioso une este texto evangélico al tiempo en que estamos; pues fue en estos días cuando el Salvador de los hombres estableció y consolidó su Iglesia y comenzó por darle el pastor que debía gobernarla hasta la consumación de los siglos. 





El Hombre Dios, según el decreto eterno, después de pasados algunos días, dejará de ser visible aquí abajo. La tierra no le verá más hasta el fin de los tiempos, cuando venga a juzgar a los vivos y a los muertos. Sin embargo, no abandonará esta raza humana por la que se ofreció en sacrificio en la Cruz y libró de la muerte y del infierno al salir victorioso del sepulcro. Será su jefe en los cielos; ¿qué tendremos para suplir su presencia en la tierra? la Iglesia. A la Iglesia dejará toda su autoridad sobre nosotros; en manos de la Iglesia pondrá el depósito de todas las verdades que ha enseñado; ella será la dispensadora de todos los medios de salvación que ha destinado para los hombres. 


LOS MIEMBROS DE LA IGLESIA. — Esta Iglesia es una vasta sociedad en la que todos los hombres están llamados a entrar; sociedad compuesta por dos clases de miembros: los gobernantes y los gobernados, los maestros y los discípulos, los santificadores y los santificados. Esta sociedad inmortal es la Esposa del Hijo de Dios: para ella crea sus elegidos. Ella es su madre única: fuera de su seno no hay salvación para nadie. 


PEDRO CONSTITUÍDO PASTOR. — ¿Pero cómo podrá subsistir esta sociedad? ¿Cómo atravesará los siglos y llegará así hasta el último día del mundo? ¿Quién la dará la unidad y la cohesión? ¿Cuál será el lazo visible entre sus miembros, el signo palpable que la designará como la verdadera Esposa de Cristo, dado el caso que otras sociedades pretendieran fraudulentamente arrebatarla sus legítimos honores? Si Jesús se hubiera quedado con nosotros no habríamos corrido ningún riesgo; donde está Él, allí también está la verdad y la vida; pero Él "se va", nos dice, y nosotros no podemos seguirle aún. Escuchad, pues, y aprended sobre qué base ha establecido Él la legitimidad de su única Esposa. 


Estando un día durante su vida mortal en el territorio de Cesárea de Filipo rodeado de sus discípulos les interrogó acerca de la idea que se habían formado de su persona. Uno de ellos, Simón hijo de Juan o Jonás, y hermano de Andrés, tomó la palabra y dijo: "Tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo". Jesús recibió con bondad este testimonio que ningún sentimiento humano podía sugerir a Simón, sino que salía de su conocimiento divinamente inspirado en este momento; y declaró a este dichoso Apóstol que ya en adelante no sería Simón sino Pedro. Cristo había sido designado por los Profetas con el carácter simbólico de piedra; al atribuir tan solemnemente a su discípulo este título distintivo del Mesías, Jesús daba a entender que Simón tendría con Él relaciones que no tendrían los otros Apóstoles. Pero Jesús continuó su discurso. Había dicho a Simón: "Tú eres Pedro (Piedra)"; y añadió; "y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia". 


Ponderemos estas palabras del Hijo de Dios: "Edificaré mi Iglesia". Ha concebido, pues un proyecto: el de edificar una Iglesia. No es él quien edificará ahora esa Iglesia; esta obra se diferirá todavía por algún tiempo, lo único que sabemos con certeza es que se edificará sobre Pedro. Pedro será el fundamento, y quien no descanse en Pedro no formará parte de la Iglesia. Escuchemos aún: "Y las puertas del infierno no prevalecerán contra mi Iglesia". En el estilo de los judíos las "puertas" significan los "poderes"; de modo que la Iglesia de Jesús será indestructible, a pesar de todos los esfuerzos del infierno. ¿Por qué? porque Jesús le dará un fundamento firme. El Hijo de Dios continúa: "Y yo te daré las llaves del Reino de los cielos." En el lenguaje de los Judíos, las "llaves" significan el poder del Gobierno, y en las parábolas del Evangelio el "Reino de Dios" significa la Iglesia que debe ser edificada por Cristo. Al decir a Pedro, que en adelante no se llamará más Simón: "Yo te daré las llaves del Reino de los cielos", Jesús se expresaba como si le hubiese dicho: "Yo te haré el Rey de esta Iglesia, cuyo fundamento serás al mismo tiempo." Esto es evidente; pero no echemos en olvido que todas estas magníficas promesas miran al porvenir: (S. Matth, XVI.) 


Ahora bien, este porvenir, se ha hecho presente. Hemos llegado a las últimas horas de la estancia de Jesús aqui abajo. Ha llegado el momento en que se va a cumplir su promesa y fundar este Reino de Dios, esta Iglesia que debía edificar en la tierra. Los Apóstoles, fieles a las órdenes que les habían transmitido los Ángeles, han vuelto a Galilea.


El Señor se manifiesta a ellos a orillas del lago de Tiberíades y después de una comida preparada por él mismo, mientras están ellos pendientes de sus labios, interpela de repente a su discípulo: "Simón, hijo de Juan", le dice, "¿me amas?". Advirtamos que no le da en este momento el nombre de Pedro; se coloca en el día en que le dijo otra vez: "Simón, hijo de Jonás, tu eres Pedro"; quiere que los discípulos sientan el lazo que une la promesa y el cumplimiento. Pedro, con su aceleramiento acustumbrado, responde a la pregunta de su Maestro: "Sí, Señor; tú sabes que te amo." Jesús vuelve a tomar la palabra con autoridad: "Apacienta mis corderos", dice al discípulo. Después, reiterando la pregunta, dice aún: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?" Pedro se asombra de la insistencia con la cual su Maestro parece perseguirle; sin embargo él responde con la misma sencillez: "Si Señor; tú sabes que te amo." Después de esta respuesta, Jesús repite las mismas palabras de investidura: "Apacienta mis corderos." 


Los discípulos escuchaban este diálogo con respeto; comprendían que Pedro era distinguido una vez más, que recibía en ese instante algo que ellos no recibirían. Los recuerdos de Cesárea de Filipo se agolpaban a su espíritu, acordándose además de las consideraciones particulares que su Maestro había tenido siempre para Pedro desde este día. Sin embargo de eso, no estaba todo terminado aún. Una tercera vez Jesús insterpela a Pedro: "Simón, hijo de Juan, me amas? Ante esta insistencia el Apóstol no puede más. Las tres llamadas de Jesús a su amor le han despertado el triste recuerdo de sus tres negaciones ante la criada de Caifás. Siente la alusión a su infidelidad tan reciente aún, pidiendo perdón responde esta vez con más compunción aún que seguridad: "Señor, dice, lo sabes todo; tú sabes que te amo." Entonces el Señor, poniendo el último sello en la autoridad de Pedro, pronuncia estas palabras: "Apacienta mis ovejas." (S. Juan, XXI.) 


He aquí a Pedro nombrado Pastor por aquel mismo que nos dijo: "Yo soy el buen Pastor." Desde luego el Señor ha dado a su discípulo y por dos veces el cuidado de los "corderos"; pero no le había nombrado aún pastor; mas cuando le encarga el apacentar también las "ovejas", el rebaño entero se confía a su autoridad. Que la Iglesia venga, pues, ahora, que se eleve, que se extienda; Simón el hijo de Juan es proclamado Jefe visible. ¿Esta Iglesia es un edificio?, pues él es su piedra fundamental. ¿Es un Reino? pues él tiene las llaves, es decir, el cetro, ¿Es un rebaño?, pues él es el Pastor.


Sí, esta Iglesia que Jesús organiza en este momento, y que se revelará el día de Pentecostés será un rebaño. El Verbo de Dios descendió del cielo "para reunir en uno a los hijos de Dios que antes estaban dispersos" (S. Juan, XI, 52) y se acerca el momento en que no habrá más que un solo redil y un solo Pastor" (Ibld,, X, 16.) ¡Te bendecimos, te damos gracias, oh divino Pastor nuestro! Por nosotros subsiste ella y atraviesa los siglos, recogiendo y salvando a todas las almas que se confían a ella, esta Iglesia que tú fundas en estos días. Su legitimidad, su fuerza, su unidad, le vienen de ti, su Pastor omnipotente y misericordioso. Te bendecimos también y te damos gracias, oh Jesús, por la previsión con que has provisto al mantenimiento de esta legitimidad, de esta fuerza, de esta unidad, dándonos a Pedro tu vicario, a Pedro nuestro Pastor en Ti y por Ti, a Pedro a quien ovejas y corderos deben obediencia, a Pedro en quien te haces visible hasta la consumación de los siglos.

En la Iglesia griega, el segundo Domingo después de Pascua que nosotros llamamos del "Buen Pastor", se designa con el nombre de "Domingo de los santos myroforos", o "porta-perfumes". Se celebra particularmente la piedad de las santas mujeres que llevaron los perfumes al Sepulcro para embalsamar el cuerpo del Salvador. José de Arimatea tiene también una parte de los cánticos de que se compone el Oficio de la Iglesia griega durante esta semana. 


MISA
 

El Introito, haciendo suyas las palabras de David, celebra la misericordia del Señor que se extiende a la tierra entera, por la fundación de la Iglesia. Los "cielos", que significan los Apóstoles en el lenguaje misterioso de la Escritura, fueron fortalecidos por el Verbo de Dios, el día en que les dió a Pedro por Pastor y por fundamento. 


INTROITO 


La tierra está llena de la misericordia del Señor, aleluya: por la palabra del Señor fueron hechos los cielos, aleluya, aleluya. 
Salmo: Alegraos, justos, en el Señor: a los rectos conviene la alabanza. V. Gloria al Padre. 


La Santa Iglesia en la Colecta, pide para sus hijos la gracia de una santa alegría; pues tal es el sentimiento que conviene al Tiempo pascual. Debemos regocijarnos por haber sido librados de la muerte por el triunfo de nuestro Salvador, y prepararnos por las alegrías pascuales a las de la eternidad. 


COLECTA


Oh Dios, que, con la humillación de tu Hijo, levantaste al mundo caído: concede a tus fieles la perpetua alegría: para que, a los que has librado de los peligros de la muerte eterna, les hagas disfrutar de los gozos sempiternos. Por el mismo Señor. 


EPÍSTOLA 


Lección de la Epístola del Ap. S. Pedro. 
Carísimos: Cristo sufrió por nosotros, dándoos ejemplo, para que sigáis sus pasos. El no cometió pecado, ni se encontró dolo en su boca: cuando era maldecido, no maldijo: cuando padecía, no amenazó; antes se entregó al que le juzgó injustamente: El mismo llevó a la cruz, en su cuerpo, nuestros pecados: para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia: con sus heridas fuisteis sanados. Porque erais como ovejas errantes, pero os habéis vuelto ahora al pastor y obispo de vuestras almas. 


EL EJEMPLO DE CRISTO. — El Príncipe de los Apóstoles, el Pastor visible de la Iglesia universal, acaba de hacernos oír su palabra. Ved cómo termina este pasaje llevando nuestros pensamientos al Pastor invisible del cual es el Vicario, y cómo evita con modestia toda alusión a él mismo. Es en efecto, el Pedro de siempre que, dirigiendo a su discípulo Marcos en la redacción de su Evangelio, no quiso que contase en él la investidura que Cristo le dio sobre todo el rebaño, pero que exigió que no omitiese nada en su relato de la triple negación en casa de Caifás. ¡Con qué ternura nos habla aquí al Apóstol de su Maestro, de los sufrimientos que soportó, de su paciencia, de su entrega hasta la muerte a esas pobres ovejas errantes con las que debía él formar su redil! Estas palabras tendrán un día aplicación en el mismo Pedro. Día vendrá en que será amarrado a un madero, donde se mostrará paciente como su Maestro en medio de los ultrajes y de los malos tratos. Jesús se lo había predicho; pues, después de haberle confiado ovejas y corderos, añadió que llegaría el tiempo en que Pedro "llegado a viejo, extenderla sus manos" sobre la cruz, y que la violencia de los verdugos se ensañaría sobre su debilidad. (S. Juan, XXI.) Esto acontecerá, no solamente a la persona de Pedro, sino a un número considerable de sus sucesores que forman un todo con él y que se les verá, al correr de los siglos, tan a menudo perseguidos, exilados, aprisionados, matados. Sigamos nosotros también las huellas de Jesús, sufriendo de buen grado por la justicia; a Él le debemos que, siendo desde toda la eternidad igual a Dios Padre en la gloria, se haya dignado descender a la tierra para ser "el Pastor y el Obispo de nuestras almas". 


El primer versillo aleluyático recuerda la cena de Emaús; en pocos instantes conoceremos nosotros también a Jesús en la fracción del pan de vida. 


El segundo proclama por las propias palabras del Salvador la dignidad y las cualidades del Pastor, el amor a sus ovejas, y la prontitud de estas para reconocerle por su jefe. 


ALELUYA 


Aleluya, aleluya. V. Conocieron los discípulos al Señor Jesús en la fracción del pan. 


Aleluya. V. Yo soy el buen pastor: y conozco a mis ovejas, y las mías me conocen a mí. Aleluya. 

EVANGELIO


Continuación del santo Evangelio según San Juan


En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas. Pero el mercenario, y el que no es pastor, el que no tiene ovejas propias, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye: y el lobo arrebata, y dispersa las ovejas; pero el mercenario huye porque es mercenario, y no le interesan las ovejas. Yo soy el buen pastor: y conozco a las mías, y las mías me conocen a mí. Como me conoce el Padre, así yo conozco al Padre: y pongo mi vida por mis ovejas. Y tengo otras ovejas, que no son de este redil: y debo atraerlas también, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño, y un solo pastor. 


SUMISIÓN AL ÚNICO PASTOR. — Divino Pastor de nuestras almas, ¡cuán grande es tu amor por tus ovejas! Vas a dar hasta tu misma vida por salvarlas. El furor de los lobos no te hace huir. Te haces presa, a fin de apartar de ellas el diente mortífero que quería devorarlas. Has muerto en nuestro lugar, porque eras nuestro Pastor. No nos extrañamos que hayas exigido de Pedro más amor que el que esperabas de sus hermanos: pensabas establecerle su Pastor y nuestro. Pedro pudo responder con seguridad que te amaba y tú le conferiste tu propio título con la realidad de tus funciones a fin de que te supliera cuando hubieras desaparecido a nuestras miradas. Sé bendito, divino Pastor; porque tuviste presente las necesidades de tu rebaño que no podía conservarse Uno, si hubiera tenido varios Pastores sin un Pastor supremo. Para conformarnos con tus órdenes, nos inclinamos con amor y sumisión ante Pedro, besamos con respeto sus sagrados pies; pues por él nosotros dependemos de Ti, por él nosotros somos tus ovejas. Consérvanos, oh Jesús, en el redil de Pedro que es el tuyo. Aleja de nosotros al mercenario que quisiera usurpar el lugar y los derechos del Pastor. Intruso en el aprisco por violencia profana, se da aires de amo; pero no conoce a las ovejas y las ovejas no le conocen a él. Atraído, no por el celo, sino por el deseo y la ambición, huye al aproximarse el peligro. Cuando se obra sólo por intereses terrestres, no se sacrifica la vida por otro; el pastor cismático se ama a sí mismo; no ama tus ovejas; ¿cómo daría su vida por ellas? guárdanos de este mercenario, ¡oh Jesús! Nos apartaría de ti, separándonos de Pedro a quien has constituido tu Vicario. No reconoceremos otro. ¡Anatema a quien quisiera mandarnos en tu nombre, y no fuese enviado de Pedro! Pastor falso, no descansaría sobre la piedra del fundamento, no tendría las llaves del Reino de los cielos; no haría sino perdernos. Prométenos, oh buen Pastor, permanecer siempre con nosotros y con Pedro de quien eres el fundamento, como él es el nuestro, y podremos desafiar todas las tempestades. Tú lo has dicho, Señor: "El hombre sabio edifica su casa sobre la roca; las lluvias cayeron sobre ella, los ríos se desbordaron, los vientos soplaron, todas esas fuerzas se lanzaron sobre la casa y no cayó porque estaba fundada sobre la piedra firme. (San Mateo, VIII, 24, 25.) 


El Ofertorio es una aspiración hacia Dios tomada del Rey-Profeta.


OFERTORIO 


Dios, Dios mío, a ti velo de día: y en tu nombre alzaré mis manos, aleluya. 


En la Secreta, la Iglesia pide que la santa energía del Misterio que va a consumarse sobre el altar produzca en nosotros los efectos a los que aspiran nuestras almas: morir al pecado y resucitar a la gracia. 


SECRETA 


Concédanos siempre, Señor, una bendición saludable esta sagrada ofrenda: para que, lo que obra con misterio, lo confirme con poder. Por el Señor. 


Las palabras de la Antífona de la Comunión recuerdan también al buen Pastor. Es el misterio que domina toda esta jornada. Rindamos un último homenaje al Hijo de Dios que se digna mostrársenos bajo apariencias tan conmovedoras, y seamos siempre sus fieles ovejas. 


COMUNIÓN
 

Yo soy el buen pastor, aleluya: y conozco a mis ovejas, y las mías me conocen a mí, aleluya, aleluya. 


En el divino banquete, Jesús buen Pastor acaba de ser dado en alimento a sus ovejas; la Santa Iglesia, en la Poscomunión, pide que seamos cada día más penetrados de amor por este augusto sacramento, en el cual debemos poner nuestra gloria; pues es para nosotros el alimento de inmortalidad. 


POSCOMUNIÓN 


Suplicámoste, oh Dios omnipotente, hagas que, consiguiendo la gracia de tu vivificación, nos gloriemos siempre de tu regalo. Por el Señor


Año Litúrgico de Dom guéranger



viernes, 28 de abril de 2017

29 de Abril: SÁBADO DE LA SEGUNDA SEMANA DESPUÉS DE PASCUA. Del año Litúrgico de Dom Guéranger.

JESÚS Y SU MADRE. — En este día del Sábado volvámonos hacia María, y contemplémosla de nuevo en medio de las alegrías de la Resurrección de su Hijo. Había atravesado con Él un mar de dolores; ningún sufrimiento de Jesús dejó de sentir en sí misma en la medida posible a una criatura; ninguna tampoco de las grandezas de la Resurrección del Redentor dejó de comunicársela en la misma medida. Era justo que aquella a quien Dios había concedido la gracia y el mérito de participar en la obra de la redención, tuviese también su parte en las prerrogativas de su Hijo resucitado. Su alma se elevó a nuevas alturas; la gracia la inundó de favores que no había recibido hasta entonces y tanto sus obras como sus sentimientos adquirieron un nuevo grado de perfección celestial. 




MARÍA RESUCITADA CON JESÚS. — Al hacerla confidente de su primera aparición momentos después de su Resurrección la comunicó esta nueva vida que ha comenzado; y nosotros no debemos extrañarnos, puesto que ya sabemos que el simple cristiano, purificado por la compasión de los dolores de Jesús, que se une después con la Iglesia al misterio de la Pascua, se hace también participante de la vida del Salvador resucitado. Esta trasformación débil en nosotros, y con frecuencia demasiado fugaz, se operó en María en toda la plenitud que exigían a la vez su alta vocación y su incomparable fidelidad; y se podía decir de ella de muy distinto modo que de nosotros, que resucitó verdaderamente con su Hijo. 

Al pensar en estos cuarenta días durante los cuales María ha de poseer aún a su divino Hijo sobre la tierra, nuestro pensamiento se traslada a los otros cuarenta días en que la vimos inclinada sobre la cuna de Jesús recién nacido. Entonces formábamos una corona de pleitesía al rededor de esta dichosa Madre que amamantaba a su Hijo, se oían los conciertos de los ángeles, se veía llegar a los pastores y poco después a los Magos; todo era dulzura y encanto. Pero el Emmanuel que nuestros ojos contemplaban entonces nos conmovía sobre todo por su humildad; en él reconocíamos al Cordero venido para borrar los pecados del mundo: nada presagiaba aún al Dios fuerte. ¡Qué cambio se obró desde esta época! Antes de llegar a las alegrías que la rodean en este momento ¡qué de dolores han oprimido el corazón de María! La espada predicha por Simeón ha sido rota para siempre; pero cuán aguda fue su punta y cruel su filo. Hoy María puede decir con el Profeta: "En el grado que las angustias de mi corazón fueron vivas y punzantes, en ese mismo grado la dicha le alegra hoy". El Cordero se ha convertido en el león de la tribu de Judá y María, Madre del niño de Belén, es también Madre del poderoso triunfador. 

LAS APARICIONES A MARÍA. — ¡Con qué complacencia este vencedor de la muerte presenta ante los ojos de María los esplendores de su gloria! Helo aquí tal como debía parecer después del cumplimiento de su misión, ese Rey de los siglos a quien ella llevó nueve meses en su seno, a quien alimentó con su leche, el que, a pesar de ser todo un Dios, la honrará eternamente como a su Madre. Durante los cuarenta días de la Resurrecición la rodea con todas las exquisiteces de su ternura, procura colmar sus anhelos maternales apareciéndosele frecuentemente. ¡Qué emocionantes e íntimas son las entrevistas de Hijo y Madre! ¡Qué sentida es la mirada de María al contemplar a su Jesús tan diferente de lo que parecía poco ha y sin embargo de eso siempre el mismo! Sus rasgos tan familiares a María se han tornado en brillo desconocido en la tierra; las llagas impresas aún en sus miembros le embellecen con los rayos de una luz inefable que desvanece todo recuerdo de dolor. ¿Qué decir de la mirada de Jesús al contemplar a María su Madre, su asociada en la obra de la salvación de los hombres, la criatura perfecta, digna de más amor que todos los seres juntos? ¡Qué coloquios aquellos de un tal Hijo con una Madre tal, en la víspera de la Ascensión, de esa partida que ha de separar todavía por algún tiempo al uno del otro! Ningún mortal osaría dar a conocer las expansiones a que se entregaron en estos instantes demasiado breves: la eternidad nos las revelará; pero nuestro corazón, si ama al Hijo y a la Madre, adivinará algo. Jesús quiere resarcir a María de las largas que el ministerio de Madre de los hombres le impone aquí abajo: María, más dichosa que en otro tiempo la hermana de Marta, escucha su palabra, y se alimenta en el éxtasis de amor. Oh María, por esas horas de felicidad que compensaron las horas tan largas y tan amargas de la Pasión de tu Hijo, pide para nosotros que se digne hacerse sentir y gustar en nuestros corazones en este valle de lágrimas donde "estamos de viaje lejos de Él" esperando el momento en que nos reunamos a Él para no separarnos jamás.


 Año Litúrgico de Dom Guéranger