sábado, 6 de enero de 2018

7 de enero: DOMINGO DENTRO DE LA OCTAVA DE EPIFANÍA. FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA DE JESUS, MARIA Y JOSE Dom Próspero Gueranguer



OBJETO DE ESTA FIESTA. — En la Liturgia de de este Domingo la Iglesia cantaba antiguamente la realeza de Cristo y su imperio eterno, uniendo sus cánticos a los de los coros angélicos en la adoración del Dios humanado pero guiada por el Espíritu Santo y maternalmente previsora, juzgó que podía ser útil invitar a los hombres de nuestros días a considerar hoy las mutuas relaciones de Jesús, de María y de José; para recoger las lecciones que se desprenden de ellas y aprovechar la ayuda tan eficaz que ofrece su ejemplo.

Podemos creer que, en la elección del lugar que ocupa ahora en el calendario esta nueva fiesta, ha influido bastante el evangelio asignado en el Misal al Domingo Infraoctava de Epifanía que es el mismo de la actual fiesta de la Sagrada Familia.

Por lo demás, esta fiesta tampoco nos aparta de la contemplación de los misterios de Navidad y Epifanía: ¿no nació la devoción a la Sagrada Familia en Belén, donde María y José recibieron el homenaje de los pastores y de los Magos? Y aunque es verdad que el objeto de la presente festividad va más allá de los primeros momentos de la existencia terrena del Salvador, extendiéndose hasta los treinta años de su vida oculta, ¿no encontramos ya en el pesebre algunos de sus más significativos aspectos? En la voluntaria debilidad en que le sitúa su infantil estado, se abandona Jesús a aquellos a quienes los designios de su Padre han encargado de su guarda; María y José cumplen en espíritu de adoración todas las obligaciones que su misión sagrada les impone con respecto a Aquel de quien deriva su autoridad.

MODELO DE HOGAR CRISTIANO. — Hablando el Evangelio más tarde de la vida de Jesús en Nazaret al lado de María y de José, la describe con estas sencillas palabras: "Estaba sumiso a ellos. Y su madre conservaba todas estas cosas en su corazón, y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres A pesar de su concisión, este sagrado texto contiene una luminosa visión de orden y de paz que revela a nuestra mirada, la autoridad, sumisión, dependencia y mutuas relaciones de la Sagrada Familia. La santa casa de Nazaret se presenta a nuestra vista como el modelo perfecto del hogar cristiano. José manda allí con tranquila serenidad, como el que tiene conciencia de que al obrar así hace la voluntad de Dios y habla en nombre suyo. Comprende que, al lado de su virginal Esposa y de su divino Hijo él es el más pequeño; y con todo eso, su humildad hace que, sin temor ni turbación, acepte su papel de jefe de la Sagrada Familia que Dios le ha encomendado, y como un buen superior, no piensa en hacer uso de su autoridad sino para cumplir de un modo más perfecto su oficio de servidor, de súbito y de instrumento. María, como conviene a la mujer, se somete humildemente a José, y adorando al mismo tiempo a quien manda, da sin vacilar sus órdenes a Jesús en las múltiples ocasiones que se presentan en la vida de familia, llamándole, pidiendo su ayuda, señalándole tal o cual trabajo, como lo hace una madre con su hijo. Y Jesús acepta humildemente sus indicaciones: se muestra atento a los menores deseos de sus padres, dócil a sus más leves órdenes. El más hábil, más sabio que María y que José, se somete a ellos en todos los detalles de la vida ordinaria y así continuará obrando hasta su vida pública, porque es la condición de la humanidad que ha asumido, y la voluntad de su Padre. "En efecto, exclama San Bernardo entusiasmado ante un espectáculo tan sublime, el Dios a quien están sujetos los Angeles, a quien obedecen los Principados y Potestades, estaba sometido a María; y no sólo a María, sino también a José por causa de María. Admirad, por tanto, a ambos, y ved cuál es más admirable, si la liberalísima condescencia del Hijo o la gloriosísima dignidad de la Madre. De los dos lados hay motivo de asombro; por ambas partes, prodigio. Un Dios obedeciendo a una criatura humana, he ahí una humildad nunca vista; una criatura humana mandando a un Dios, he ahí una grandeza sin igual'".

Lección saludable la que aquí se nos ofrece. Dios quiere que se obedezca y que se mande conforme al papel y al cargo de cada uno, no conforme a sus méritos o sus virtudes. En Nazaret, el orden de la autoridad y de la dependencia no es precisamente el mismo que el de la perfección y de la santidad. Lo mismo ocurre de ordinario en la sociedad humana y en la misma Iglesia: si el superior debe a veces respetar en el inferior una virtud mayor que la suya, el inferior tiene siempre la obligación de acatar en. el superior una autoridad derivada de la autoridad misma de Dios.

La Sagrada Familia vivía del trabajo de sus manos. La oración en común, los santos coloquios por medio de los cuales formaba y educaba Jesús de manera progresiva las almas de María y de José, tenían su tiempo señalado, debiendo cesar ante la necesidad de proveer a los menesteres de la vida cotidiana. La pobreza y el trabajo son medios aptísimos de santificación para que Dios dejara de imponerlos al grupo bendito de Nazaret. José ejercía, pues, con asiduidad, su oficio de carpintero, y Jesús compartirá su trabajo, en cuanto esté en edad propicia. Todavía en el siglo II, la tradición conservaba el recuerdo de yugos y arados... fabricados por sus divinas manos. Entretanto, María cumplía con sus deberes de señora de una humilde casa. Preparaba la comida que José y Jesús debían hallar al final de su trabajo, cuidaba del orden y la limpieza de la casa, y, sin duda, conforme a la costumbre de entonces, hacía también casi todos sus propios vestidos y los de su familia, o bien trabajaba para los de fuera, con el fin de aumentar el jornal y el bienestar de todos. De esta manera, con su vida obscura y laboriosa en el taller de José, elevó y ennobleció Jesús el trabajo manual, condición de la mayoría de los hombres. Al elegir para sí y para sus padres el oficio de simple artesano elevó y santificó de un modo maravilloso la condición de las clases trabajadoras, que en adelante pueden ya buscar en tan augustos ejemplos el estímulo para la práctica de las más nobles virtudes, y un motivo constante de alegría y contento.

Así se nos presenta la Sagrada Familia bajo el techo de Nazaret, verdadero modelo de la vida doméstica en sus mutuas relaciones de amor y en sus inefables bellezas, vida que constituye la esfera de acción de millares de fieles de todo el mundo; donde el marido gobierna como José y la mujer obedece como María; donde los padres atienden a la educación de los hijos, y éstos imitan a Jesús con su obediencia, sus progresos, su alegría y la luz que esparcen a su alrededor. Según la expresión de un piadoso autor que nos complacemos en citar aquí, el hogar cristiano es "el vestíbulo del paraíso" por las gracias que todos los días y en cada momento derrama el cielo sobre él, por las numerosas virtudes que ejercita, y, finalmente, por las alegrías que atesora2. Por eso, no hay que extrañar que sea objeto de los continuos ataques por parte de los enemigos del género humano; y si éstos logran con frecuencia destacadas victorias sobre el reino fundado aquí abajo por Nuestro Señor Jesucristo "es porque han conseguido mancillar la santidad del matrimonio, destruir la autoridad de los padres o resfriar los afectos y deberes de los hijos para con sus progenitores." A los ojos del cielo, no es tan detestable una invasión de hordas salvajes avanzando por una región floreciente y arrasándola a sangre y fuego, como una ley que sanciona la disolución del vínculo matrimonial, o que arrebata los niños al cuidado y educación de los padres. Gracias a Dios, la familia cristiana es una institución universal, defendida por la Iglesia como su más bella creación y como el mayor beneficio que ha podido prestar a la sociedad. Ahora bien, la luz, la paz, la pureza y la felicidad que irradia el hogar cristiano, todo ello dimana de la vida que llevaron en la santa casa de Nazaret, Jesús María y José.

HISTORIA DE ESTE CULTO. — El culto de la Sagrada Familia se desarrolló de un modo especial en el siglo xvii, por medio de piadosas asociaciones que se proponían la santificación de las familias cristianas, imitando a la del Verbo Encarnado. Esta devoción, introducida en el Canadá por los Padres de la Compañía de Jesús, se propagó allí rápidamente gracias al celo de Francisco de Montmorency-Laval, primer obispo de Quebec. Este virtuoso prelado, por sugerencias, y con la ayuda del P. Chaumonot y de Bárbara de Boulogne, viuda de Luis de Aillebout de Coulonges, antiguo gobernador de Canadá, fundó en 1665 una Cofradía cuyos estatutos determinó él mismo, instituyendo poco después canónicamente en su diócesis la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, y ordenando que se hiciese uso de la misa y del oficio que había hecho componer con tal motivo.

Dos siglos más tarde, ante las crecientes manifestaciones de la piedad de los fieles hacia el misterio de Nazaret, el Papa León XIII, por el Breve "Neminem fugit" del 14 de junio de 1892, establecía en Roma la asociación de la Sagrada Familia, con el fin de unificar todas las cofradías instituidas bajo este mismo título. Al año siguiente, el mismo soberano Pontífice decretaba que la fiesta de la Sagrada Familia fuera celebrada en todas partes donde estaba permitida, el domingo tercero después de Epifanía, asignándole una Misa nueva y un oficio cuyos himnos él mismo había compuesto. Finalmente, Benedicto XV, en 1921, extendía esta fiesta a la Iglesia universal, fijándola en el domingo dentro de la Octava de Epifanía.

MISA

INTROITO

Gócese mucho el padre del Justo, alégrense tu Padre y tu Madre; regocíjese la que te engendró. Salmo: ¡Qué amables son tus tiendas, oh Señor de los ejércitos! Mi alma codicia y ansia los atrios del Señor. — J. Gloria al Padre. En la Colecta, lo mismo que en la secreta y en la Poscomunión, la Iglesia trata de resumir las enseñanzas que propone a los fieles en esta fiesta, y les indica los frutos que desea verles sacar de la contemplación de este misterio.

ORACION

Señor Jesucristo, que, sometido a María y a José, consagraste la vida doméstica con inefables virtudes: haz que nosotros* con el. auxilio de ambos, nos instruyamos con los ejemplos de tu santa Familia, y alcancemos su eterna compañía. Tú que vives y reinas.

EPISTOLA

Lección de la Epístola del Apóstol S. Pablo a los Colosenses. (III, 12-17.)

Hermanos: Revestíos como elegidos de Dios, como santos y amados (suyos), de entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad, de modestia y de paciencia, soportándoos mutuamente y perdonándoos los unos a los otros, si alguien tuviese queja contra otro. Como el Señor os perdonó a vosotros, así debéis hacer vosotros. Más, sobre todas estas cosas, tened caridad, porque ella es el vínculo de la perfección. Y la paz de Cristo salte gozosa en vuestros corazones, pues por ella habéis sido llamados a formar un solo Cuerpo. Y sed agradecidos. La Palabra de Cristo habite copiosa en vosotros en toda sabiduría, enseñándoos y exhortándoos los unos a los otros con salmos, e himnos, y cánticos espirituales, cantando con gracias a Dios en vuestros corazones. Todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, dando gracias a Dios y al Padre por El.

En este trozo del Apóstol San Pablo hallamos enumeradas las virtudes domésticas que deben adornar al hogar cristiano: dulzura, humildad, paciencia, virtudes que templan al alma contra el choque de los defectos y diferencias de carácter y temperamento; el amor mutuo que hace que cada uno se ingenie por aliviar las cargas de los demás, que sólo conoce las desgracias y flaquezas para dulcificar su amargura; la benévola indulgencia que sabe olvidar los roces inevitables, y predispone los corazones heridos al perdón, por imitar al Señor que todo lo perdonó. Todas estas disposiciones morales tienen su raíz en la caridad, de la que son como reflejos: merced a ella se perfeccionan las relaciones domésticas, se sobrenaturalizan y se desarrollan dentro de un amor profundo, de respeto, de mutuas atenciones, de sumisión y de obediencia. La práctica de estas virtudes, unida a los actos de religión que santifican todas las alegrías y las penas naturalmente anejas a la vida de familia, garantiza a los hombres la mayor participación posible en la felicidad de que pueden gozar aquí abajo, buscando su perfecto dechado en las figuras de Jesús, de María y de José.

GRADUAL

Una cosa he pedido al Señor y esta buscaré: morar en la Casa del Señor todos los días de mi vida. — 7. Dichosos los que habitan en tu Casa, Señor: te alabarán por los siglos de los siglos.
ALELUYA Aleluya, aleluya. — J. Verdaderamente tú eres un Rey escondido, eres el Dios de Israel, el Salvador. Aleluya.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Lucas. (II, 42, 52.)

Cuando Jesús fué de doce años, subieron ellos a Jerusalén, conforme a la costumbre del día de fiesta. Y, pasados los días, volviendo ellos, se quedó el Niño Jesús en Jerusalén; y no lo advirtieron sus padres. Pensando que estaría en la caravana, anduvieron el camino de un día, y le buscaron entre los parientes y conocidos. Y, no encontrándole, volvieron a Jerusalén, buscándole. Y aconteció que, tres días después, le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores, oyéndoles y preguntándoles. Y, todos los que le oían, se admiraban de su prudencia, y de sus respuestas. Y, cuando le vieron se pasmaron. Y le dijo su Madre: Hijo ¿por qué nos has hecho esto? He aquí que tu padre y yo te hemos buscado con dolor. Y El les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que me conviene atender a las cosas de mi Padre? Pero ellos no entendieron lo que les dijo. Y bajó con ellos y vino a Nazaret: y estaba sujeto a ellos. Y su Madre conservaba en su corazón todas estas palabras. 'Y Jesús crecía en sabiduría, y en edad y en gracia, delante de Dios y de los hombres.

¡Oh Jesús! has bajado del cielo para enseñarnos. La flaqueza de la infancia que te oculta a nuestras miradas, no impide que tu celo nos haga conocer al único Dios que lo ha creado todo, y a ti, su Hijo a quien envió.

Recostado en el pesebre y con una simple mirada has instruido a los pastores; bajo tus humildes pañales y en tu voluntario silencio has revelado a los Magos la luz que buscaban siguiendo a la estrella. A los doce años, explicas a los doctores de Israel las Escrituras que dan testimonio de ti; poco a poco disipas las tinieblas de la Ley con tu presencia y con tus palabras. En trueque de cumplir la voluntad de tu Padre celestial, no dudas en dejar intranquilo el corazón de tu Madre, buscando almas para iluminarlas.

Tu amor hacia los hombres ha de herir todavía con mayor dureza ese tierno corazón el día en que, por la salvación de esos mismos hombres, te haya de contemplar clavado en el madero de la cruz, expirando en medio de inmensos dolores. Sé, bendito, oh Emmanuel, en los primeros misterios de tu infancia, en los cuales apareces preocupado exclusivamente de nosotros, prefiriendo la compañía de estos hombres pecadores que un día han de conspirar contra ti, a la de tu misma Madre.

OFERTORIO

Llevaron sus padres a Jesús a Jerusalén, para presentarle al Señor.

SECRETA

Ofrecémoste, Señor, esta Hostia de placación, y suplicámoste humildemente que, por intercesión de la Virgen, Madre de Dios, y del bienaventurado José, consolides firmemente nuestras familias en tu paz y gracia. Por el mismo Señor.

COMUNION

Bajó Jesús con ellos, y fué a Nazaret, y estaba sujeto a ellos.

POSCOMUNION

A los que alimentas con estos celestes Sacramentos, hazlos, Señor, imitar siempre los ejemplos de tu santa Familia: para que en la hora de nuestra muerte, acompañados de la gloriosa Virgen, tu Madre, y del bienaventurado José, merezcamos ser recibidos por ti en las eternas moradas. Tú que vives y reinas.

DOMINGO INFRAOCTAVA DE EPIFANIA

MISA
INTROITO Vi sentarse en alto trono un varón al que adora la multitud de los Angeles, salmodiando a un tiempo: He aquí el nombre de Aquel cuyo imperio es eterno. Salmo: Tierra toda, canta jubilosa a Dios: servid al Señor con alegría. — J. Gloria al Padre.

La Iglesia suplica al Padre celestial en la Colecta, el poder participar de la luz de nuestro Sol divino, único que puede revelarnos el camino por el que debemos marchar, y le pide también que con su calor vivificante nos infunda las fuerzas para llegar hasta El.

ORACION

Suplicámoste, Señor, aceptes con celestial piedad los votos de este pueblo suplicante, para que vean lo que han de obrar, y puedan obrar lo que hayan visto. Por el Señor.

EPISTOLA

Lección de la Epístola del Apóstol S. Pablo a los Romanos. (XII, 1-5.)

Hermanos: Os suplico, por la misericordia de Dios, presentéis vuestros cuerpos como una hostia viva, santa, agradable a Dios, como vuestro racional obsequio. Y no os conforméis con este siglo, sino reformaos por la renovación de vuestro espíritu, para que experimentéis cuál sea la, buena y agradable y perfecta voluntad de Dios. Digo, pues, por la gracia que me ha sido dada, a todos los que están entre vosotros: No queráis saber más de lo que conviene saber, sino pensad de vosotros con sobriedad, conforme a la medida de la fe que Dios ha repartido a cada cual. Porque, del mismo modo que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero todos los miembros no tienen idéntica función, así en Cristo somos muchos un solo cuerpo, pero los unos son miembros de los otros: en Nuestro Señor Jesucristo.

Nos invita el Apóstol a hacer nuestra ofrenda al Dios recién nacido, a imitación de los Magos; pero el don qué desea el Dueño universal de todo, no es un don inerte y sin vida. Siendo El la vida, se nos ha entregado por completo; presentémosle en pago, nuestro corazón, como hostia viviente, santa, agradable a Dios, con una obediencia razonable a la gracia divina, es decir, una obediencia basada en la intención expresa de ofrecerse. A semejanza de los Magos que volvieron a su patria por otro camino, evitemos todo contacto con la ideas mundanas, que son contrarias a nuestro Rey divino. Cambiemos nuestra vana prudencia por la sabiduría divina del que, siendo la Sabiduría eterna del Padre, puede también ser sin duda la nuestra. Entendamos que nadie fué nunca verdaderamente sabio sin la fe, la cual nos revela el amor que debe unirnos a todos para no formar más que un solo cuerpo en Jesucristo, participando de su vida, de su sabiduría, de su luz y de su realeza.

En los cantos siguientes, la Iglesia continúa celebrando el inefable prodigio del Dios con nosotros, la paz y la justicia bajadas del cielo sobre nuestros humildes collados.

GRADUAL

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que hace solo grandes maravillas eternamente. •— J. Los montes llevarán paz a tu pueblo, y los collados justicia.

ALELUYA

Aleluya, aleluya. — Y.- Tierra toda, canta jubilosa a Dios: servid al Señor con alegría. Aleluya.
Evangelio Cum factus esset Jesús, de la fiesta de la Sagrada Familia.

Al Ofertorio continúa la Iglesia entonando cánticos de alegría inspirados por la presencia del divino Niño.
OFERTORIO

Tierra toda, canta jubilosa a Dios: servid al Señor con alegría, presentáos ante El con regocijo: porque el Señor es el mismo Dios.

SECRETA

Haz, Señor, que este sacrificio, a ti ofrecido, nos vivifique siempre, y nos defienda. Por el Señor. Al distribuir el Pan de vida bajado del cielo, la Iglesia repite las palabras de María a su divino Hijo: ¿Qué nos has hecho? Tu Padre y yo te buscábamos. El buen Pastor, que alimenta a sus ovejas con su propia carne, responde diciendo, que se debe a la voluntad de su Padre celestial. Ha venido para ser nuestra vida, nuestra luz, nuestro alimento; he ahí la razón de que lo abandone todo para darse a nosotros. Los doctores del templo no hicieron más que verle y oírle; mas a nosotros nos es dado poseerle y gozar de su dulzura en este pan vivo.

COMUNION

Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? He aquí que tu padre y yo te hemos buscado con dolor. Y, ¿por qué me buscábais? ¿No sabíais que me conviene atender a las cosas de mi Padre?
La Santa Iglesia que acaba de ver a sus hijos reanimados por un manjar de tan alto valor, pide para ellos la gracia de ser siempre agradables a quien les da pruebas de amor tan grande.
POSCOMUNION
Rogámoste humildemente, oh Dios omnipotente, hagas que, los que alimentas con tus Sacramentos, te sirvan alegremente con sus buenas costumbres. Por el Señor.


viernes, 5 de enero de 2018

6 de Enero EPIFANÍA DEL SEÑOR Dom Próspero Gueranguer


NOMBRE DE LA FIESTA. — La fiesta de Epifanía es continuación del misterio de Navidad; pero se presenta en el ciclo litúrgico con una grandeza. Su nombre, que significa Manifestación, indica bien claramente que su objeto es honrar la aparición de un Dios en medio de los hombres.

 Efectivamente, durante muchos siglos se dedicó este día a la celebración del Nacimiento del Salvador; y cuando los decretos de la Santa Sede obligaron a todas las Iglesias a celebrar en lo sucesivo con Roma, el misterio de Navidad el día 25 de diciembre, el 6 de enero no quedó del todo privado de su antigua gloria. Conservó el nombre de Epifanía con el glorioso recuerdo del Bautismo de Jesucristo, cuyo aniversario fija una tradición en este día.

La Iglesia griega da a esta fiesta el misterioso y venerable nombre de Teofanía, nombre célebre en la antigüedad para significar una Aparición divina. Se halla este vocablo en Eusebio, en San Gregorio de Nacianzo, en San Isidoro de Pelusa; es el nombre propio de esta fiesta en los libros litúrgicos de la Iglesia griega.

Los Orientales la llaman aún las Santas Luces, a causa del Bautismo que se administraba antiguamente en este día, en memoria del Bautismo de Jesucristo en el Jordán. Es sabido que los Padres llamaban al Bautismo, Iluminación y a los que lo recibían, iluminados.

 Nosotros la llamamos familiarmente, Fiesta de Reyes, en recuerdo de los Magos, cuya llegada a Belén se conmemora de un modo particular en este día.

La Epifanía participa con las fiestas de Navidad, Pascua, la Ascensión y Pentecostés del honor de ser calificada de día santísimo, en el canon de la Misa; se la considera como una de las fiestas cardinales, es decir, una de las fiestas sobre las que descansa la economía del Año litúrgico. De ella toma su nombre una serie de seis Domingos, lo mismo que otras toman el título de Domingos de Pascua o Domingos de Pentecostés.

A consecuencia del Concordato hecho en 1801 entre Pío VII y el Gobierno francés, el legado Caprara, llegó a una reducción de fiestas, y la piedad de los fieles vió con gran pena suprimidas muchas de ellas. Fueron numerosas las que, sin ser suprimidas, se trasladaron al Domingo siguiente. Epifanía fué una de ellas, de manera que cuando el 6 de enero no cae en Domingo, nuestras Iglesias (el autor habla de Francia) aplazan hasta el próximo domingo el esplendor de un día tan celebrado en todo el mundo católico. Esperemos que luzcan días mejores para nuestra Iglesia, y que un futuro más afortunado nos devuelva el gozo de que nos privó durante un tiempo la prudente condescendencia de la Santa Sede.

Es, pues, un gran día la fiesta de la Epifanía del Señor; la alegría causada por la Natividad del Niño Dios, debe seguir aumentando en esta fiesta. En efecto, los nuevos destellos de Navidad nos muestran con un nuevo esplendor; la gloria del Verbo Encarnado; y sin hacernos perder de vista los inefables encantos del divino Niño, manifiestan en todo el brillo de su divinidad, al Salvador que amorosamente se nos ha mostrado. Los pastores no son los únicos llamados por • los Angeles a reconocer al VERBO HECHO CARNE; también el género humano, y la naturaleza entera son invitados por la misma voz de Dios a adorarle y escucharle.

MISTERIOS DE ESTA FIESTA. — Ahora bien, en medio de los misterios de su divina Epifanía, tres rayos del Sol de justicia descienden hasta nosotros. En el ciclo de la Roma pagana, este día, 6 de enero, estuvo dedicado a celebrar el triple triunfo de Augusto, autor y pacificador del Imperio; pero cuando nuestro Rey pacífico cuyo imperio es eterno y no tiene límites, decidió la victoria de su Iglesia por medio de la sangre de sus mártires, la Iglesia juzgó con la divina Sabiduría que la asiste, que un triple triunfo del Emperador inmortal, debía sustituir en el nuevo ciclo, a las tres victorias del hijo adoptivo de César. Así pues, la memoria del Nacimiento del Hijo de Dios quedó asignada al día 25 de diciembre; pero, en cambio, en la fiesta de Epifanía vinieron a juntarse tres manifestaciones de la gloria de Cristo: el misterio de los Magos venidos de Oriente, guiados por la estrella, para honrar la realeza divina del Niño de Belén; el misterio del Bautismo de Cristo, proclamado Hijo de Dios en las aguas del Jordán, por la voz del mismo Padre celestial; y, por fin, el misterio del divino poder de Cristo, que convirtió el agua en vino en el banquete simbólico de las bodas de Caná.

¿Es también el aniversario de su realización, el día dedicado a la memoria de estos tres prodigios? Es cuestión debatida. Pero, bástales a los hijos de la Iglesia el que ella haya fijado en el día de hoy la conmemoración de estas tres manifestaciones para que sus corazones celebren con entusiasmo los triunfos del Hijo divino de María.

Si pasamos ahora a considerar en particular las varias facetas que ofrece el objeto de esta fiesta, observaremos al instante que, de los tres misterios que honra la Iglesia en este día, la adoración de los Magos es el subrayado con mayor complacencia. La mayoría de los cantos del Oficio y de la Misa están destinados a celebrarlo, y los dos grandes Doctores de la Sede Apostólica, San León y San Gregorio, en sus Homilías sobre esta fiesta, parece que han querido insistir únicamente en ese punto, aunque no dejen de reconocer con San Agustín, San Paulino de Ñola, San Máximo de Turín, San Pedro Crisólogo, San Hilario de Arlés y San Isidoro de Sevilla, el triple misterio de Epifanía. El motivo de esta preferencia de la Iglesia Romana por el misterio de la vocación de los Gentiles, se funda en que es sumamente glorioso para Roma, la cual, de cabeza de la gentilidad, había pasado a ser Cabeza de la Iglesia cristiana y de 1a. humanidad, gracias a la celestial vocación que hoy, y en la persona de los Magos, llama a todos los pueblos a la admirable luz de la fe.

La Iglesia griega no hace hoy mención especial de la adoración de los Magos, sino que une este misterio al del Nacimiento del Salvador en sus Oficios de Navidad. Todas sus alabanzas, en la fiesta de hoy, tienen por objeto único el Bautismo de Jesucristo. La Iglesia latina celebra el segundo misterio de la Epifanía junto con los dos restantes, el 6 de enero. En el Oficio de hoy se le menciona con frecuencia; pero, lo que más llama la atención de la Roma cristiana es la llegada de los Magos ante la cuna del nuevo Rey; por eso, era necesario dedicar otro día al misterio de la santificación de las aguas, para que fuese su memoria dignamente honrada. El día escogido por la Iglesia de Occidente para honrar de un modo especial el Bautismo del Salvador, fué la Octava de Epifanía.

Lo mismo ocurrió con el tercer misterio de Epifanía, un tanto eclipsado por el esplendor del primero, aunque recordado repetidas veces en los cantos de esta fiesta; su celebración particular, fué trasladada a otro día, es decir al segundo domingo después de Epifanía.

Muchas Iglesias asociaron al misterio de la; conversión del agua en vino, el de la multiplicación de los panes, que tiene muchas analogías con el primero, y en el que el Salvador manifestó también su poder divino; pero la Iglesia Romana, aunque toleró esa costumbre en los ritos Ambrosiano y Mozárabe, no lo admitió nunca en el suyo, con el fin de conservar el día 6 de enero, el número de tres que debe señalar en el ciclo los triunfos de Cristo; y también porque San Juan nos enseña en su Evangelio que el milagro de la multiplicación de los panes se realizó en la proximidad de la Pascua, lo que de ningún modo podría convenir a la época del año en que se celebra la Epifanía. Démonos, pues, de lleno al regocijo en tan bello día, y en esta fiesta de la Teofanía, de las santas Luces, de los Reyes Magos, consideremos con amor el brillo deslumbrante de nuestro Sol divino que sube con pasos de gigante, como dice el Salmista (Salmo XVIII), y que derrama sobre nosotros sus oleadas de luz, dulce y esplendorosa. Los pastores que acudieron a la voz del Angel han visto ya reforzado su fiel grupito; el príncipe de los Mártires, el Discípulo amado, la virginal cohorte de los Inocentes, el glorioso Santo Tomás, San Silvestre, el patriarca de la paz, no son ya los únicos en velar ante la cuna del Emmanuel; sus filas se abren ahora para dar paso a los Reyes de Oriente, portadores de los votos y adoraciones de toda la humanidad. El humilde establo es ya estrecho para tan gran concurrencia; Belén aparece amplio como el universo. María, trono de la divina Sabiduría, acoge con su graciosa sonrisa de Madre y Reina a todos los miembros de esta corte; presenta a su Hijo a la adoración de la tierra y a las complacencias del cielo. Dios se manifiesta a los hombres porque es grande; mas se manifiesta por medio de María porque es misericordiosa.

RECUERDOS HISTÓRICOS. — En los primeros siglos de la Iglesia, hallamos dos notables sucesos ocurridos en esta fecha memorable que nos reúne al rededor del Rey pacífico. El 6 de enero de 361, el César Juliano, apóstata ya en su corazón, se encontraba en Viena de las Galias, la víspera de subir al trono imperial que pronto iba a dejar vacante la muerte de Constancio. Necesitaba todavía del apoyo de aquella Iglesia cristiana, en la que se decía, había incluso recibido el grado de Lector, y a la que a pesar de todo se disponía a atacar con la astucia y ferocidad del tigre. Nuevo Herodes, astuto como el antiguo, quiso también en este día de Epifanía acudir a adorar al Rey recién nacido. Según el relato de su panegirista Amiano Marcelino, se vió al coronado filósofo salir del impío santuario donde consultaba secretamente a los arúspices, y entrar luego en los pórticos de la Iglesia, y en medio de la asamblea de los .fieles ofrecer al Dios de los cristianos un homenaje tan solemne como sacrílego.

Once años más tarde, en 372, otro emperador penetraba también en la Iglesia, en esta misma fiesta de Epifanía. Era Valente, cristiano por el bautismo como Juliano, pero perseguidor, en nombre del arrianismo, de aquella misma Iglesia que Juliano atacaba en nombre de sus dioses impotentes y de su vana filosofía. La evangélica libertad de un santo Obispo derribó a Valente a los pies de Cristo Rey, el mismo día en que la diplomacia había obligado a Juliano a inclinarse ante la divinidad del Galileo.
Acababa de salir San Basilio de su célebre entrevista con el prefecto Modesto, en la cual había logrado salir vencedor de la violencia del mundo, gracias a la libertad de su temple de Obispo. Llega Valente a Cesarea, rebosando impiedad arriana su corazón y se dirige a la basílica donde el Pontífice está celebrando con su pueblo la gloriosa Teofanía. "Pero, como dice elocuentemente San Gregorio Nacianceno, apenas hubo pasado el emperador el umbral del sagrado recinto, cuando el canto de los salmos resonó en sus oídos como un trueno. Contempla con estremecimiento a la muchedumbre de los fieles semejantes a un mar. El orden y la belleza del santuario brillan a su vista con una majestad más angélica que humana. Pero lo que mayor impresión le causa, es aquel Arzobispo, de pie en presencia de su pueblo, con -el cuerpo, los ojos y el alma tan serenos como si nada hubiera pasado, entregado por entero a Dios y al altar. Valente contempla también a los ministros sagrados, inmóviles en su recogimiento, invadidos por el santo respeto de los Misterios. Nunca había asistido el Emperador a un espectáculo tan augusto; su vista se nubla, se le inclina la cabeza y su alma se halla embargada de admiración y espanto."

El Rey de los siglos, Hijo de Dios e Hijo de María, había vencido. Valente observa que se desvanecen sus proyectos de violencia contra el santo Obispo; y si en aquel momento no adoró, al Verbo consusbtancial al Padre, al menos unió su homenaje externo al de la grey de Basilio. Al Ofertorio, se adelantó hacia el altar y presentó sus dones a Cristo en la persona de su Pontífice. Y estaba tan visiblemente nervioso ante el temor de que Basilio no los quisiese aceptar, que los ministros del templo tuvieron que sostenerle con sus brazos para que, en su azoramiento, no cayera al pie mismo del altar.

De este modo fué honrada en esta gran solemnidad la Realeza del Salvador recién nacido por los poderosos de este mundo a quienes se vió, conforme a la profecía del salmo, derribados y lamiendo la tierra a sus pies. (Salmo LXXI.)

No obstante, debían venir nuevas generaciones de emperadores y reyes que doblarían su rodilla y ofrecerían a Cristo Rey el homenaje de un corazón rendido y ortodoxo. Teodosio, Carlomagno, Alfredo el Grande, Esteban de Hungría, Eduardo el Confesor, Enrique II el Emperador, Fernando de Castilla, Luis IX de Francia fueron grandes devotos de este día; y tuvieron a gala presentarse con los Reyes Magos a los pies del divino Niño, para ofrecerle como ellos sus tesoros.

En la corte de Francia (según testimonio del continuador de Guillermo de Nangis) se conservó hasta el año 1378 y más adelante, la costumbre de que el Rey cristianísimo, al llegar el ofertorio, ofreciese como tributo al Emmanuel, oro, incienso y mirra.

COSTUMBRES. — Mas la presentación de los tres místicos dones de los Magos no era costumbre exclusiva de la corte de los reyes; en la edad media la piedad de los fieles ofrecía también al sacerdote para que los bendijese en la fiesta de Epifanía, oro, incienso y mirra, conservándose en honor de los tres Reyes estas señales sensibles de su devoción para con el Hijo de María como prenda de bendición para las casas y familias. En algunas diócesis de Alemania se ha conservado esta costumbre.

Otra práctica inspirada también en la ingenua piedad de los tiempos de fe, ha subsistido durante más tiempo. Con el fin de honrar la realeza de los Magos llegados de Oriente para ver al Niño de Belén, se elegía un Rey a suertes en cada familia, al llegar esta fiesta de Epifanía. En un banquete animado de la más sana alegría y que recordaba el de las bodas de Galilea, se partía un pastel; una de sus partes servía para señalar al invitado sobre el que debía recaer la pasajera realeza. Las otras dos partes del pastel eran separadas para ofrecérselas al Niño Jesús y a María, en la persona de los pobres, los cuales de esta manera participaban también del triunfo del Rey pobre y humilde. Una vez más las alegrías familiares se mezclaban con las religiosas; los lazos naturales, de la amistad del vecindario, se estrechaban en torno a esta mesa de los Reyes; mas si algunas veces no se celebraba tal festín, con todo eso, la idea cristiana, permanecía viva en el fondo de los corazones.

Dichosas aún hoy las familias en cuyo seno se celebra la fiesta de Reyes con un sentido cristiano. Durante mucho tiempo, un falso celo clamó contra estas prácticas ingenuas en las que la seriedad de los pensamientos de la fe, iba unida a las expansiones de la vida doméstica; bajo pretexto de peligro de excesos se atacó a estas tradiciones de familia, como si los banquetes ajenos a toda idea religiosa estuvieran más libres de intemperancias. Merced a un descubrimiento, difícil tal vez de justificar, se llegó a pretender que el pastel de Epifanía y la inocente realeza que le acompaña, no eran más que una imitación de las Saturnales paganas, como si fuera la primera vez que las antiguas fiestas paganas sufrían una transformación cristiana. El resultado de esta imprudente táctica debía ser y fué en este punto, lo mismo que en otros muchos, el alejar de la Iglesia las costumbres familiares el desterrar de nuestras tradiciones las manifestaciones religiosas, y el contribuir a la llamada secularización de la sociedad.

Mas, volvamos ya a contemplar el triunfo del Real Niño, cuya gloria brilla en este día con tanto esplendor. La Santa Iglesia va a iniciarnos por sí misma en los misterios que vamos a celebrar. Revistámonos de la fe y de la obediencia de los Magos; adoremos con el Precursor al Divino Cordero sobre el cual se abren los cielos; tomemos asiento .en el místico convite de Caná, presidido por nuestro Rey, tres veces manifestado, y tres veces glorioso. Mas, no perdamos de vista al Niño de Belén en los dos últimos prodigios; y no dejemos tampoco de ver en El al gran Dios del Jordán, y al Señor de los elementos.

MISA

En Roma, la Estación se celebra en San Pedro del Vaticano, junto a la tumba del Príncipe de los Apóstoles, a quien fueron dadas en Cristo y en herencia, todas las naciones de la tierra. La Iglesia comienza los cantos de la Misa solemne proclamando la llegada del gran Rey esperado por la tierra, y sobre cuyo nacimiento vinieron los Magos a Jerusalén a consultar los oráculos de los Profetas.

INTROITO

Aquí viene el Señor Dominador: y en su mano están el reino y la potestad, y el imperio. Salmo: Oh Dios, da tu juicio al Rey: y tu justicia al Hijo del Rey. — J. Gloria al Padre. Después del cántico angélico, la Santa Iglesia, animada por el resplandor de la estrella que conduce a la Gentilidad a la cuna del Divino Rey, pide en la Colecta, la gracia de contemplar aquella luz viviente, a la que dispone la fe, y cuyos destellos nos han de iluminar eternamente,

ORACION

Oh Dios, que por medio de una estrella, revelaste en este día tu Unigénito a las gentes: haz propicio que, los que ya te hemos conocido por la fe, seamos elevados hasta la contemplación de la imagen de tu alteza. Por el mismo Señor.

EPISTOLA

Lección del Profeta Isaías. (LX, 1-6.) Levántate, ilumínate, Jerusalén: porque ha llegado tu luz, y la gloria del Señor ha nacido sobre ti. Porque he aquí que las tinieblas cubrirán la tierra, y la oscuridad los pueblos: mas, sobre ti nacerá el Señor, y su gloria será vista en ti. Y caminarán las gentes en tu luz, y los reyes al resplandor de tu astro. Alza tus ojos en torno, y mira: todos estos se han reunido, han venido a ti: tus hijos vendrán de lejos, y tus hijas surgirán de todas partes. Entonces verás y brillarás y se admirará y se dilatará tu corazón, cuando se hubiere vuelto a ti la multitud del mar y hubiere acudido a ti la fortaleza de las gentes. Te cubrirá una inundación de camellos y dromedarios de Madián y Efa: vendrán todos los de Sabá, trayendo oro e incienso, y tributando alabanza al Señor.
¡Oh inefable gloria de este gran día, en el cual comienzan su marcha las naciones hacia la verdadera Jerusalén, hacia la Iglesia! ¡Oh misericordia del Padre celestial que ha tenido a bien acordarse de todos esos pueblos sepultados en las sombras de la muerte y del pecado! He ahí que ha surgido la gloria del Señor sobre la ciudad santa, y los Reyes se ponen en camino para contemplarla. La angostura de Jerusalén no es capaz ya de albergar las oleadas de naciones; pero otra santa ciudad se ha levantado; y hacia ella se va a dirigir esa inundación de pueblos gentiles de Madián y de Efa. ¡Oh Roma, ensancha tu seno, con maternal alegría! Tus armas te habían conquistado esclavos; hoy son hijos los que llegan en tropel a tus puertas; levanta la vista y mira: todo es tuyo; toda la humanidad va a renacer en tu seno. Abre tus brazos de madre; acógenos a todos los que venimos del Aquilón y del Mediodía, llevando el incienso y el oro a Aquel que es Rey tuyo y nuestro.

GRADUAL

Vendrán todos los de Sabá, trayendo oro e incienso, y - tributando alabanzas al Señor. — J. Levántate e ilumínate, Jerusalén: porque la gloria del Señor ha nacido sobre ti.

ALELUYA

Aleluya, aleluya. —- J. Vimos su estrella en Oriente, y venimos con dones a adorar al Señor. Aleluya.
 
EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Mateo. (II, 1-12.) Habiendo nacido Jesús en Belén de Judá, en los días del Rey Herodes, he aquí que unos Magos vinieron del Oriente a Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos, que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en Oriente, y venimos a adorarle. Y, oyendo esto el rey Herodes, se turbó y toda Jerusalén con él. Y, convocando a todos los príncipes de los sacerdotes, y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Y ellos le dijeron: En Belén de Judá: porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá: porque de ti saldrá el Caudillo que regirá á mi pueblo Israel. Entonces Herodes, llamando en secreto a los Magos, se enteró bien por ellos de la aparición de la estrella: y, enviándolos a Belén, dijo: Id, y preguntad con diligencia por el Niño; y, después que le halléis,, decídmelo a mí, para que, yendo yo también le adore. Y ellos, habiendo oído al rey se fueron. Y he aquí que la estrella, que habían visto en Oriente, los precedía hasta que, llegando, se paró sobre donde estaba el Niño. Y, al ver la estrella, se regocijaron con grande gozo. Y, entrando en la casa, encontraron al Niño con su Madre María (aquí se arrodilla) : y, postrándose le adoraron. Y, abriendo sus tesoros, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños, para que no tornasen a Herodes, regresaron a su patria por otro camino.

Los Magos, primicias de la gentilidad, han sido presentados al gran Rey a quien buscaban, y nosotros los hemos seguido. Como a ellos, el Niño nos ha sonreído. Con esa sonrisa hemos olvidado todas las fatigas del largo camino que conduce a Dios; el Emmanuel permanece con nosotros, y nosotros con El. Belén que nos ha recibido, nos guarda ya para siempre; porque en Belén tenemos al Niño y a María SM Madre. ¿En qué lugar del mundo podríamos hallar bienes tan preciosos? Supliquemos a la incomparable Madre que nos presente Ella misma a ese Hijo que es nuestra luz, nuestro amor, nuestro Pan de vida, cuando nos acerquemos al altar a donde nos dirige la estrella de la fe. Abramos nuestros tesoros en ese instante; llevemos en la mano el oro, el incienso y la mirra para el recién nacido. Seguramente que aceptará de buen grado nuestros dones, y no se hará esperar. Como los Magos, también nosotros entregaremos nuestros corazones al divino Rey, cuando nos retiremos; y también nosotros volveremos a entrar por otro camino, por una senda completamente nueva, en esta patria terrena, que nos albergará hasta el día, en que la vida y la luz eterna vengan a absorber en nosotros todo lo que tengamos de mortal y caduco.

En las Iglesias catedrales y otras de importancia, después del canto del Evangelio, se anuncia al pueblo el día de la celebración de la próxima fiesta de Pascua. Esta costumbre, que remonta a los primeros siglos de la Iglesia, nos recuerda el misterioso lazo que une a todas las grandes solemnidades del Año litúrgico y también la importancia que los fieles deben dar a la celebración de la fiesta de Pascua, que es la mayor de todas ellas y centro de la religión cristiana. Quédanos después de haber honrado al Rey de las naciones en Epifanía, honrar a su debido tiempo, al triunfador de la muerte. He aquí cómo se hace el solemne anuncio:

ANUNCIO DE LA PASCUA

Sabed, carísimos hermanos, que como por la misericordia de Dios, hemos saboreado las alegrías del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, así os anunciamos hoy el próximo gozo de la Resurrección de este mismo Dios y Salvador nuestro. El día... será Domingo de Septuagésima. El día... será el miércoles de Ceniza y el comienzo del ayuno de la santa Cuaresma. El día... celebraremos con entusiasmo la santa Pascua de Nuestro Señor Jesucristo. El segundo domingo después de Pascua tendremos el Sínodo diocesano. El día... se celebrará la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo. El día... la ñesta de Pentecostés. El día... la ñesta de Corpus Christi. El día... será el primer Domingo del Adviento de Nuestro Señor Jesucristo, a quien sea dado honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Al presentar a Dios en el Ofertorio los dones del pan y vino, la Santa Iglesia toma las palabras del Salmista y celebra a los Reyes de Tarsis, de Arabia y de Sabá, a todos los reyes de la tierra y a todos los pueblos que acuden con sus presentes ante el recién nacido.

OFERTORIO

Los reyes de Tarsis y de las islas ofrecerán dones: los reyes de Arabia y de Sabá llevarán presentes: y le adorarán todos los reyes de la tierra: todas las gentes le servirán.

SECRETA

Suplicámoste, Señor, mires propicios los dones de tu Iglesia, en los cuales se te ofrece, no oro, incienso y mirra, sino lo que con dichos dones se declara, se inmola y se consume: Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive. « El Prefacio de la Misa de Epifanía es propio de esta fiesta y de su Octava. La Iglesia canta en él la luz inmortal que aparece a través de los velos de la humanidad, bajo cuya envoltura amorosa ocultó su gloria el Verbo divino.

PREFACIO

Realmente es algo digno y justo, equitativo y saludable que, siempre y en todas partes, te demos gracias a ti, Señor santo, Padre omnipotente, eterno Dios: porque cuando tu Unigénito apareció en la sustancia de nuestra mortalidad, nos reparó con la nueva luz de su inmortalidad. Y, por eso, con los Angeles y los Arcángeles, con los Tronos y las Dominaciones, y con toda la milicia del ejército celeste, cantamos el himno de tu gloria, diciendo sin cesar: ¡Santo, Santo, Santo!

En la Comunión, la Santa Iglesia unida a su Rey y Esposo, canta a la Estrella, mensajera de tan gran dicha, felicitándose de haberse servido de su luz para hallar a quien buscaba.

COMUNION

Vimos su estrella en Oriente, y venimos con dones a adorar al Señor. Gracias tan insignes exigen de nosotros una extrema fidelidad; la Iglesia la pide en Poscumunión, implorando el don de inteligencia y la pureza que reclama un misterio tan inefable.

POSCOMUNION

Suplicámoste, oh Dios omnipotente, hagas que, lo que celebramos con solemne culto, lo consigamos con pura inteligencia. Por el Señor.
También nosotros venimos a adorarte, oh Cristo, en esta regia Epifanía que reúne hoy a tus pies a todas las naciones. Nosotros seguimos la huella de los Magos; porque hemos visto también la estrella y hemos acudido. ¡Gloria a ti, Rey nuestro!, a ti que dices en el Cántico de tu abuelo David: "He sido entronizado Rey sobre Sión, sobre el monte santo, para anunciar la ley del Señor. El Señor me dijo que me daría los pueblos por herencia, y un Imperio hasta los confines de la tierra. Comprended, pues, ahora ¡oh reyes! ¡Enteraos los que gobernáis el mundo"! (Salmo II.)

Pronto dirás, oh Emmanuel por tu propia boca: "Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra" (San Mateo XXVIII); y algunos años más tarde, todo el universo te estará sujeto. Jerusalén se estremece ya; tiembla en su trono Herodes; y se acerca el momento en que los heraldos de tu venida, van a anunciar a toda la tierra, que acaba de llegar el que era esperado. La palabra que ha de someterte al mundo está ya para salir; como un vasto incendio se propagará por todas partes. En vano tratarán de detener su curso los poderosos de la tierra. Un Emperador, propondrá al Senado, como último recurso, colocarte con toda solemnidad entre los dioses que vienes a derribar; otros pensarán que es posible abatir tu dominio, asesinando a tus soldados. ¡Inútiles empeños! Día vendrá en que la señal de tu poderío adornará las banderas pretorianas, en que los Emperadores vencidos pondrán a tus pies sus diademas, en que la orgullosa Roma dejará de ser la capital del imperio de la fuerza, para convertirse para siempre en el centro de tu imperio pacífico y universal.

Hoy vemos ya despuntar la aurora de este día maravilloso; tus conquistas comienzan hoy; ¡oh Rey de los siglos! Desde el fondo del Oriente descreído llamas a las primicias de esa gentilidad que tenías abandonada, y que en adelante va a formar parte de tu herencia. No habrá ya distinción entre el judío y el griego, entre el Escita y el bárbaro. Durante muchos siglos, la raza de Abrahán fué tu predilecta; en adelante lo seremos nosotros, los Gentiles; Israel fué sólo un pueblo, y nosotros en cambio somos numerosos como la arena del mar y como las estrellas del cielo. Israel vivió bajo la ley del temor; la ley del amor fué reservada para nosotros.

Desde el presente día comienzas, oh divino Rey, a desechar a la Sinagoga que desprecia tu amor; hoy, en la persona de los Magos aceptas como Esposa a la Gentilidad. Pronto esta unión será proclamada en la cruz, desde la cual ex tenderás los brazos hacia la multitud de los pueblos, volviendo la espalda a la ingrata Jerusalén. ¡Oh alegría inefable la de tu Nacimiento, pero más inefable aún la de tu Epifanía, en la que nos es dado, a nosotros los hasta aquí desheredados, acercarnos a ti y ofrecerte nuestros dones, viéndolos aceptados, oh Emmanuel, por tu clemencia!

¡Gracias sean, pues, dadas a ti, oh Niño omnipotente, "por el inefable don de la fe" (II Cor., IX, 15) que nos traslada de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz! Mas, haz que comprendamos siempre la magnitud de tan magnífico presente, y la santidad de este gran día en que has hecho alianza con toda la raza humana, para llegar con ella a ese sublime matrimonio de que habla tu elocuente Vicario, Inocencio III: "matrimonio, dice, que fué prometido al patriarca Abrahán, jurado al rey David, realizado en María al hacerse Madre, y en el día de hoy, consumado, confirmado y publicado: consumado en la adoración de los Magos, confirmado en el Bautismo del Jordán, y publicado en el milagro de la conversión del agua en vino." En esta fiesta nupcial, en que tu Esposa la Iglesia a penas nacida, recibe ya los honores de Reina, cantaremos, oh Cristo, con el entusiasmo de nuestros corazones, esa sublime Antífona de Laudes, en donde los tres misterios se funden tan maravillosamente en uno solo, el de tu Alianza con nosotros:


Ant. Hoy se une la Iglesia al celestial Esposo: son lavados sus pecados por Cristo en el Jordán; acuden los Magos a las regias bodas, llevando consigo presentes; se cambia el agua en vino y se alegran los convidados. Aleluya.

jueves, 4 de enero de 2018

5 de enero LA VIGILIA DE EPIFANIA Dom Próspero Gueranguer


Ha terminado la fiesta de Navidad; han concluido las cuatro Octavas; estamos ya ante la solemnidad de la Epifanía del Salvador. Sólo un día nos queda para prepararnos a la plena Manifestación que del misterio de su gloria nos ha de hacer, el Angel del gran Consejo. Unas horas más y la estrella se detendrá, y los Magos llamarán a la puerta de la casa de Belén. Esta Vigilia no es de penitencia como la de Navidad. Ha llegado ya el Niño que esperábamos entonces con corazón compungido, y ansias de nuestra alma; lo tenemos entre nosotros, y ahora nos prepara nuevas gracias. Como los que le han precedido, este día víspera de la nueva fiesta, es un día de gozo. Por tanto, nada de ayunos en la Vigilia; la Santa Iglesia tampoco se reviste de ornamentos de duelo. Hoy luce los blancos colores, lo mismo que lo hará mañana. Este día es el duodécimo del Nacimiento del Salvador. Si la Vigilia de la Epifanía cae en Domingo, no es anticipada como las demás Vigilias, participando en esto del mismo privilegio que la de Navidad. Goza de todas las prerrogativas de los Domingos; la Misa es la del Domingo infraoctava de Navidad. Celebremos, pues, esta Vigilia en íntima alegría, preparando nuestras almas para recibir las gracias que le están reservadas*.

La Iglesia griega guarda hoy ayuno en memoria de la preparación al Bautismo, que en otros tiempos y sobre todo en el Oriente se administraba durante la noche anterior al día de la Epifanía. Todavía, en esta fiesta bendice con toda solemnidad las aguas bautismales; de esta ceremonia cuyos vestigios no han desaparecido aun completamente entre nosotros, hablaremos en otro lugar más detenidamente. La Santa Iglesia romana hace memoria en este día de uno de sus Papas Mártires, San Telesforo. Este Pontífice subió a la Sede Apostólica el año 127. Sufrió un glorioso martirio, según la expresión de San Ireneo, y fué coronado con la gloria celestial el año 138. El Líber Pontificalis indica que fué sepultado junto a San Pedro, en el Vaticano Nuestras últimas palabras en el Adviento, fueron las de la Esposa, en la profecía del Discípulo amado: ¡Ven, Señor Jesús, ven! Terminaremos la primera parte del Tiempo de Navidad con una frase de Isaías que la Santa Iglesia ha repetido en son de triunfo: ¡Un Niño nos ha nacido.' Los cielos han destilado su rocío, el justo ha bajado del cielo, la tierra ha engendrado al Salvador, EL VERBO SE HA HECHO CARNE, la Virgen ha dado a luz su fruto, al Emmanuel, es decir al Dios con nosotros. El Sol de justicia brilla ahora entre nosotros, las tinieblas han huido; ¡Gloria a Dios, en las alturas, en la tierra Paz a los hombres! Estos son los bienes que hemos alcanzado gracias a la humilde y gloriosa venida de este Niño. Adorémosle en su cuna; amémosle por tanto amor; preparemos los presentes que mañana hemos de ofrecerle con los Magos. La alegría de la Santa Iglesia continúa: los Angeles siguen admirados, la creación entera está rebosante de dicha: ¡Un Niño nos ha nacido!


*Esta Vigilia, única en su género en todo el Año litúrgico, es de rito semidoble; tiene primeras Vísperas y un Oficio de nueve Lecciones. Por otra parte, no se hace mención en ella del misterio de Epifanía. La Misa es la de la Octava de Navidad. El Evangelio y la Homilía nos habla de la vuelta de la Sagrada Familia a Galilea. En realidad no es pues, una Vigilia, en el sentido en que ordinariamente se toma esta palabra, sino una prolongación de la fiesta de Navidad, una especie de festiva transición a la solemnidad de Epifanía. Esta Vigilia sustituye también al Oficio del Domingo entre la Circuncisión y la Epifanía, y tiene todos sus privilegios.

miércoles, 3 de enero de 2018

4 de enero OCTAVA DE LOS SANTOS INOCENTES Dom Próspero Gueranguer


Hoy terminamos los ocho días dedicados a honrar la memoria de los bienaventurados Niños de Belén. Demos gracias a Dios, que nos los dió por intercesores y modelos. Su nombre no aparecerá ya en el ciclo hasta que vuelvan las fiestas del Nacimiento del Emmanuel: sea hoy, pues, para ellos nuestro último homenaje.

La Santa Iglesia que vistió color de duelo en el día de su fiesta, en consideración a los llantos de Raquel, vuelve a vestir en este día de la Octava, la púrpura de los Mártires, con la cual pretende honrar a los que tienen la gloria de ser sus primicias. Mas, no por eso deja la Iglesia de conmoverse ante el desconsuelo de las madres que vieron degollar en sus mismos brazos a los hijos que amamantaban.

En el Oficio de Maitines, lee este dramático trozo de un antiguo Sermón atribuido algún tiempo a San Agustín:

"En cuanto nace el Señor comienza el llanto, no en el cielo sino en la tierra. Lloran las madres, los Angeles triunfan, los niños son arrebatados. Un Dios ha nacido; necesita víctimas inocentes quien viene a condenar la malicia del mundo. Hay que sacrificar corderos, puesto que ha venido el Cordero que borrará los-pecados y será crucificado. Mas, las ovejas, sus madres, lanzan grandes balidos, porque pierden a sus corderitos antes de haberles oído balar. ¡Cruel martirio! Se desenvaina la espada y sin motivo; la envidia es la única causa, pero el recién nacido no hace violencia a nadie. "Consideremos ahora a las madres llorando a sus corderuelos. Una voz se ha oído en Ramá; llantos y alaridos; es que las arrebatan el tesoro que no sólo han recibido, sino engendrado. La naturaleza que se oponía a su martirio en la misma presencia del verdugo, manifestaba bien toda su fuerza. La madre mesaba y arrancaba los cabellos de su cabeza por haber perdido el ornato de sus hijos. ¡Cuántos esfuerzos por ocultarlos y ellos mismos se delataban! Como no habían aprendido todavía a temer, tampoco sabían contener su voz. Luchaban juntos la madre y el verdugo; el uno tiraba del niño, la otra le retenía. La madre gritaba al sayón: "¿Por qué quieres quitarme lo que de mí ha salido"?
"Mi seno le engendró: ¿En vano le di mi pecho? ¡Tantos cuidados como prodigué al que tu cruel brazo me sustrae con violencia! A penas ha salido de mis entrañas y ya me lo aplastan contra la tierra."

Otra madre a quien el soldado se negaba a inmolar junto con su hijo, exclamaba: "¿Por qué me quitan a mi hijo? Si se ha cometido algún crimen, yo debo ser la culpable; mátame también a mí y librarás a una pobre madre." Otra decía: "¿Qué buscáis? No queréis mas que uno y matáis a tantos, sin lograr dar con el único que buscáis." Y otra exclamaba: "¡Ven, oh Salvador del mundo! Tú no temes a nadie; véate el soldado y perdone la vida a nuestros hijos." De esta manera se mezclaban los lamentos de las madres, y subía hasta el cielo el sacrificio de sus hijos.

Algunos de los niños menores de dos años tan cruelmente sacrificados, pertenecían sin duda a los pastores de Belén que por mandato de los Angeles habían acudido a reconocer y adorar en la gruta al recién nacido. De esta suerte, estos primeros adoradores del Verbo Encarnado después de María y José, ofrecieron en sacrificio al Señor que les había elegido, lo que más querían. Conocían muy bien al Niño por cuya causa eran sus hijos inmolados, y estaban santamente orgullosos de la nueva distinción de que eran objeto en medio de su pueblo.

Con todo eso, Herodes, como todos los políticos que combaten a Cristo y a su Iglesia, había fracasado en sus proyectos. Su criminal edicto comprendía a Belén y a todos sus alrededores y a todos los niños de la región, menores de dos años; mas, a pesar de esta atroz medida, el Niño tan solícitamente buscado, escapaba a la espada y huía a Egipto: por tanto, el golpe había fallado como de ordinario; más aún, y contra la voluntad del tirano, la Iglesia de la tierra alcanzaría nuevos protectores, recibidos en triunfo en la Iglesia del cielo.

Aquel Rey de los Judíos recién nacido, perseguido por la envidia de Herodes, era un simple Niño sin ejércitos ni soldados; pero Herodes se estremecía ante El. Un instinto interior, le descubría como a todos los perseguidores de la Iglesia, que aquella aparente debilidad ocultaba una fuerza invencible; pero se engañaba como todos sus secuaces, al querer combatir con la espada contra el poder del Espíritu. El Niño de Belén no ha llegado todavía al extremo de su aparente debilidad: huye en presencia del tirano; día vendrá, cuando sea ya hombre, en que se expondrá a los golpes enemigos, en que se dejará atar a una infame cruz entre dos ladrones; pero entonces será precisamente cuando un gobernador romano proclame en una inscripción escrita por su propio puño: Este es el Rey de los Judíos. De una manera oficial, dará Pilatos a Cristo este título que hace palidecer a Herodes, y a pesar de las protestas de los enemigos del Salvador, exclamará: Lo que he escrito, escrito está. Jesús, en el árbol de la Cruz, unirá a su triunfo a uno de sus compañeros en el suplicio; hoy, llama desde su cuna a los niños a compartir su gloria.

Os dejamos ya, oh primicias de los Mártires, mas, seguid vosotros amparándonos: Velad por nosotros durante todo el curso de este Año litúrgico; interceded ante el Cordero de quien fuisteis fieles amigos. Bajo vuestra custodia colocamos los frutos que han producido nuestras almas en estos días de gracia.
Nos hemos hecho niños con Jesús; con El volvemos a comenzar nuestra vida: rogad para que crezcamos como El en edad y en sabiduría delante de Dios y de los hombres. Aseguradnos por vuestra intercesión la perseverancia; y para lograrlo, conservad en nosotros la sencillez cristiana que es la virtud de los hijos de Cristo: Vosotros sois inocentes, nosotros culpables; amadnos, no obstante eso, con amor de hermanos. Vuestras vidas fueron segadas en la aurora de la Ley de gracia; nosotros somos hijos de esos últimos tiempos en que el mundo envejecido ha dejado resfriarse la Caridad. Tended sobre nosotros vuestras palmas victoriosas, compadecéos de nuestras luchas; lograd que nuestro arrepentimiento obtenga cuanto antes una corona como la que os fué otorgada con tan soberana largueza.

¡Oh Niños Mártires! acordáos de las nuevas generaciones que pueblan hoy la tierra. En posesión de la gloria a que llegásteis antes de la edad madura, no olvidéis a los niños. Esos tiernos renuevos de la raza humana duermen también en la inocencia. En ellos la gracia bautismal está intacta; sus almas puras reflejan como un espejo la santidad del Dios que habita en ellas por su gracia. Desgraciadamente, terribles peligros amenazan a los nuevos retoños; muchos de ellos perderán su inocencia, sus blancas vestiduras dejarán pronto tal vez su inmaculado brillo. Se verán infectados por la corrupción del corazón y del espíritu; ¿quién podrá librarles de tan pernicioso influjo? La voz de las madres resuena todavía en Ramá: la Raquel cristiana llora aún a sus hijos Inmolados, y nada es capaz de consolarla de la pérdida de sus almas. ¡Víctimas inocentes de Cristo! rogad por los niños: alcanzad para ellos tiempos mejores, para que puedan en su día entrar en la vida, sin miedo a hallar la muerte desde sus primeros pasos.


martes, 2 de enero de 2018

3 de enero OCTAVA DE SAN JUAN, APOSTOL Y EVANGELISTA Dom Próspero Gueranguer


Hoy termina la Octava de San Juan: es el último tributo de homenaje que rendimos al Discípulo amado. El sagrado ciclo nos traerá toda vía su gloriosa memoria, el día seis de mayo, cuando celebremos en medio de las alegrías de la Resurrección de su Maestro, su valiente Confesión en Roma, ante la Puerta Latina; agradezcámosle hoy los dones que nos ha alcanzado de la misericordia del divino Niño, y recordemos algunos de los favores que recibió del Emmanuel.

EL APÓSTOL. — El Apostolado de Juan fué fecundo en obras de salvación, para los pueblos a los que fué enviado. Recibió de él el Evangelio la nación de los Partos, y por él fueron fundadas la mayor parte de las Iglesias del Asia Menor, el mismo Jesucristo eligió siete de entre ellas para representar en el sagrado Apocalipsis, las diversas clases de pastores, y tal vez, las siete épocas de la Iglesia, como muchos han pensado. No debemos olvidar que estas Iglesias del Asia Menor, imbuidas en la doctrina de San Juan, enviaron Apóstoles a las Gallas, siendo la Ilustre Iglesia de Lyon una de sus pacíficas conquistas. Pronto, también en el santo tiempo de Navidad, celebraremos al heroico Policarpo, obispo de Esmirna, discípulo de San Juan, y cuyo discípulo a su vez, fué el mismo San Potino, primer obispo de Lyon.

EL HIJO DE MARÍA. — Los trabajos apostólicos de San Juan no le distrajeron de los cuidados que su filial ternura y la recomendación del Salvador le imponían con respecto a la purísima María. Mientras Jesucristo lo consideró necesario para el afianzamiento de su Iglesia, tuvo San Juan el insigne honor de gozar de su compañía, de poder rodearla con sus demostraciones de ternura, hasta que, después de haber vivido en Efeso a su lado, volvió con Ella a Jerusalén, desde donde, como canta la Iglesia la Sma. Virgen, se elevó hasta el cielo desde el desierto de este mundo, semejante a una tenue nube de mirra e incienso. Juan sobrevivió todavía a esta segunda separación, y esperó en medio de los trabajos del apostolado el día en que a él también le sería dado escalar la afortunada región donde le esperaban el divino Amigo y su incomparable Madre.

EL DOCTOR. — Los Apóstoles, aquellas brillantes lumbreras puestas en el candelero por el mismo Cristo, se iban apagando poco a poco por la muerte del martirio; sólo él quedaba de pie en la Iglesia de Dios; las Iglesias recogían las palabras inspiradas de su boca, como regla de su fe; su profecía de Patmos demostraba que conocía bien los secretos del futuro de la Iglesia. En medio de tanta gloria, Juan permanecía sencillo y humilde como el Niño de Belén; y uno se siente enternecido ante el relato de los antiguos, que nos le muestran acariciando con dulzura a una avecilla posada en sus sagradas manos.

Este anciano que en sus años juveniles habla descansado sobre el pecho de Aquel cuyas delicias son el estar con los hijos de los hombres; él, el único de los Apóstoles que le había seguido hasta la Cruz, y que había visto traspasar con la lanza aquel corazón que tanto amó al mundo, gustaba sobre todo hablar del amor fraterno. Su misericordia para con los pecadores era digna del amigo del Redentor, y es conocida aquella evangélica persecución que llevó a cabo contra un joven, a quien había amado con amor de padre, y que, en ausencia del santo Apóstol, se habla entregado a toda clase de desórdenes. A pesar de su ancianidad, Juan le siguió hasta los montes, trayéndole de nuevo arrepentido al redil.

Mas, el hombre de tan insigne caridad, era inflexible contra la herejía la cual destruyendo la fe, destruye la caridad en su misma fuente. De él tomó la Iglesia su máxima de huir del hereje como de un apestado: No le saludéis siquiera, escribe el amigo de Cristo en su segunda Epístola; porque él que le saluda, comulga con sus perversas obras. Habiendo entrado cierto día en un baño público, supo que allí se hallaba el heresiarca Cerinto, y salió inmediatamente como de un lugar maldito. Por eso, los discípulos de Cerinto trataron de envenenarle con una copa que estaba a su uso; pero, al hacer el santo Apóstol la señal de la Cruz sobre la bebida, salió de allí una serpiente, lo cual puso de manifiesto la maldad de los sectarios y la santidad del discípulo de Cristo. Esta apostólica energía en la guarda del tesoro de la fe, le hizo temible a los herejes del Asia, justificando su profético apellido de Hijo del trueno que el mismo Salvador le habla dado, lo mismo que a su hermano Santiago el Mayor, el Apóstol de España.

En recuerdo de este milagro que acabamos de contar, la tradición de los artistas católicos, dió al santo como emblema un cáliz, del cual sale una serpiente, y en muchas regiones de la cristiandad, sobre todo en Alemania, el día de la fiesta de este Apóstol, se bendice solemnemente el vino con una oración que recuerda este episodio. Es también costumbre en esas tierras, beber al fin de la comida una copa, llamada la copa de San Juan, como para poner bajo su amparo la refección tomada.

Nos falta lugar para contar detalladamente otras tradiciones sobre el Apóstol: se puede consultar a la leyenda; nos limitaremos a decir algo sobre su muerte.

El trozo del Evangelio que se lee en la Misa de San Juan fué con frecuencia interpretado en el sentido de que el Discípulo amado no había de morir; mas, hay que reconocer que se puede explicar el texto sin necesidad de recurrir a esa interpretación. La Iglesia griega, cree en el privilegio de la exención de la muerte concedido a San Juan, y esta opinión de muchos Padres antiguos se halla reproducida en algunas Secuencias e Himnos de las Iglesias de Occidente. Se diría que también la Iglesia romana favorece ese sentimiento al escoger esas palabras para una de las Antífonas de los Laudes de la fiesta; pero, hay que reconocer que jamás se inclinó abiertamente por esa opinión, aunque tampoco la desaprobase. Por otra parte, en Efeso existió el sepulcro del santo Apóstol; los monumentos de la tradición hacen mención de él, así como del prodigio de un maravilloso maná que fluyó de allí durante varios siglos.

Con todo eso, no deja de sorprender que el cuerpo de este santo no haya sido objeto de ninguna traslación; ninguna iglesia se ha gloriado de poseerle; y por lo que se refiere a las reliquias particulares de este Apóstol, son muy escasas en la Iglesia y de una naturaleza muy poco definida. En Roma, cuando se piden reliquias de San Juan, sólo se logran algunas de su sepulcro. Después de todos estos datos, hay que reconocer que exite algún misterio en la desaparición total del cuerpo de un personaje tan querido por toda la Iglesia, en tanto que el cuerpo de todos sus demás compañeros en el Apostolado tienen su historia más o menos definida, disputándoselos muchas Iglesias, total o parcialmente. ¿Quiso el Salvador glorificar antes del día del juicio el cuerpo de su amigo? En los designios impenetrables de su sabiduría, ¿lo sustrajo quizás a todas las miradas como el cuerpo de Moisés? Son cuestiones, que no serán nunca probablemente resueltas en la tierra; pero no hay inconveniente en reconocer, con muchos santos doctores, el misterio de que el Señor ha querido rodear el cuerpo virginal de San Juan, como una nueva señal de la admirable castidad de este gran Apóstol.

¡Oh bienaventurado Juan! te saludamos en este día con el corazón rebosante de gratitud, por habernos acompañado con tan tierno amor en la celebración del Nacimiento de tu divino Rey. Al destacar tus inefables privilegios, glorificamos a Aquel que te distinguió con ellos. Sé, pues, bendito, tú que eres el amigo de Jesús e Hijo de la Virgen. Pero, antes de abandonarnos atiende nuestras plegarias.

¡Apóstol de la caridad fraterna! haz que todos nuestros corazones se fundan en una santa unión; que renazca en el corazón del cristiano de hoy día esa sencillez de la paloma de que fuistes un ejemplo conmovedor. Haz que la fe sin la cual no podría existir la caridad, se mantenga pura en nuestras Iglesias; que sea aplastada la serpiente de la herejía, y que sus pestilentes pócimas no sean más servidas a los labios de un pueblo cómplice o indiferente; que la adhesión a la doctrina de la Iglesia sea firme y valerosa en el corazón de los católicos; que las procacidades profanas o la débil tolerancia de los errores no llegue a empañar las costumbres religiosas de nuestros padres; y que los hijos de la luz no se unan a los hijos de las tinieblas.


Acuérdate, oh santo Profeta, de la sublime visión en la que te fué dado ver el estado de las Iglesias del Asia Menor; alcanza para los Angeles que guardan las nuestras, esa inviolable fidelidad que es la única merecedora de la corona y del premio. Ruega también por las regiones que evangelizaste y claudicaron en la fe. Durante mucho tiempo han padecido la degradación y la esclavitud; hora es ya de que vuelvan a la fe de Jesucristo y de su Iglesia. Envía la paz, desde lo alto del cielo, a tu Iglesia de Efeso y a sus hermanas de Esmirna, de Pérgamo, de Hatira, de Sardes, de Filadelfia y de Loadicea, para que se despierten de su letargo y salgan de sus tumbas; pon pronto fin a los tristes destinos del Islamismo, y haz que desaparezcan el cisma y la herejía que degradan al Oriente, para que todo el rebaño se reúna en un solo aprisco. Protege a la Santa Iglesia romana, que fué testigo de tu gloriosa Confesión, y guardó su memoria entre sus más bellos títulos de gloria, al lado de la de Pedro y Pablo. Envía para ella una nueva efusión de luz y caridad, en estos días en que la cosecha comienza a blanquear por todas partes. Finalmente, ¡oh discípulo predilecto del Salvador de los hombres! alcánzanos el ser admitidos un día a la contemplación de la gloria de tu cuerpo virginal, para que después de habernos presentado en esta tierra a Jesús y a María en Belén, nos les muestres también, en los esplendores de la eternidad.

lunes, 1 de enero de 2018

2 de enero OCTAVA DE SAN ESTEBAN PROTOMATIR Dom Próspero Gueranguer


Terminamos ayer la Octava de la Natividad de Nuestro Señor; hoy cerraremos la Octava de San Esteban; pero, no debemos perder de vista ni un solo momento al divino Niño cuya corte _ forman Esteban, el Discípulo Amado y los santos Inocentes. Pronto veremos llegar a los Magos ante la cuna del Rey recién nacido. Glorifiquemos al Emmanuel, en estas horas de espera, proclamando las glorias de sus favoritos predilectos, admirando una vez más a Esteban en este último día de su Octava. Le volveremos a encontrar en otra parte del año; el 2 de agosto aparecerá radiante en la Iglesia, con la milagrosa Invención de sus reliquias, derramando sobre nosotros nuevas gracias. Un antiguo Sermón atribuido durante mucho tiempo a San Agustín, nos enseña que Esteban estaba en la flor de su brillante juventud, cuando fué llamado por los Apóstoles a recibir, por la imposición de manos, el sagrado carácter del Diaconado. Se le dieron seis compañeros; Esteban era el jefe de todos ellos; San Ireneo, en el siglo II le da ya el título de Archidiácono.

LA FIDELIDAD. — Ahora bien, la virtud característica del Diácono es la fidelidad; de ahí que le sean confiados los tesoros de la Iglesia, tesoros consistentes no sólo en el dinero destinado al alivio de los pobres, sino en lo más precioso que existe en el cielo y en la tierra: el mismo Cuerpo del Redentor, cuyo distribuidor es el Diácono, por la Ordenación que ha recibido. Por eso el Apóstol, en su primera Epístola a Timoteo, recomienda a los Diáconos, que guarden el Misterio de la Fe en una conciencia pura. Siendo el Diaconado un ministerio de fidelidad, era conveniente que el primer Mártir perteneciese al Orden del Diaconado, puesto que el martirio es una prueba de fidelidad; declara esta maravilla en la Iglesia universal la gloriosa Pasión de esos tres héroes de Cristo, que revestidos de la triunfal dalmática, acaudillan al ejército de los Mártires: Esteban, gloria de Jerusalén; Lorenzo, prez de Roma, y Vicente, honra de la católica España. Con el fin de honrar el Diaconado en su primer representante, es costumbre en muchas Iglesias, el dejar cumplir a los Diáconos, en la fiesta de San Esteban, todos los cargos que son compatibles con su carácter. Así, en muchas Catedrales, el Chantre cede su báculo a un Diácono, otros diáconos asisten con dalmáticas, como coristas; y un Diácono canta también la Epístola de la Misa, porque contiene el relato del martirio de San Esteban.

ANTIGÜEDAD DE ESTA FIESTA. — La institución de la fiesta del primer Mártir, y su asignación al día siguiente de Navidad, se pierde en la más sagrada y remota antigüedad. Las Constituciones Apostólicas, recopilación siria del siglo iv, nos la dan ya como establecida y fija en ese día. San Gregorio de Nisa y San Asterio de Amasea, anteriores uno y otro a la época del maravilloso hallazgo de las reliquias del santo Diácono (en 415) celebran su fiesta con Homilías especiales, poniento de relieve la circunstancia de ser festejada precisamente el mismo día siguiente a la Natividad de Cristo. Su Octava es ya más reciente; con todo eso, no se puede precisar la fecha de su institución. Amalario, en el siglo ix, la menciona ya como establecida," y el Martirologio de Notker en el siglo x, la trae expresamente. No hay que extrañar que haya recibido tantos honores la fiesta de un simple Diácono, mientras que las de la mayoría de los Apóstoles carecen de Octava. La norma de la Iglesia en la Liturgia es, distinguir con su culto a los Santos, en proporción a los servicios que le han prestado. Así, a San Jerónimo, simple sacerdote, le honra con un culto superior al que otorga a los santos Pontífices. El lugar y grado de superioridad que concede en el ciclo, se halla en relación con su agradecimiento a los amigos de Dios que en él admite; de esta manera es como regula los afectos del pueblo del hacia los celestes bienhechores que habrá de venerar un día en las filas de la Iglesia triunfante. Esteban, al abrir el camino a los Mártires, dió la pauta de ese sublime testimonio de la sangre, que constituye la fortaleza de la Iglesia, cuando confirma las verdades de que es tesorera y las eternas esperanzas que descansan sobre esas verdades. ¡Gloria, pues, y honor a Esteban hasta el fin de los siglos, en esta tierra fecundada con su sangre que él supo unir a la de Cristo!

SAN ESTEBAN Y, SAN PABLO. — Hemos subrayado ya el perdón que este primer Mártir otorgó a sus verdugos, siguiendo el ejemplo de Cristo; y hemos visto cómo la Iglesia sacaba de este gran hecho, la materia de su principal elogio a San Esteban. Hoy, haremos hincapié en una circunstancia del drama tan emotivo que se desarrolló a las puertas de Jerusalén. Entre los cómplices de la muerte sangrienta de Esteban, había un joven llamado Saulo. Fogoso y amenazador, guardaba los vestidos de los que lapidaban al santo Diácono; y como observan los santos Padres, le apedreaba por mano de todos. Poco después, el mismo Saulo era derribado por una fuerza divina en el camino de Damasco, y se levantaba convertido en discípulo de aquel Jesús a quien la voz valerosa de Esteban, había proclamado Hijo del Padre celestial, aun en medio de los golpes de sus verdugos. No había sido estéril la oración de Esteban; semejante conquista anunciaba nada menos que la de la gentilidad, cuando nacía el Apóstol, de la sangre de Esteban. "Sublime cuadro, exclama San Agustín. Veis allí a Esteban lapidado, veis a Saulo guardando los vestidos de los que le lapidan. Pues bien, he aqui que Saulo se hace Apóstol de Cristo, mientras que Esteban es siervo de Cristo. ¡Oh Saulo! fuiste derribado por el suelo y te levantaste predicador de Aquel a quien perseguías. Tus Epístolas se leen por todas partes; por doquier conviertes a Cristo los corazones rebeldes; por doquier formas como buen Pastor, grandes rediles. Ahora reinas con Cristo en compañía de aquel a quien apedreaste. Ambos a dos nos contempláis; ambos a dos oís lo que decimos; rogad los dos por nosotros. Sin duda os atenderá El que os dió la corona. Al principio, uno era cordero y el otro lobo; ahora los dos son corderos. ¡Protegednos, pues, con vuestras miradas, recomendadnos con vuestras oraciones! obtened para la Iglesia una vida pacífica y tranquila." Antes de que termine el tiempo de Navidad volveremos honrar en el culto a Esteban y a Pablo; el 25 de enero celebraremos la Conversión del Apóstol de los Gentiles; pero convenía que su víctima gloriosa le presentase ante la cuna de su común Salvador,

Finalmente, la piedad católica conmovida por la muerte del primer Mártir, muerte que el escritor sagrado califica de sueño, y que tan rudo contraste forma con la dureza de su suplicio, la piedad católica, decimos, señaló a San Esteban como intercesor nuestro para la gracia de una dichosa muerte. Imploremos, pues, la ayuda del santo Diácono para el momento en que tengamos que entregar a nuestro Criador el alma que un día nos confió; preparemos desde ahora nuestro corazón para ofrecerle, cuando el Señor nos lo pida, el sacrificio completo de esta vida frágil, que nos ha sido dada en depósito, para que se la devolvamos en el momento en que lo disponga.

Gracias te sean dadas, oh glorioso Esteban, por la ayuda que nos has prestado en la celebración del Nacimiento de nuestro Salvador. A ti te correspondía iniciarnos en el excelso y conmovedor misterio de un Hombre-Dios. El Niño celestial se nos mostró en tu compañía, y la Iglesia te encargó revelárselo a los fieles, como en otro tiempo lo hiciste a los judíos.


Tu misión ha terminado: nosotros adoramos a ese Niño, como a Verbo divino; le saludamos como a Rey nuestro; nos ofrecemos a El para servirle como tú le serviste, reconociendo que el compromiso debe llegar hasta dar por El la sangre si así lo exige. Haz, pues oh fiel Diácono, que le entreguemos desde hoy todo nuestro corazón, que busquemos todos los medios de complacerle y de poner toda nuestra vida y todos nuestros afectos de acuerdo con su voluntad. Así mereceremos pelear sus batallas, si no. en la sangrienta arena, al menos en la lucha con nuestras pasiones. Somos hijos de Mártires, y los Mártires vencieron al mundo como el Niño de Belén; por consiguiente, el mundo no debe triunfar sobre nosotros. Alcanza para nuestro corazón ese amor fraterno que todo lo perdona, que ruega por los enemigos y obtiene la conversión de las almas más rebeldes. ¡Oh Mártir de Dios! vela por nosotros en la hora de nuestra muerte; asístenos cuando nuestra vida esté para apagarse; muéstranos entonces a ese Jesús que nos has hecho ver de Niño: muéstranosle glorioso, triunfador, y sobre todo misericordioso, llevando en sus manos divinas la corona que para nosotros tienen destinada; en esa hora suprema sean nuestras últimas palabras las mismas que tú pronunciaste: Señor Jesús, recibe mi espíritu.