lunes, 6 de noviembre de 2017

7 de noviembre: SÉPTIMO DÍA DE LA OCTAVA DE TODOS LOS SANTOS. Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger


SERMÓN DE SAN JUAN CRISÓSTOMO. — Hoy encontramos otra vez en San Juan Crisóstomo la doctrina que expusimos anteriormente: cosa buena es alabar a los Santos, pero a la alabanza tenemos que añadir la imitación de sus virtudes:  

IMITAR A LOS QUE ALABAMOS. — "Todo el que admira con amor religioso a los Santos y celebra una y otra vez con alabanzas la gloria de los justos, debe imitar su justicia y su vida santa. El que siente alegría ensalzando los méritos de algún santo, ha de tener empeño también en ser, como el santo, fiel al servicio de Dios. Así, pues, o imita uno al que alaba o no alaba al que no quiere imitar. El que tributa elogios a otro, hágase digno de ser alabado, y el que admira el mérito de los Santos, hágase también admirar por su vida santa. Si amamos a las almas justas y fieles por el aprecio que hacemos de su justicia y su fe, también nosotros podemos ser lo que son ellos, si lo que hacen ellos, lo hacemos nosotros.

NUESTROS MODELOS;—"Y no es difícil para nosotros imitar sus acciones, pues, mientras los primeros Santos, para hacerlas, no tuvieron ejemplos anteriores que imitar, no fueron imitadores de otros, se nos presentan ellos a nosotros como ejemplares que debemos copiar en la práctica de la virtud. Así, tanto por el provecho que sacamos nosotros de su ejemplo, como por el que saque el prójimo del nuestro, será Jesucristo perpetuamente glorificado por sus siervos en la Santa Iglesia.

"Ya en los primeros tiempos del mundo el inocente Abel fue sacrificado; Henoc, porque era grato a Dios, fue arrebatado de este mundo; Noé fue hallado justo; Abraham, probado y hallado fiel; Moisés se distinguió por su mansedumbre; Josué, en la castidad; David por la clemencia; Elias agradó al Señor; Daniel fue piadoso; sus tres compañeros, vencedores; los Apóstoles, discípulos de Cristo, fueron nombrados maestros de los creyentes; instruidos por ellos, los Confesores luchan con valentía; los Mártires, consumados en perfección, triunfan; y legiones de cristianos, armados por Dios, infligen al diablo continuas derrotas. Por sus virtudes todos estos son parecidos; por sus combates, diferentes; por sus victorias, gloriosos.

NECESIDAD DE LUCHAR. — "Oh cristiano, eres soldado cobarde si piensas que vas a vencer sin luchar y a triunfar sin esfuerzo. Despliega tu fuerza, lucha con valor, pelea sin desmayo en esta refriega. Recuerda tu pacto, atiende a las condiciones, mira lo que es la milicia: el pacto, lo hiciste; las condiciones, las aceptaste; en la milicia, te alistaste". 


domingo, 5 de noviembre de 2017

6 de noviembre SEXTO DÍA DE LA OCTAVA DE TODOS LOS SANTOS. Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger



UTILIDAD DE LA ALABANZA A LOS SANTOS. — La Iglesia acude hoy a San Bernardo en demanda de una exhortación para sus hijos. Y los acentos que oímos son iguales a los de San Beda, que oímos los días anteriores, y a los de San Juan Crisóstomo, que mañana oiremos. 

"Ya que celebramos con una fiesta solemne la conmemoración de todos los Santos, decía a sus monjes el Abad de Ciaraval, considero de utilidad hablaros de su común felicidad, en la que disfrutan ya de un descanso feliz, y de la que disfrutan ya de un descanso feliz, y de la
consumación futura que esperan. Cierto que tenemos que imitar la conducta de los que honramos con culto religioso; correr con vivas ansias a la felicidad de los que llamamos bienaventurados; implorar el auxilio de aquellos cuyo elogio oímos con gusto. ¿De qué sirve, pues, a los santos nuestra alabanza?, ¿de qué nuestro tributo de glorificación?, ¿de qué esta misma solemnidad? ¿qué utilidad tienen estos honores de aquí abajo para los que ya son honrados por el Padre celestial, según la fiel promesa del Hijo?, ¿qué ganan con nuestros loores? Nada de esto desean. Esto es verdad: los santos no necesitan de nuestros bienes, ni nuestra devoción tampoco les procura provecho ninguno. No es de interés para ellos el que celebremos su memoria; el interés es para nosotros. ¿Quieres saber cuánto nos interesa a nosotros? En cuanto a mí, lo confieso, al acordarme de ellos, me siento inflamado de un ardiente anhelo y de un triple deseo. "Se dice comúnmente: ojos que no ven, corazón que no siente. Mi memoria es mi ojo espiritual, y pensar en los Santos es un modo de verlos. En este sentido, tenemos ya "en la tierra de los vivos una parte de nosotros mismos". Parte notable, si, como es justo, nuestro afecto va de acuerdo con nuestro recuerdo. Por eso digo que nuestra vida está en los cielos". Pero nuestra vida no esta allí como la de ellos. Ellos están en persona y nosotros sólo con nuestros deseos; ellos de hecho con su presencia, nosotros sólo con el pensamiento.

DESEAR LAS ORACIONES DE LOS SANTOS . — Mas para poder esperar una bienaventuranza tan grande, tenemos que desear con ardor los sufragios de los santos, a fin de que por su intercesión se nos conceda lo que por nosotros mismos no podemos conseguir. Compadeceos de nosotros, sí, compadeceos de nosotros los que sois amigos nuestros. Conocéis nuestros peligros, conocéis nuestra flaqueza, sabéis cuánta es nuestra ignorancia y cuánta la astucia de nuestros enemigos; no ignoráis la violencia de sus ataques ni nuestra fragilidad. A vosotros me dirijo, a vosotros que habéis pasado por nuestras tentaciones, que salisteis vencedores de la mima lucha, que os librasteis de los mismos lazos y que aprendisteis por vuestras tribulaciones a ser compasivos. "Espero también de los ángeles que no tendrán a menos visitar a su raza, máxime que está escrito: Visitaréis a los de vuestra estirpe y no pecaréis. Además, si me atrevo a contar con ellos, porque tenemos una sustancia espiritual semejante a la suya, creo que con mayor motivo puedo confiarme a los que tienen la misma humanidad que yo y sienten por necesidad una compasión especial y más íntima por los huesos de sus huesos y por la carne de su carne.

CONFIANZA EN SU INTERCESIÓN. — "No dudemos de su benévola solicitud con respecto a nosotros; nos esperan hasta que recibamos nuestra recompensa, hasta el último gran día de fiesta, en el que todos los miembros, juntos con su excelsa Cabeza, formarán el hombre perfecto, en el que será alabado, con su herencia, Jesucristo Nuestro Señor, digno de loor y de bendición por los siglos de los siglos. Amén".  


5 de noviembre: QUINTO DÍA DE LA OCTAVA DE TODOS LOS SANTOS Y LA FIESTA DE LAS SAGRADAS RELIQUIAS. Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger

ESTÍMULO EN LA PRÁCTICA DE LAS VIRTUDES. — La Iglesia nos manifestaba hace dos días la alegría y la belleza del cielo. Después de su exposición halagüeña de la eternidad, nos podía haber interrogado lo que San Benito al postúlate que llama a la puerta del monasterio: 

"¿Quieres la vida? ¿Deseas ver días felices"1 ? y al instante habríamos contestado también nosotros que sí. Diríase que, en efecto, nos ha hecho callandito esas interrogaciones y que ella ha oído lo que hemos contestado, puesto que prosigue exponiéndonos ahora las condiciones son necesarias para entrar en el reino de los cielos- "Deléitenos y nos atraiga la esperanza de llegar a la recompensa de la salvación; luchemos en el estadio de la justicia con gusto y generosidad, mientras nos miran Dios y su Ungido. Y, ya que hemos comenzado a elevarnos por encima del mundo y del tiempo presente, vigilemos para que no nos entorpezca ningún deseo de las cosas de la tierra. Si el último día nos encuentra desasidos de todo y corriendo con soltura por la carrera de las buenas obras, el Señor no podrá menos de recompensar nuestros méritos. "El mismo será quien dé a los que hubieren triunfado de la persecución, una corona purpúrea en premio del sufrimiento, y a los que hubieren vencido en la paz, una corona Cándida en premio a las obras de justicia. Aunque Abraham, Isaac y Jacob no padecieron martirio, no por eso fueron menos dignos de ocupar el primer puesto entre los Patriarcas, pues se ganaron este honor con los méritos de su fe y de su justicia; así, también tendrá asiento en el banquete de estos grandes justos cualquiera que sea hallado fiel, justo y digno de alabanza. Pero tenemos que tener cuenta con que estamos obligados a hacer la voluntad de Dios y no la nuestra; que "el que hace la voluntad de Dios permanece eternamente" como Dios mismo eternamente permanece. "Es menester, pues, que estemos prestos a cumplir en todas las cosas la voluntad de Dios con espíritu puro, fe firme, virtud robusta, y caridad perfecta, guardando los mandamientos del. Señor con decidida fidelidad; la inocencia con sencillez, la unión con la caridad, la modestia en la humildad, la exactitud en el cumplimiento de los cargos, la delicadeza en la asistencia a los afligidos, la misericordia en socorrer a los pobres, la constancia en defender la verdad, la discreción en el rigor de la disciplina; y así no dejaremos de seguir o dar el ejemplo l de las buenas obras. Estas son las huellas que ! nos dejaron todos los santos al volver a la patria, y si las seguimos, podremos acompañarlos ¡ y participar de sus alegrías".

LA FIESTA DE LAS SAGRADAS RELIQUIAS 



LA MUERTE PREPARA LA COSECHA PARA EL CIELO. 

Si tuviésemos la vista de los Angeles, la tierra nos parecería un campo grande, sembrado para la resurrección. La muerte de Abel abrió el primer surco; después continúa sin cesar la siembra en todos los lugares. ¡Qué tesoros contiene ya en su seno esta tierra de trabajo y de flaquezas! ¡Qué mies promete al cielo cuando el Sol de justicia haga brotar de ella las espigas de la salvación, maduras para la gloria! Por eso no es de admirar que la Iglesia bendiga y dirija por sí misma la siembra del trigo precioso. 

GLORIFICACIÓN DE LOS SANTOS. — Pero la Iglesia no se contenta con estar sembrando continuamente. A veces, como cansada de esperar, recoge el grano selecto que ella misma había allí depositado; su tino infalible la preserva del error, y, desprendiendo de la tierra el germen inmortal, le anuncia las magnificencias futuras: ya le envuelva entre el oro y las telas preciosas, le lleve en triunfo y convoqué a las multitudes para honrarle; ya, bautizando a templos nuevos con su nombre, le conceda el supremo honor de descansar debajo del altar en que se ofrece a Dios el santo Sacrificio: 

"Compréndalo así tu caridad, dice San Agustín; se sirva comprenderlo: no levantamos en este lugar un altar a Esteban, sino que de las reliquias de Esteban hacemos un altar a Dios, Dios ama estos altares; y si me preguntas por qué, te diré: es que "la muerte de los santos es preciosa ante El". 

Por obedecer a Dios, "el alma invisible dejó su casa visible; pero a esta casa Dios la custodia: Dios recibe gloria de los honores que tributamos nosotros a esta carne inanimada; y concediéndola la virtud de los milagros, la reviste del poder de su divinidad". De aquí vienen las peregrinaciones a los sepulcros de los Santos. "Pueblo cristiano, dice San Gregorio Niseno, ¿quién te junta aquí? Un sepulcro no tiene atractivo; la vista de lo que encierra causa repugnancia. Y aquí tienes que se ambiciona como una bendición el acercarse a éste. Objeto de ambición, se estima como regalo de gran valor hasta el polvo que se recoge en las partes próximas a este sepulcro. Porque llegar hasta las cenizas que conserva, es rarísimo favor, pero ¡qué deseable! Lo saben los privilegiados: como si estuviese vivo este cuerpo, le abrazan, le besan, fijan sus ojos en él, derramando lágrimas de devoción y de amor. ¿Qué emperador fué honrado jamás de modo semejante"?  

"¡Los emperadores!, continúa San Juan Crisóstomo; lo que fueron los porteros de sus palacios, eso son ellos hoy con unos pescadores; el hijo del gran Constantino pensó que no podía honrarle de manera más digna, que procurándose un lugar para su sepultura en el vestíbulo del pescador de Galilea" Y en otra parte, al terminar de explicar la admirable carta a los Romanos del Doctor de las naciones, exclama: "¿Quién me diese ahora postrarme ante el sepulcro de Pablo, contemplar las cenizas de aquel cuerpo que completaba, padeciendo por nosotros, lo que faltaba a los padecimientos de Cristo2 ?, ¿contemplar el polvo de aquella lengua que hablaba ante los reyes sin rubor y, mostrándonos lo que era Pablo, nos daba a conocer al Señor de Pablo? ¿Contemplar también el polvo de aquel corazón, verdaderamente corazón del mundo, más alto que los cielos, más vasto que el universo, corazón de Cristo tanto como de Pablo, en el que se leía, grabado por el Espíritu Santo, el libro de la gracia? Querría ver el polvo de las manos que escribieron estas epístolas; los ojos que, ciegos en un principio, recobraron la vista para nuestra salud; los pies que recorrieron el mundo. Si; querría yo contemplar la tumba donde descansan aquel instrumento de la justicia, de la luz, aquellos miembros de Cristo, aquel templo del Espíritu Santo. Cuerpo venerado, que con el de Pedro, protege a Roma de modo más seguro que todas las fortificaciones" 

DOCTRINA DE LA IGLESIA SOBRE LAS RELIQUIAS.'— A pesar de estos textos y otros muchos, la herejía, profanando en el siglo xvi las tumbas santas, no pretendió con ello precisamente hacernos volver a las costumbres de nuestros padres. Mas contra estos extraños reformadores, el Concilio de Trento se contentaba con expresar el testimonio unánime de la Tradición en la siguiente definición dogmática, en que se encuentran resumidas las razones teológicas del culto que la Iglesia tributa a las reliquias de los Santos: "Los fieles deben venerar los cuerpos de los Mártires y demás Santos que viven en Cristo. Fueron efectivamente sus miembros vivos y templo del Espíritu Santo; él los ha de resucitar para la vida eterna y para la gloria; Dios, por medio de ellos, concede a los hombres muchos beneficios. Por tanto, los que dicen que las reliquias de los Santos no merecen venerarse, y que es inútil que los fieles las honren, y vano que se hagan visitas a las memorias o monumentos de los Santos para conseguir su ayuda: a estos tales se les debe condenar de modo absoluto; y, en la forma que desde hace ya mucho tiempo los  condenó la Iglesia, así ahora otra vez los condena".

sábado, 4 de noviembre de 2017

VIGESIMOSEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTES Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger


MISA
Según Honorio de Autún, la Misa del día se refiere'al tiempo del Anticristo. La Iglesia lanza su mirada en lo que está por venir, sobre el reino de este hombre de pecado 2, y como sintiendo ya los golpes de la tremenda persecución de los últimos días, toma el Introito del Salmo 129.
Si queremos una aplicación actual y siempre práctica, dada nuestra miseria, en coincidencia con el sentido profético con que hoy van revestidas las palabras de este Salmo, recordemos el Evangelio de la semana anterior, que en otro tiempo era el de este Domingo. Cada cual se reconocerá en la persona del deudor insolvente que sólo confía en la bondad de su Señor; y nosotros exclamaremos, en la confusión de nuestra alma MISA
Según Honorio de Autún, la Misa del día se refiere'al tiempo del Anticristo1. La Iglesia lanza su mirada en lo que está por venir, sobre el reino de este hombre de pecado 2, y como sintiendo ya los golpes de la tremenda persecución de los últimos días, toma el Introito del Salmo 129.
Si queremos una aplicación actual y siempre práctica, dada nuestra miseria, en coincidencia con el sentido profético con que hoy van revestidas las palabras de este Salmo, recordemos el Evangelio de la semana anterior, que en otro tiempo era el de este Domingo. Cada cual se reconocerá en la persona del deudor insolvente que sólo confía en la bondad de su Señor; y nosotros exclamaremos, en la confusión de nuestra alma humillada: Si escudriñases nuestras iniquidades,
INTROITO
Si escudriñares nuestras iniquidades, Señor; Señor, ¿quién podrá resistir? Pero en ti está el perdón, oh Dios de Israel. — Salmo: Desde lo profundo clamo a ti, Señor: Señor, escucha mi voz. T. Gloria al Padre.
Acabamos de dar ánimos a nuestra confianza cantando que en Dios hay misericordia. El mismo es el que da a las oraciones de su Iglesia su acento piadoso porque desea oírla. Pero se nos oirá a nosotros también con ella si rogamos como ella según la fe, es decir, conforme a las enseñanzas del Evangelio. Rezar según la fe, hoy, pues, equivale a perdonar a nuestro prójimo las deudas contraídas con nosotros, si a su vez pedimos nosotros también ser absueltos por el Señor de todos.
COLECTA
Oh Dios, refugio y fortaleza nuestra: oye las piadosas preces de tu Iglesia, tú, que eres el mismo autor de la piedad, y haz que, lo que pedimos fielmente, lo consigamos eficazmente. Por Nuestro Señor Jesucristo.
EPÍSTOLA
Lección de la Epístola del Ap. San Pablo a los Filipenses (Flp., I, 6-11).
Hermanos: Confiamos en el Señor Jesús que, el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo. Es justo que yo sienta esto de todos vosotros: porque os tengo en el corazón; y en mis cadenas, y en la defensa y confirmación del Evangelio, todos vosotros sois los compañeros de mi gozo. Porque Dios me es testigo de cuánto os amo a todos vosotros en las entrañas de Jesucristo. Y lo que pido es que vuestra caridad crezca más y más en ciencia y en todo conocimiento: para que probéis cosas mayores, para que estéis puros y sin mancha el día de Cristo, llenos de frutos de justicia, por Jesucristo, para gloria y loor de Dios.
EL ALMA DE SAN PABLO. — San Pablo, en nombre de la Iglesia, de nuevo nos advierte que se acerca el fin. Pero a este último día, que en el Domingo pasado llamaba día malo, le llama hoy por dos veces, en el corto pasaje de la Epístola a los Filipenses que acabamos de oír, el día de Cristo Jesús. La carta a los Filipenses rebosa confianza y por ella se desborda la alegría: y con todo, nos señala la cruel persecución contra la Iglesia y al enemigo que se vale de la tempestad para excitar las malas pasiones aun dentro del rebaño de Cristo. El Apóstol está encadenado; la envidia y la traición de los falsos hermanos aumenta sus males. Pero la alegría domina en su corazón por encima de los padecimientos porque ha llegado ya a la plenitud del amor, en que el dolor da vida a la divina caridad. Para él Jesucristo es su vida y la muerte una ganancia; entre la muerte, que respondería al más íntimo deseo de su corazón entregándole a Cristo, y la vida que multiplica sus méritos y el fruto de sus obras, no sabe qué escoger. Y, en efecto, ¿qué pueden en él las consideraciones personales? Su actual alegría, su alegría futura, consiste en que Cristo sea conocido y glorificado, y poco le importa de qué manera. No se equivocará en su esperanza, ya que la vida y la muerte terminarán por glorificar a Cristo en su carne., 1
LA ORACIÓN DE SAN PABLO. — Así se explica la indiferencia sublime en que está el alma de San Pablo, indiferencia que es la cumbre de la vida cristiana, y que no se parece nada, claro está, al nirvana fatal en el que pretendieron los falsos místicos del siglo xvn encerrar el amor. A pesar de la altura a que ha llegado en el camino de la perfección, ¡qué ternura prodiga a sus hermanos el convertido de Damasco! Dios es testigo, dice, de la ternura con que os amo a todos en las entrañas de Jesucristo. La aspiración que le llena y absorbe es que Dios, que ha comenzado en ellos la obra buena por excelencia, la obra de la perfección del cristiano que tiene su fin en el Apóstol, la continúe y la termine en todos para el día en que aparezca Cristo en su gloria. Ruega para que la caridad, esta veste nupcial de los benditos del Padre que él ha desposado con el único Esposo, los rodee de resplandor sin igual en el gran día de las bodas eternas.
EL LIBERALISMO. — Ahora bien, el medio de que se desarrolle en ellos la caridad de un modo seguro, consiste en que crezca en la inteligencia y en la ciencia de la salvación, es decir, en la fe; la fe, en efecto, es la que pone la base de toda justicia sobrenatural. Una fe menguada, desde luego, sólo puede producir una caridad limitada. ¡Cuánto se engañan, por tanto, los hombres que no se cuidan de que la verdad revelada vaya a la par con el amor! Su cristianismo se reduce a creer lo menos posible, a proclamar lo inoportuno de nuevas definiciones, a reducir constante y científicamente el horizonte sobrenatural por miramientos con el error. La caridad, dicen, es la reina de las virtudes; ella les sugiere hasta el modo de manejar la mentira; reconocer para el error iguales derechos que para la verdad, es para ellos la última palabra de la civilización cristiana, que se funda en el amor. Y pierden de vista que el primer objeto de la caridad es Dios, verdad sustancial, y olvidan también que no se hace acto de amor colocando a igual nivel el objeto amado y a su enemigo mortal.
INTEGRIDAD DE LA FE. — No lo entendían así los Apóstoles: para hacer germinar la caridad en el mundo, sembraban en él la verdad. Todo nuevo rayo de luz servía en el alma de sus discípulos para el amor; y estos discípulos, al convertirse ellos también en luz en el santo bautismo en nada ponían tanto empeño como en no hacer pacto con las tinieblas. Renegar de la verdad, en esos tiempos, era el crimen más grande; exponerse por descuido a menguar sus derechos en lo más mínimo, era una suma imprudencia. El cristianismo había encontrado al error dueño del mundo; ante la noche que inmovilizaba en la muerte a la raza humana, el único procedimiento de salvación que conoció fué hacer brillar la luz; ni tuvo más política que la de proclamar el poder de la verdad sola para salvar al hombre y de afirmar sus derechos exclusivos a reinar en el mundo. Este fué el triunfo del Evangelio después de tres siglos de lucha encarnizada y violenta de parte de las tinieblas, que se creían soberanas y que como tales querían continuar; de lucha serena y radiante de parte de los cristianos, cuya sangre derramada hacía crecer el contento, consolidando en el mundo el reino simultáneo del amor y de la verdad.
Hoy, por la convivencia de los bautizados, el error vuelve a sus pretendidos derechos y la caridad de muchísimos, por lo mismo, ha disminuido; la noche se extiende otra vez sobre un mundo glacial y agonizante. La línea de conducta de los hijos de la luz sigue siendo la misma que en los días primeros. Sin inquietudes ni temores, contentos de sufrir por Jesucristo, como sus mayores y como los apóstoles, conservan como algo muy querido la palabra de vida pues saben que, mientras en el mundo exista un rayo de esperanza, emanará de la verdad.
Canta el Gradual la dulce y fuerte unidad que reina y se conservará en la Iglesia hasta el fin mediante el amor; a su aumento nos exhorta la Epístola, como lo recomendaba cual único medio de salvación para el día del juicio, el Evangelio que antiguamente se leía en este Domingo.
GRADUAL
Qué bueno y deleitoso es habitar como hermanos unidos! V. Como el ungüento en la cabeza, que se escurre hasta la barba, hasta la barba de Aarón.
Aleluya, aleluya. V. Los que temen al Señor, esperan en El, que es su ayudador y su protector, Aleluya.
EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Mateo (Mt„ XXII, 15-21).
En aquel tiempo, yendo los fariseos, tuvieron consejo para sorprender a Jesús en sus palabras. Y le enviaron sus discípulos, con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres veraz, y que enseñas de veras el camino de Dios y no te preocupas de nadie: porque no miras la persona de los hombres: dinos, pues, qué te parece: ¿es lícito dar tributo al César, o no? Pero Jesús, conocida la maldad de ellos, dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario. Y díjoles Jesús: ¿De quién es esta imagen, y esta inscripción? Dijéronle: Del César. Entonces les dijo El: Dad, pues, al César lo que es del César; y a Dios, lo que es de Dios.
LECCIONES DE PRUDENCIA. — Se diría que la penuria de las verdades ha de ser el peligro más especial de los últimos tiempos, ya que la Iglesia, en estas semanas que tienen por fin hacernos presentes los últimos días del mundo, nos encamina continuamente hacia la prudencia del entendimiento como a la gran virtud que entonces debe resguardar a sus hijos. El Domingo volvía a poner en sus manos como arma defensiva el escudo de la fe, y como arma ofensiva la palabra de Dios; ocho días antes se les recomendaba la circunspección de la inteligencia para conservar, en los días malos, su santidad fundada en la verdad y su riqueza apoyada en la ciencia. Hoy, en la Epístola, se les proponían una vez más la inteligencia y la ciencia, como suficientes por sí mismas para aumentar su amor y perfeccionar la obra de su santificación para el día de Cristo. El Evangelio concluye oportunamente estas lecciones del Apóstol con el relato de un hecho sacado de la historia del Salvador, y las da la autoridad que lleva siempre consigo todo ejemplo que procede de la vida del divino modelo de la Iglesia. Y, en efecto, Jesucristo se nos manifiesta aquí como ejemplo de los suyos en los lazos que las intrigas de los malvados tienden a su buena fe.
EL TRIBUTO AL CÉSAR. — Era el último día de las enseñanzas públicas del Hombre Dios, la víspera casi de su salida de este mundo. Sus enemigos, tantas veces desenmascarados en sus astucias, intentaron un esfuerzo supremo. Los Fariseos, que no reconocían el poder del César y su derecho al tributo, se unieron con sus adversarios, los partidarios de Herodes y de Roma, para poner a Jesús la cuestión insidiosa: ¿Está, o no, permitido pagar el tributo al César? Si la respuesta del Salvador era negativa, incurría en la cólera del príncipe; si afirmativa, perdía todo crédito en el ánimo del pueblo. Jesús, con su divina prudencia, desconcertó sus ardides. Los dos partidos, unidos tan extrañamente por la pasión, se negaron a entender el oráculo que podía unirlos en la verdad, y sin duda ninguna, al poco tiempo volvieron a sus querellas. Pero la coalición que contra el Justo se formó, se había roto; el esfuerzo del error, como siempre, se había vuelto contra ella; y la palabra que esa coalición había suscitado pasando de los labios del Esposo a los de la Esposa, no dejaría ya de resonar en este mundo, en el que esa palabra forma la base del derecho social entre las naciones.
LA AUTORIDAD VIENE DE DIOS. — Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios, repetían los Apóstoles; y, al proclamar muy alto que hay que obedecer a Dios antes que a los nombres, añadían: "Sométase toda alma a los poderes superiores; pues no hay poder que no derive de Dios, y los que existen, Dios los ha establecido. Por consiguiente, el que resiste al poder, resiste al orden establecido por Dios, y se atrae la condenación. Sed, pues, sumisos, porque es necesario, sumisos no sólo por el sentimiento del temor, sino también por el deber de la conciencia. Por la misma razón pagáis los tributos a los príncipes, porque son los ministros de Dios."
La voluntad de Dios esa es la fuente y la verdadera grandeza de toda autoridad entre los hombres. El hombre, por sí mismo, no tiene derecho a mandar a su semejante. El número no altera en nada esta impotencia de los hombres sobre mi conciencia, ya que, muchos o pocos, por naturaleza soy igual a cada uno de ellos, y añadir los derechos que cada uno tiene sobre mí, es lo mismo que añadir la nada. Pero Dios, al querer que los hombres vivan en sociedad, por lo mismo quiso también que al frente hubiese un poder encargado de reducir las múltiples voluntades a la unidad del fin social. Da también a los acontecimientos que su providencia dirige, y hasta a los hombres en los orígenes de las sociedades, una gran amplitud para determinar la forma en que se debe ejercer el poder civil y su modo de transmisión. Pero, una vez investidos regularmente, los depositarios soberanos del poder sólo dependen de Dios en la esfera de las atribuciones legítimas, porque de él solo les viene el poder y no de sus pueblos, que no se le podrían otorgar porque ellos tampoco le poseen. Mientras cumplan las condiciones del pacto social, o no conviertan en ruina de la sociedad el poder que recibieron para su bien, el derecho que tienen a la obediencia es el mismo de Dios: ya recauden los tributos necesarios a su gobierno, ya restrinjan con las leyes que dan ellos en el comercio ordinario de la vida la libertad que permite el derecho natural, ya también publiquen edictos que lanzan al soldado en defensa de la patria a una muerte segura. En todos estos casos, es el mismo Dios quien manda por ellos y quiere ser obedecido: desde este mundo pone la espada en sus manos para castigo de los rebeldes; El mismo castigará eternamente en el otro a los que no se hayan corregido.
LA LEY OBLIGA.— ¡Cuán grande es, pues, esta dignidad de la ley humana, que hace del legislador el vicario mismo de Dios, a la vez que evita al súbdito la humillación de rebajarse ante otro hombre! Mas, para que la ley obligue y sea verdaderamente ley, es natural que ante todo debe conformarse con las prescripciones y prohibiciones del Ser supremo, cuya sola voluntad puede darle su carácter augusto, haciéndola entrar en el dominio de la conciencia. Por esta razón no puede existir en el mundo una ley contra Dios, contra su Ungido o su Iglesia. Desde el momento en que Dios no esté con el hombre que manda, el poder de ese hombre sólo es una fuerza brutal. El príncipe o la asamblea que pretenda reglamentar las costumbres, la vida moral de un país en contra de Dios, merece la oposición y el desprecio de las personas valientes; llamar con el nombre sagrado de ley a esas lucubraciones tiránicas es una profanación indigna de un cristiano y de todo hombre libre.
La Antífona del Ofertorio y sus antiguos versículos hacen referencia, igual que el Introito, al tiempo de la última persecución. Las palabras están tomadas de la oración de Ester en el momento de presentarse ante Asuéro para luchar contra Amán, figura del Anticristo. Ester es figura de la Iglesia.
OFERTORIO
Acuérdate de mí, Señor, que dominas sobre todo poder: y pon en mi boca la palabra justa, para que agraden mis palabras al príncipe. V. — Acuérdate que me he presentado ante ti.
V. — Convierte su corazón en odio de nuestros enemigos y de sus cómplices; y líbranos por tu poderosa mano, tú. que eres nuestro Dios para siempre.
V. — Rey de Israel, escúchanos, tú, que guías a José como a una oveja.
—Acuérdate de mí, Señor.
La garantía más segura contra la adversidad es la ausencia del pecado en las almas, pues el pecado despierta la cólera de Dios y pide venganza. Digamos con la Iglesia en la Secreta:
SECRETA
Haz, oh Dios misericordioso, que esta saludable oblación nos libre incesantemente de nuestras culpas, y nos proteja contra toda adversidad. Por Nuestro Señor Jesucristo.
La Antífona de la Comunión nos hace notar, para después imitar, la perseverancia y la solicitud de las súplicas de la Santa Madre Iglesia.
COMUNIÓN
Clamo porque tú me oyes, oh Dios: inclina tu oído, y escucha mis palabras.
Al celebrar en los Misterios la memoria del Salvador según recomendación suya, no debemos perder de vista que estos Misterios sagrados son también el refugio de nuestra miseria. Sería una presunción o una locura no pensar utilizarlos en la oración, como en la Poscomunión hace la Iglesia.
POSCOMUNION
Hemos recibido, Señor, los dones de tu sagrado Misterio, suplicándote humildemente hagas que, lo que nos mandaste celebrar en recuerdo tuyo, se convierta en remedio de nuestra enfermedad. Tú, que vives.
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viernes, 3 de noviembre de 2017

4 de noviembre SAN CARLOS BORROMEO, ARZOBISPO de MILÁN y CARDENAL. Flos Sanctorvm Santoral



San Carlos Borromeo, ejemplar perfectísimo de sacerdotes y prelados, nació en el castillo de Arona, no lejos de Milán, y fueron sus padres el conde Gilberto y Margarita de Médicis, hermana del papa Pío VI. Terminados los estudios de humanidades, vino a la universidad de Pavía, donde se graduó de doctor en ambos derechos a la edad de veintidós años. En esta sazón fué sublimado al sumo pontificado su tío el cardenal Juan Angelo de Médicis; el cual maravillado de las raras prendas de su sobrino, le hizo cardenal y arzobispo de Milán, dióle otras dignidades, y lo que más es, cargó sobre él la mayor parte del gobierno de la Iglesia. No hallaba el santo en todas estas honras la satisfacción de su alma: y habiendo escogido por guía de su espíritu al padre Juan, de Ribera, de la Compañía de Jesús, hizo los ejercicios de san Ignacio, de los cuales salió tan enamorado que en adelante nunca dejó de hacerlos una o dos veces cada año. Mostrándole un día el duque de Mantua su regia biblioteca, sacó el santo su librito de los Ejercicios, diciéndole que valía más que toda aquella librería: y cuando se ordenó de sacerdote quiso celebrar su primera Misa en la capilla que usaba san Ignacio. Conociendo que la conclusión del Concilio tridentino había de ser para la universal reformación de la Iglesia, lo procuró con grande empeño, e hizo que se compusiera luego el catecismo romano. Desembarazado de la asistencia de Roma, con la muerte del papa, su tío, a quien administró los últimos sacramentos, pasó a su arzobispado de Milán, donde reformó las costumbres del clero y del pueblo; fundó seis seminarios, muchos monasterios, casas de religiosos y congregaciones piadosas que enseñasen a los niños la doctrina cristiana. Vendió el principado de Oria, que había heredado, y aplicaba las pensiones de la Iglesia para socorrer las necesidades de los menesterosos: y en tiempo de carestía, daba de comer en su casa a más de tres mil pobres. Vino sobre Milán una lastimosa peste, que el siervo de Dios había profetizado; y asistía a los enfermos, dábales por su mano los Sacramentos, y proveíales de todo lo que había menester. Para defenderlos del frío, hizo despojar su guardaropa, y llevar al hospital hasta su propia cama; y se redujo a tal necesidad, que su despensero había de pedir de limosna lo que había menester para el gasto ordinario del santo arzobispo. Ordenó muchas procesiones de penitencia, y en ellas iba desnudos los pies, con capa morada, echada la capilla sobre la cabeza, la falda tendida y arrastrando por tierra, y llevando en las manos un Cristo crucificado de gran peso, fijos en él los ojos, y vertiendo continuas lágrimas. El pueblo, al ver aquel espectáculo tan lastimoso, prorrumpía en voces de misericordia, que llegaron al cielo, y aplacaron la indignación de Dios. Finalmente, lleno de merecimientos y trabajos, descansó en el Señor a la edad de cuarenta y cinco años. 

Reflexión: Solía decir el santo, que la majestad de Dios le había guiado por camino extraordinario a su santo servicio, no por tribulaciones y adversidades, sino por la prosperidad y colmo de las mayores grandezas: pero que con luz divina había descubierto en ellas tanta vanidad e insuficiencia, que se maravillaba de la ceguedad del mundo, que anda tras ellas, y hace poca estima de la cumplida satisfacción y perfecto bien que se halla en solo Dios y su divino servicio. 

Oración: Conserva, Señor, tu Iglesia por la continua protección de san Carlos, tu confesor y pontífice; para que así como le colmó de gloria el cuidado que tuvo de su rebaño, así también nos encienda en tu amor su poderosa intercesión. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 

jueves, 2 de noviembre de 2017

3 de Noviembre: TERCER DÍA DE LA OCTAVA DE TODOS LOS SANTOS. Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger

INTENCIÓN DE LA OCTAVA. — Al hacernos celebrar durante ocho días la fiesta de todos los Santos, quiere la Iglesia que, animados con su ejemplo y dirigiendo nuestra mirada a la patria celestial, lleguemos también nosotros a ser santos y deseemos el cielo. Bastará leer las enseñanzas que nos da en el oficio de Maitines durante estos días, para siquiera formarnos alguna idea de la alegría, de la paz, de la concordia, de la luz y de la gloria del paraíso: 


SERMÓN DE SAN BEDA [1] . — "En el cielo nunca habrá la menor discordia, sino acuerdo en todo, en todo plena conformidad, porque la concordia será siempre la misma entre los Santos; en el cielo todo es paz y alegría, todo está tranquilo y en reposo; allí luce una luz perpetua, muy distinta de la de aquí, tanto más clara, cuanto es más excelente. Aquella ciudad, leemos en la Escritura, no necesitará de la luz del sol, porque "el Señor todopoderoso la iluminará y su lumbrera es el Cordero" [2] . "Los santos brillarán allí por siempre, eternamente, como las estrellas, y quienes enseñan a muchos resplandecerán con esplendor de cielo" [3] . "Allí, pues, no se conocerán la noche ni las tinieblas, ni aglomeración alguna de nubes; ni rigor de frío, ni excesivo calor, sino más bien un estado de cosas tan equilibrado que, "ni el ojo vió, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre pudo nunca comprender" [4]  nada que con ello se pueda comparar. Lo conocen los que han sido hallados dignos de gozarlo, "cuyos nombres están escritos en el libro de la vida"[5] , los cuales "lavaron sus vestidos en la sangre del Cordero" y "están ante el trono de Dios y le sirven noche y día"[6] . "Allí no hay vejez ni las miserias de la vejez, ya que todos han llegado al estado del hombre perfecto, a medida de la edad de Cristo"[7] . "Pero es más todavía el estar asociado a los coros de los Ángeles y de los Arcángeles, de los Tronos y de las Dominaciones, de los Principados y de las Potestades; gozar de la compañía de todas las Virtudes de la corte celestial; contemplar los diversos órdenes de los Santos más esplendorosos que los astros; contemplar a los Patriarcas iluminados por su fe; a los Profetas, rutilantes de esperanza y de alegría; a los Apóstoles dispuestos a juzgar a las tribus de Israel y a todo el mundo; a los Mártires, coronados con diadema resplandeciente por la púrpura de su victoria; en fin, a las Vírgenes, rodeada su frente con blancas flores"[8].

1 Este sermón y el de los días siguientes atribuidos a San Beda son en realidad o de Walafrid o Estrabón, o más bien, de Helisacar de Tréveris. Revue Bénédictine, 1891, P- 278. 
2 Apoc.j XXI , 23. 
3 Dan., XII , 3. 
4. I Cor., II, 9. 
5 Flp., IV , 3. 
6 Apoc., VII, 14. 
7 Ef., IV, 13. 
8 Sermó n d e los Santos. 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

2 de noviembre CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger


No queremos, hermanos que ignoréis lo tocante a la suerte de los muertos, para que no os aflijáis como los demás que no tienen esperanza. Este era el deseo del Apóstol escribiendo a los primeros cristianos; y el de la Iglesia hoy no es otro. En efecto, la verdad sobre los difuntos no pone sólo en admirable luz el acuerdo de la justicia y de la bondad en Dios: los corazones más duros no resisten a la misericordia caritativa que esa verdad infunde, a la vez que procura los más dulces consuelos al luto de los que lloran. Si nos enseña la fe que hay un purgatorio, donde las faltas no expiadas pueden retener a los que nos fueron queridos, también es de fe que podemos ayudarlos, y es teológicamente cierto que su liberación más o menos pronta está en nuestras manos. Recordemos algunos principios que pueden ilustrar esta doctrina.

LA EXPIACIÓN DEL PECADO. — Todo pecado causa en el pecador doble estrago: mancha su alma y le hace merecedor del castigo. El pecado venial causa simplemente un desplacer a Dios y. su expiación sólo dura algún tiempo; mas el pecado mortal es una mancha que llega hasta deformar al culpable y hacerle objeto de abominación ante Dios; su sanción, por consiguiente, no puede consistir más que en el destierro eterno, a no ser que el hombre consiga en esta vida la revocación de la sentencia. Pero, aun en este caso, borrándose la culpa mortal y quedando revocada por tanto la sentencia de condenación, el pecador convertido no se ve libre de toda deuda; aunque a veces puede ocurrir; como sucede comúnmente en el bautismo o en el martirio, que un desbordamiento extraordinario de la gracia sobre el hijo pródigo logre hacer desaparecer en el abismo del olvido divino hasta el último vestigio y las más diminutas reliquias del pecado, lo normal es que en esta vida o en la otra exija la justicia satisfacción por cualquier falta.

EL MÉRITO.—Todo acto sobrenatural de virtud, por contraposición al pecado, implica doble utilidad para el justo; con él merece el alma un nuevo grado de gracia; satisface por la pena debida a las faltas pasadas conforme a la justa equivalencia que según Dios corresponde al trabajo, a la privación, a la prueba aceptada, al padecimiento voluntario de uno de los miembros de su Hijo carísimo. Ahora bien, como el mérito no se cede y es algo personal de quien lo adquiere, así, por lo contrario, la satisfacción, como valor de cambio, se presta a las transacciones espirituales; Dios tiene a bien aceptarla como pago parcial o saldo de cuenta a favor de otro, sea de este mundo o del otro el concesionario, con la sola condición de que pertenezca por la gracia al cuerpo místico del Señor que es uno en la caridad.

Es la consecuencia, como lo explica Suárez en su tratado de los Sufragios, del misterio de la Comunión de los Santos, que en estos días se nos manifiesta: "Creo que esta satisfacción de los vivos en favor de los difuntos vale en justicia y que es infaliblemente aceptada en todo su valor y conforme a la intención del que la aplica, de suerte que, por ejemplo, si la satisfacción que me corresponde me valía en justicia, percibiéndola yo, el perdón de cuatro grados de purgatorio, otro tanto se la perdona al alma por quien la ofrezco.

LAS INDULGENCIAS. — Sabido es cómo secunda la Iglesia en este punto la buena voluntad de sus hijos. Por medio de la práctica de las Indulgencias, pone a disposición de su caridad el tesoro inagotable donde se juntan sucesivamente las satisfacciones abundantísimas de los Santos con las de los Mártires, y también con las de Nuestra Señora y con el cúmulo infinito debido a los padecimientos de Cristo. Casi siempre ve bien y permite que la remisión de la pena, que ella directamente concede a los vivos, se aplique por modo de sufragio a los difuntos, los cuales ya no dependen de su jurisdicción. Quiere esto decir que cada uno de los fieles puede ofrecer por otro a Dios, que lo acepta, el sufragio o ayuda de sus propias satisfacciones, del modo que acabamos de ver. Tal es la doctrina de Suárez, el cual enseña también que la indulgencia que se cede a los difuntos no pierde nada de la certeza o del valor que tendría para nosotros los que pertenecemos todavía a la Iglesia militante. Ahora bien, las Indulgencias se nos ofrecen en mil formas y en mil ocasiones.

Sepamos utilizar nuestros tesoros y practiquemos la misericordia con las pobres almas que padecen en el purgatorio. ¿Puede existir miseria más digna de compasión que la suya? Tan punzante es, que no hay desgracia en esta vida que se la pueda comparar. Y la sufren tan noblemente, que ninguna queja turba el silencio de "aquel río de fuego que en su curso imperceptible las arrastra poco a poco al océano del paraíso". El cielo a ellas de nada las sirve; allí ya no se merece. Dios mismo, buenísimo pero también justísimo, se ha obligado a no concederlas su liberación si no pagan completamente la deuda que llevaron consigo al salir de este mundo de prueba. Es posible que esa deuda la contrajesen por nuestra culpa o con nuestra cooperación; y por eso se vuelven a nosotros, que continuamos soñando en placeres mientras ellas se abrasan, cuando tan fácil nos es abreviar sus tormentos. Apiadaos, apiadaos de mi, siquiera vosotros, mis amigos, pues me ha herido la mano del Señor.

LA ORACIÓN POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO.— Como si el purgatorio viese rebosar más que nunca sus cárceles con la afluencia de multitudes que allí lanza todos los días la mundanalidad del siglo presente y acaso debido también a la proximidad de la cuenta corriente final y universal que dará término al tiempo, al Espíritu Santo ya no le basta sostener el celo de las cofradías antiguas consagradas en la Iglesia al servicio de los difuntos; suscita la Iglesia nuevas asociaciones y hasta familias religiosas, cuyo fin exclusivo es promover por todos los medios la liberación o el alivio de las almas del purgatorio. En esta obra, que es una especie de redención de cautivos, hay también cristianos que se exponen y se ofrecen a cargar sobre sí las cadenas de sus hermanos, renunciando para ello libre y voluntariamente, no sólo a sus propias satisfacciones, sino también a los sufragios de que se podían beneficiar después de muertos; acto heroico de caridad que no se debe hacer a la ligera, pero que aprueba la Iglesia; dicho acto da a Dios mucha gloria y, en el caso de un retardo temporal de la bienaventuranza, merece a su autor el estar más cerca de Dios para siempre, desde ahora por la gracia y después, en el cielo, por la gloria.

Y, si los sufragios de un simple fiel tienen tanto valor, ¡cuánto más tendrán los de toda la Iglesia en la solemnidad de la oración pública y en la oblación del augusto Sacrificio en que Dios mismo satisface a Dios por todas las faltas! La Iglesia, desde su origen, siempre rezó por los difuntos, como antes lo hizo la Sinagoga. Así como celebraba el aniversario de sus hijos mártires con acciones de gracias, así también honraba con súplicas el de los demás hijos, que quizá no estuviesen aún en los cielos. Diariamente se pronunciaban en los Misterios sagrados los nombres de unos y otros con el doble fln de la alabanza y de la oración; y, así como por no poder recordar en cada iglesia particular a cada uno de los bienaventurados del mundo entero, los incluyó a todos en una fiesta y en una mención común, así de igual manera hacía conmemoración general de los difuntos en todas partes y todos los días a continuación de las conmemoraciones particulares. Tampoco faltaban sufragios, observa San Agustín, a los que no tenían parientes ni amigos; ésos tenían para remediar su desamparo, el cariño de la Madre común.

SAN ODILÓN. — Al seguir la Iglesia desde un principio el mismo proceso respecto a la memoria de los bienaventurados y la de las almas del purgatorio era de prever que la institución de la fiesta de todos los Santos reclamaría muy pronto la actual Conmemoración de los fieles difuntos. Según nos dice la Crónica de Sigeberto de Gemblaux, el abad de Cluny San Odilón la instituía en 998 en todos los monasterios que de él dependían, para celebrarla perpetuamente al día siguiente de todos los Santos. Así respondía a las acusaciones que le denunciaban a él y a sus monjes, en visiones que se leen en su Vida, como los auxiliadores más intrépidos de las almas que se purifican en el lugar de la expiación, y también como los más temibles para los poderes infernales. El mundo aplaudió el decreto de San Odilón. Roma le hizo suyo y se convirtió en ley de toda la Iglesia latina.

Los griegos hacen una primera Conmemoración general de los difuntos la víspera de nuestro domingo de Sexagésima, que es para ellos el de carnestolendas o de Apocreos, en el cual celebran la segunda venida del Señor. Llaman a este día Sábado de ánimas, como también al Sábado que precede a Pentecostés, en que rezan de nuevo solemnemente por todos los difuntos.

MISA DE LOS DIFUNTOS

La Iglesia Romana tenía antiguamente doble tarea en este día en su servicio diario para con la divina Majestad. La memoria de los difuntos no la permitía olvidar la Octava de todos los Santos. El oficio del segundo día de esta Octava precedía al de los difuntos; a la hora de Tercia de todos los Santos, seguía la Misa correspondiente; y después de Nona del mismo oficio, ofrecía el Sacrificio del altar por los difuntos.

En nuestros días, solicitada por la caridad para con las pobres almas más numerosas y más desamparadas, las dedica hoy todas sus Horas canónicas y sólo después de Nona a la que sigue la misa solemne de los difuntos, vuelve a tomar el oficio de los Santos en las Vísperas del dos de noviembre.

En cuanto a la obligación de guardar fiesta el día de ánimas, era sólo de semiprecepto en Inglaterra, donde se permitían los trabajos más necesarios; en muchos lugares el cese del trabajo no excedía la mitad del día; en otros se prescribía únicamente la asistencia a la misa. París observó durante algún tiempo el dos de noviembre como fiesta de primera obligación: en 1673 el arzobispo Francisco de Harlay mantenía aún en sus estatutos el mandato de guardarle hasta el mediodía. Hoy ni en Roma existe ya la obligación.

La antífona del Introito no es más que la súplica apremiante que suple en el oficio de difuntos a otra cualquier doxología; está sacada de un pasaje del libro cuarto de Esdras. El segundo salmo de Laudes nos da el versículo.

INTROITO

Dales, Señor, el descanso eterno: y brille para ellos la luz perpetua. — Salmo: A ti, oh Dios, te corresponden loores en Sión, a ti se te darán votos en Jerusalén: escucha mi oración, a ti irán todos los hombres.

En la Colecta la Iglesia implora, en favor de las almas que sufren, la misericordia de su Esposo, del Dios hecho Hombre, al que llama Creador y Redentor, títulos que dicen todo lo que estas almas le costaron y le invitan a dar la última mano a su obra.

COLECTA

Oh Dios, Criador y Redentor de todos los fieles: concede a las almas de tus siervos y siervas el perdón de todos los pecados; para que, por nuestras piadosas súplicas, consigan la indulgencia que siempre ansiaron. Tú, que vives.

EPÍSTOLA

Lección de la Epístola del Ap. S. Pablo a los Corintios (I Cor., XV, 51-57).

Hermanos: He aquí un misterio que os digo: Todos resucitaremos ciertamente, pero no todos seremos transformados. En un momento, en un pestañear de ojos, al son de la última trompeta: porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptos: y nosotros seremos transformados. Porque es preciso que esto corruptible se revista de incorrupción: y que esto mortal se revista de inmortalidad. Mas, cuando esto mortal se hubiere vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: Fué absorbida la muerte por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? Pues el aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado es la Ley. Mas gracias a Dios, que nos dió la victoria por nuestro Señor Jesucristo.

MUERTE Y RESURRECCIÓN. — Mientras el alma, al salir de este mundo, suple en el purgatorio la insuficiencia de sus expiaciones, el cuerpo que dejó vuelve a la tierra para cumplir la sentencia lanzada contra Adán y su raza en el principio del mundo. Pero la justicia es amor tanto para el cuerpo como para el alma del cristiano. La humillación del sepulcro es justo castigo de la falta original; mas en ese retomo del hombre al polvo de la tierra de que fue formado, nos hace ver San Pablo además la siembra necesaria para la transformación del grano predestinado, que un día ha de volver a vivir en muy distintas condiciones. Es que, en efecto, la carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios ni los que están sujetos a la corrupción aspirar a la inmortalidad. Trigo candeal de Cristo, según la palabra de San Ignacio de Antioquía, el cuerpo del cristiano es arrojado al surco de la tumba para dejar en él lo que tenía de corruptible, la forma del primer Adán con su flaqueza y su pesadez; mas, por virtud del nuevo Adán, que le vuelve a formar a su propia imagen, saldrá completamente celestial y espiritualizado, ágil, impasible y glorioso. Gloria al qué sólo quiso morir como nosotros para destruir la muerte y hacer de su victoria nuestra victoria. La Iglesia continúa pidiendo con insistencia en el Gradual la liberación de los difuntos.

GRADUAL

Dales, Señor, el descanso eterno: y brille para ellos la luz perpetua. V. El justo dejará eterna memoria: no temerá la mala fama.

TRACTO

Absuelve, Señor, a las almas de todos los fieles difuntos de todo vínculo de pecado. J. Y, socorriéndolos tu gracia, merezcan evitar el juicio de la venganza. V. Y gozar de la dicha de la luz eterna.

La Iglesia antiguamente no excluía el Aleluya de los funerales de sus hijos; expresaba su alegría fundada en la esperanza de que una muerte santa acababa de asegurar al cielo un elegido más, aunque pudiese prolongarse algún tiempo la expiación del cristiano cuya vida, de prueba finalizaba. Con todo, la adaptación de la liturgia de los difuntos a los ritos de los últimos días de Semana Santa, aunque modificó en este punto antiguas costumbres, no quiso excluir de la Misa de los difuntos la Secuencia, la cual fue primitivamente una composición de carácter festivo y una continuación del Aleluya Roma hacia una excepción a las reglas tradicionales, a favor del poema atribuido erróneamente a Tomás de Celano. En Italia se cantó desde el siglo XIV el Dies irae y toda la Iglesia lo adoptó en el siglo XVI.

SECUENCIA

1. El día de la Ira, el día aquel disolverá al mundo en ceniza: testigo es David con la Sibila. 
2. ¡Cuánto temor habrá entonces, cuando se presente el Juez a discutir todo con rigor! 
3. La trompeta, lanzando su son por las tumbas de la tierra, llevará ante el trono a todos. 
4. Se pasmarán muerte y naturaleza, cuando resucite la criatura, para responder al Juzgador.
5. Abriráse el libro escrito, en que está todo contenido, por el que será juzgado el mundo.
6. Cuando, pues, se siente el Juez, aparecerá todo lo oculto: nada quedará sin vengar.
7. ¿Qué diré entonces, desgraciado? ¿Qué patrono invocaré, cuando apenas el justo estará seguro?
8. Rey de majestad tremenda, que a los buenos salvas gratis, sálvame a mí, fuente de piedad.
9. Acuérdate, Jesús piadoso, que soy de tu camino la causa: no me pierdas en aquel día.
10. Buscándome, te sentaste cansado: me redimiste sufriendo la cruz: no sea Inútil tanto trabajo.
11. Justo Juez de la venganza, da la gracia del perdón antes del día de la cuenta.
12. Gimo como verdadero reo: con la culpa enrojece mí cara: perdona, oh Dios, al que suplica.
13. Tú, que absolviste a María y escuchaste al J buen ladrón, a mí esperanza me diste. .
14. Mis plegarias no son dignas: pero tú haz,! bueno y benigno, que no arda en fuego perenne. .
15. Colócame entre las ovejas, y apártame de los* cabritos, poniéndome a la parte diestra. 
16. Refutados los malditos, aplicadas las crueles llamas: llévame con los benditos. .
17. Ruégote humilde y sumiso, el corazón, como ceniza, deshecho: Ten cuidado de mi fin..
18. Lacrimoso día aquel, en que surgirá del polvo el hombre para ser juzgado reo..
19. Perdona, pues, a éste, oh Dios: oh piadoso señor Jesús, dales el descanso. Amén.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según S. Juan (Jn., V, 25-29).

En aquel tiempo dijo Jesús a las turbas de los judíos: En verdad, en verdad os digo, que ha llegado la hora, y es ésta, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios: y, los que la escucharen, vivirán. Porque, como el Padre tiene la vida en si mismo, así dió también al Hijo el tener la vida en sí mismo: y le dió poder de juzgar, porque es el Hijo del hombre. No os maravilléis de esto, porque llega la hora en que, todos los que están en los sepulcros, oirán la voz del Hijo de Dios; e irán los que obraron bien, a la resurrección de la vida y los que obraron mal, a la resurrección del juicio.

LA VOZ DEL JUEZ. — El purgatorio no es eterno. Su duración es infinitamente diversa según las sentencias del juicio particular que sigue a la muerte de cada uno; para ciertas almas más culpables o que, excluidas de la comunión católica, están privadas de los sufragios de la Iglesia, puede prolongarse a siglos enteros, aunque la misericordia divina se dignase librarlas del infierno. Mas al fin del mundo y de todo lo que es temporal se ha de cerrar el purgatorio. Dios sabrá conciliar su justicia y su gracia en la purificación de los últimos llegados de la raza humana, supliendo, v. gr., con la intensidad de la pena expiatoria lo que podría faltar a la duración. Pero, en lo que se refiere a la bienaventuranza, mientras las sentencias del juicio particular son con frecuencia suspensivas y dilatorias y dejan provisionalmente el cuerpo del elegido y del condenado a la suerte común de la sepultura, el juicio universal tendrá carácter definitivo tanto para el cielo como para el infierno, y sus sentencias serán absolutas y se ejecutarán al instante íntegramente. Vivamos, pues, a la expectativa de la hora solemne en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios. El que tiene que venir, vendrá y no tardará, nos recuerda el Doctor de las gentes; su día llegará rápido y de improviso como un ladrón, nos dicen con él, el Príncipe de los Apóstoles y Juan el discípulo amado, haciendo eco a la palabra del mismo Jesucristo: como el relámpago sale del oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del Hombre.

Asimilémonos los sentimientos expresados en el Ofertorio de los difuntos. Aunque las benditas almas del purgatorio tienen asegurada para siempre la eterna bienaventuranza y ellas lo saben bien, con todo eso, el camino más o menos largo que las conduce al cielo, se abre entre el peligro del último asalto diabólico y las angustias del juicio. La Iglesia, pues, abarcando con su oración todas las etapas de esta vía dolorosa, anda solícita para no descuidar la entrada; y no teme llegar para eso demasiado tarde. Para Dios, cuya mirada abarca todos los tiempos, la súplica que hoy hace la Iglesia, estaba ya presente en el momento del paso tremendo y procuraba a las almas la ayuda que aquí se pide. Además, esta misma súplica la va siguiendo a través de los altibajos de su lucha contra las potestades del abismo, de las cuales se sirve Dios como de instrumentos en la expiación reclamada por su justicia, según lo han comprobado más de una vez los Santos. En esta hora solemne, en que la Iglesia presenta sus ofrendas para el augusto y omnipotente Sacrificio, redoblemos nosotros también nuestros ruegos por los finados. Imploremos su liberación de las fauces del león. Supliquemos al glorioso Arcángel, prepósito del paraíso, sostén de las almas al salir de este mundo, su guía enviado "por Dios, que las conduzca a la luz, a la vida, a Dios mismo, que se prometió como recompensa a los creyentes en la persona de su padre Abraham.

OFERTORIO

Señor Jesucristo, Rey de la gloria, libra las almas de todos los fieles difuntos de las penas del infierno y del profundo lago: líbralas de la boca del león, para que no las absorba el tártaro, ni caigan en lo obscuro: sino que el abanderado San Miguel las presente en la luz santa: Que prometiste en otro tiempo a Abraham y a su descendencia, y. Ofrecérnoste, Señor, hostias y preces de alabanza: tú acéptalas por aquellas almas cuya memoria celebramos hoy: hazlas, Señor, pasar de la muerte a la vida: Que prometiste en otro tiempo a Abraham y a su descendencia.

La fe, cuyas obras practicaron, es garantía para las almas del purgatorio de la recompensa postrera y la que hace a Dios propicio ante los dones ofrecidos en favor de ellas.

SECRETA

Suplicárnoste, Señor, mires propicio estas hostias que te ofrecemos por las almas de tus siervos y siervas: para que, a quienes diste el mérito de la fe cristiana, les des también el premio. Por Nuestro Señor Jesucristo.

PREFACIO

Es verdaderamente digno y justo, equitativo y saludable que siempre y en todas partes te demos gracias a ti, Señor santo. Padre omnipotente, Dios eterno, por Cristo nuestro Señor. En quien brilló para nosotros la esperanza de una resurrección bienaventurada, de suerte que a quienes contrista la certeza de tener que morir, los consuele la promesa de la futura inmortalidad. Porque a tus siervos. Señor, la vida se les cambia, no se les quita: y, desmoronada la casa de esta terrestre morada, alcanzan en los cielos una mansión eterna. Y, por eso, con los Angeles y los Arcángeles, con los Tronos y las Dominaciones, y con todo el ejército de la celeste milicia, cantamos el himno de tu gloria, diciendo sin cesar: Santo, Santo, Santo, etc.

Al Agnus Dei, la petición del descanso para los difuntos suple a la de la paz por los vivos.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, dales el descanso.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, dales el descanso.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, dales el descanso sempiterno.

Como caen los copos silenciosos de una nieve abundante en un día de invierno, así suben blancas y apacibles las almas liberadas, ahora cuando en todo el mundo, al finalizar sus largas súplicas, la Iglesia derrama a raudales sobre las llamas expiatorias la sangre redentora. Hechos fuertes con el valimiento que da a nuestra oración el participar en los Misterios sagrados, digamos con ella en la Comunión:

COMUNIÓN

Brille para ellos, Señor, la luz eterna: Con tus Santos para siempre: porque eres piadoso. V. Dales Señor, el descanso eterno: y brille para ellos la luz perpetua. Con tus Santos para siempre: porque eres piadoso.

Es tal, no obstante eso, y tan por encima de nuestros pensamientos humanos el misterio impenetrable y adorable de la justicia de Dios, que para algunas almas la expiación tiene que seguir aún. La Iglesia también, sin cansarse ni dejar de esperar, continúa su oración en la Poscomunión. La Santa Madre Iglesia recordará a los difuntos todos los días y a todas las Horas del oficio, en todas las Misas que se ofrecen a lo largo del año, de cualquier solemnidad que sean.

POSCOMUNION

Rogámoste, Señor, hagas que la oración de los que te suplicamos, aproveche a las almas de tus siervos y siervas: para que las libres de todos los pecados y las hagas participantes de tu redención. Tú, que vives.

El Benedicamus Domino, que hace las veces del Ite missa est en las misas en que se suprime el Gloria in excelsis, se reemplaza en las de difuntos por una invocación en favor de los finados:

Descansen en paz. Amén.

LAS TRES MISAS. — Aquí no damos más que el texto de la misa que se celebra por todos los fieles difuntos. Cada cual puede encontrar fácilmente en su misal el texto de las otras dos. Desde 1915, gracias a la piedad de Benedicto XV, los sacerdotes pueden en este día celebrar tres misas: una de ellas, a intención del celebrante, la segunda se dice por las intenciones del Papa y la tercera por todos los fieles difuntos.

Quiso Benedicto XV ayudar con esta generosidad no sólo a los miles y miles que durante la guerra cayeron en los campos de batalla, sino también a las almas cuyas fundaciones de misas habían sido robadas por la Revolución y confiscación de los bienes eclesiásticos.

Más recientemente Pío XI concedió una Indulgencia plenaria, aplicable a las almas del purgatorio, por la visita que se hiciese a un cementerio el 2 de noviembre y cualquier otro día de la Octava, pero con la condición de rezar por las intenciones del Romano Pontífice.