viernes, 5 de mayo de 2017

6 de Mayo: SÁBADO DE LA TERCERA SEMANA DESPUÉS DE PASCUA. Del Año Litúrgico de Dom Guéranger.


AGRADECIMIENTO PARA CON LA IGLESIA. — Iglesia de Jesús, prometida por él a la tierra en los días de su vida mortal, salida de su costado abierto por la lanza sobre la cruz, ordenada y perfeccionada por él en las últimas horas de su estancia en la tierra, te saludamos con amor como a nuestra Madre común. Eres la Esposa de nuestro Redentor, y tú nos has engendrado en él. Eres la que nos has dado la vida en el Bautismo; eres la que nos iluminas con la Palabra que produce en nosotros la luz; eres la que nos administras los socorros, por medio de los cuales nuestra peregrinación terrestre debe conducirnos al cielo; tú, en fin, la que nos gobiernas en orden a la salvación con tus santos mandamientos.


El Sábado nos recuerda a María; pero venerando las grandezas de la Madre de Dios, no perdemos de vista por eso, a la Santa Iglesia que fue, esta semana, objeto de nuestras contemplaciones. Consideremos hoy las relaciones de María con la Iglesia de su Hijo; esta mirada nos descubrirá nuevos aspectos sobre las dos Madres del género humano.

JESÚS Y SU MADRE. — Antes de que el Hombre-Dios entrase en posesión de la Iglesia que debía ser inaugurada ante todas las naciones en el día de Pentecostés; había preludiado esta posesión real uniéndose a aquella que merece, por encima de todo, ser llamada la Madre y la representante del género humano. Formada de la sangre más noble de nuestra raza, de la sangre de David, de Abrahán y de Sem, pura en su origen como lo fueron nuestros primeros padres al salir de las manos de su creador, destinada a la suerte más sublime que puede Dios elevar a una simple creatura, María fue sobre la tierra la cooperadora del Verbo encarnado, la Madre de los vivientes. En su persona, fue lo que la Iglesia ha sido después colectivamente. Su papel de Madre de Dios sobrepasa, sin duda, en dignidad a todas sus grandezas; pero no debemos por eso cerrar los ojos a las otras maravillas que brillan en ella.
 
María fue la primera creatura que respondió plenamente a la voluntad del Hijo de Dios descendido del cielo. En ella encontró la más viva fe, la más firme esperanza, el amor más ardiente. Jamás la naturaleza humana completada por la gracia había ofrecido a Dios un objeto de posesión tan digno de él.
 
Mientras esperaba celebrar su unión con el género humano en calidad de Pastor, fue Pastor de esta única oveja, cuyos méritos y dignidad sobrepasan, con mucho, a los de la humanidad entera, aunque se hubiese mostrado en todo y siempre fiel a Dios.
 
María ocupó pues el lugar de la Iglesia cristiana, antes de que naciese ésta. En ella el Hijo de Dios, encontró, no solamente una Madre, sino la adoradora de su divinidad desde el primer instante de la Encarnación. Hemos visto, el Sábado santo, cómo la fe de María sobrevivió a la prueba del Calvario y del Sepulcro, cómo esta fe que no vaciló un instante conservó sobre la tierra la luz que no debía extinguirse y que pronto iba a ser confiada a la Iglesia colectiva encargada de conquistar todas las naciones para el divino Pastor.
 
No entraba en los planes del Hijo de Dios el que su santa Madre ejerciese el apostolado exterior, al menos más allá de un cierto límite; por otra parte no debía dejarla aquí abajo hasta el fin de los tiempos; pues así como, después de su Ascensión, asoció su Iglesia a todo lo que obra por sus elegidos, así quiso él, durante su vida mortal, que María tomase parte con él en todas las obras que ejecutaba para la salvación del género humano. Aquella cuyo consentimiento formal había sido requerido antes de que el Verbo eterno se hiciese hombre en ella, se encontró, como hemos visto, al pie de la cruz, con el fin de ofrecer como creatura al que se ofrecía como Dios Redentor.
 
El sacrificio de la Madre se confundió con el sacrificio del hijo, que lo elevó a un grado de mérito que nuestro pensamiento mortal no podía comprender. Así, aunque en una medida inferior, la Iglesia se une a ella en una misma oblación con su Esposo divino en el sacrificio del altar. Hasta que la maternidad de la Iglesia que iba a nacer fuese proclamada, Miaría recibió de lo alto de la cruz la investidura de Madre de los hombres; y cuando la lanza vino a abrir el costado de Jesús, para dar paso a la Iglesia que procede del agua y de la sangre de la redención, María estaba de pie para acoger en sus brazos a esta futura madre que ella había representado con tanta plenitud hasta entonces.
 
MARÍA Y LA IGLESIA. — Dentro de pocos días contemplaremos a María en el Cenáculo, completamente abrasada del fuego del Espíritu Santo, y tendremos que exponer su misión en la Iglesia primitiva.
 
Detengámonos aquí hoy; pero al acabar echemos una última mirada sobre nuestras dos Madres, cuyas relaciones son tan íntimas, por desigual que sea la dignidad de la una y de la otra.
 
Nuestra Madre de los cielos, que es al mismo tiempo la Madre del Hijo de Dios, se considera estrechamente unida a nuestra Madre de la tierra, y no cesa de difundir sobre ella sus celestiales influencias. Si en su esfera militante triunfa ésta, es el brazo de María quien le asegura la victoria; si la, tribulación la oprime, es con el socorro de María con que sostiene la prueba. Los hijos de la una son los hijos de la otra, y las dos los engendran: una, que es "Madre de la divina gracia", por su oración todo-poderosa; la otra por la palabra y por el Santo Bautismo. Al salir de este mundo, si nuestras faltas mereciesen que la visión de Dios fuera retardada para nosotros, y que nos sea preciso descender al lugar donde las almas se purifican, los sufragios de nuestra Madre de la tierra nos acompañan y vienen a suavizar nuestros dolores; pero la sonrisa de nuestra Madre del cielo tiene más virtud aún para consolar y abreviar la rigurosa expiación que hemos merecido. En el cielo, el brillo con que resplandece la Iglesia glorificada hace saltar de admiración y de dicha a los elegidos, que la han dejado luchando aún sobre la tierra en que les engendró; pero sus ojos deslumhrados se fijan aún con más éxtasis y ternura sobre esta primera Madre que fue su estrella en las tempestades que, desde lo alto de su trono, no dejó de siguirles con su mirada previsora, les proporcionó con solicitud, los socorros que les han conducido a la salvación, y les abre para siempre esos brazos maternales sobre los cuales llevó en otro tiempo a "ese Primogénito". (S. Luc., II, 7) cuyos hermanos y coherederos somos.




Año Litúrgico de Dom Guéranger

jueves, 4 de mayo de 2017

5 de Mayo: VIERNES DE LA TERCERA SEMANA DESPUÉS DE PASCUA. Del Año Litúrgico de Dom Guéranger.

En tu seno maternal, oh Iglesia, estamos seguros, no tenemos nada que temer. ¿Qué puede contra nosotros el error? "Eres la columna y el apoyo de la verdad sobre la tierra." (I Tim., III, 13.) ¿Qué nos pueden hacer las persecuciones de la patria terrena? Sabemos que aunque todo falte, tú no puedes faltar. En estos mismos días, Jesús dijo a sus Apóstoles y en ellos a sus sucesores: "He aquí que estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos." (S. Matth., XXVIII, 20.) ¡Qué prenda de duración, oh Iglesia! La historia entera de la humanidad es testigo de si te ha fallado alguna vez en diez y nueve siglos. Mil veces han rugido las puertas del infierno; pero no han prevalecido contra ti una sola hora. Oh Iglesia, estando fundada en Cristo tu Esposo, nos haces participar de la divina inmutabilidad que has recibido. Estando apoyados en ti, no existe para nosotros verdad alguna que nuestro ojo, purificado por la fe, no pueda penetrar, ni bien alguno que, a pesar de nuestra debilidad, no podamos realizar, ni esperanza por infinita que sea, cuyo objeto no seamos capaces de poseer. Nos tienes en tus brazos, y desde la altura a que nos elevas, descubrimos los misterios del tiempo y los secretos de la eternidad. Nuestra mirada te sigue con admiración, ya te considere militante sobre la tierra, ya te encuentre paciente en tus miembros queridos, en la morada temporal de la expiación, ya, en fin, te descubra triunfante en los cielos: contemporánea nuestra en el tiempo, eres, por una parte de ti misma, heredera de la eternidad. ¡Madre nuestra, guárdanos contigo, guárdanos siempre en ti, que eres la amada del Esposo! ¿A quién iríamos sino sólo a ti, a quien ha confiado él las palabras de vida eterna?


INGRATITUD PARA CON LA IGLESIA.— ¡Qué dignos de lástima son, los que no te conocen, oh Iglesia! Sabemos sin embargo, que si buscan a Dios en el fondo de su corazón, te conocerán un día. ¡Qué dignos de lástima son los que te han conocido y que te niegan por su orgullo y por su ingratitud! Pero no acontece a nadie esa desgracia si no ha extinguido voluntariamente en sí la luz. ¡Qué dignos de lástima son los que te conocen y viven de tu sustancia maternal, y con todo eso se unen a tus enemigos para insultarte y traicionarte! Ligeros de cabeza, confiados en sí mismos, arrastrados por la audacia de su siglo, se diría que te consideran ya como una institución humana, y osan juzgarte, para absolverte o condenarte, según parezca conveniente a su sabiduría. En lugar de reverenciar, oh Iglesia, todo lo que has enseñado sobre ti misma y sobre tus derechos, todo lo que has ordenado, regulado, practicado, ocurre que, sin querer romper el lazo que les une contigo, se atreven a confrontar tu palabra y tus actos con las ideas de un supuesto progreso. En este mundo que te ha sido dado en herencia, estos hijos insolentes se permiten señalarte tu parte. En adelante, estarás bajo su tutela, Madre del género humano regenerado. De ellos aprenderás en adelante lo que conviene a tu ministerio aquí abajo. Hombres sin Dios y adoradores de lo que ellos llamaban los derechos del hombre, osaran hace ya más de un siglo, expulsarte de la sociedad política, que tú habías mantenido hasta entonces en relaciones con su divino autor. Para satisfacer hoy a sus imprudentes discípulos, te es preciso negar todos los monumentos de tus derechos públicos, y resignarte al papel de extranjera. Hasta aquí ejercías los derechos que has recibido del Hijo de Dios sobre las almas y sobre los cuerpos; ahora te es preciso aceptar, en lugar de tu realeza, la libertad común que una ley de progreso asegura lo mismo al error como a la verdad.


LA ADHESIÓN A LA IGLESIA.— ¡Oh Iglesia!, no tratamos de disfrazarte, sino de confesarte. Tú eres uno de los artículos de nuestro Símbolo: "Creo en la Santa Iglesia católica." Hace veinte siglos que los cristianos te conocen; saben que no marchas al capricho de los hombres. A ellos toca aceptarte tal como Jesús te hizo: signo de contradicción como a ellos el instruirse por tus reclamaciones, tus protestas, y no el reformarte sobre un nuevo tipo. Sólo una mano divina puede obrar este prodigio. ¡Qué bueno es, oh Iglesia, compartir tu suerte! En un siglo que ha dejado de ser cristiano, te has hecho impopular. Ya lo fuiste largo tiempo en los siglos pasados; y tus hijos no eran dignos de pertenecerte sino con la condición de temer comprometerse por ti. Han llegado de nuevo estos tiempos. No queremos separar nuestra causa de la tuya; te confesaremos siempre como nuestra Madre inmutable, superior a todo lo que pasa, y prosiguiendo tus destinos a través de siglos de gloria y de persecución, hasta que haya sonado la hora en que esta tierra que fue creada para ser tu dominio, te vea subir a los cielos, y huir de un mundo condenado a perecer sin remedio por haberte desconocido y puesto fuera de la ley.



 Año Litúrgico de Dom Guéranger



miércoles, 3 de mayo de 2017

4 de Mayo: JUEVES DE LA TERCERA SEMANA DESPUÉS DE PASCUA. Del Año Litúrgico de Dom Guéranger.

LA IGLESIA, SOCIEDAD VISIBLE. — La Iglesia que ha edificado el Salvador y que conserva con su mano divina ¿es solamente la sociedad de los espíritus que poseen y de los corazones que aman la verdad descendida del cielo? ¿Se la ha definido con acierto, cuando se la ha llamado sociedad espiritual? No ciertamente; pues sabemos que deberá extenderse y que se ha extendido de hecho en el mundo entero. Pues ¿cómo hubieran podido tener lugar esos progresos, cómo hubieran podido extenderse esas conquistas, si la sociedad fundada por el Redentor no hubiese sido exterior y visible, al mismo tiempo que espiritual? Las almas no se comunican sino por medio de los cuerpos. 

"La fe entra por el oído, dice el Apóstol; ¿pues, cómo oirán si no se les predica? (Rom., X, 17, 14). Cuando Jesús resucitado dice a sus Apóstoles: "Id, enseñad a todas las naciones" (S. Matth., XXVIII, 19), indica con claridad que la palabra deberá sonar al oído y que hará en el mundo un ruido tal que será oído tanto por los que se entreguen a esta palabra, como por los que la desdeñen. ¿Tiene esta palabra el derecho de circular tan libremente, sin pedir permiso a los poderes de la tierra? ¿Quién osará negar que tiene ese derecho? El Hijo de Dios dijo: "Id, y enseñad a todas las naciones"; debe ser obedecido; y la palabra de Dios confiada a sus enviados no podría permanecer encadenada." (II Tim., II, 9.)


LOS DERECHOS DE LA IGLESIA. — Héla aquí pues declarada libre, esta palabra exterior, y en su libertad engendra numerosos discípulos. Esos discípulos, permanecerán separados los unos de los otros? ¿No se agruparán alrededor de su apóstol para escucharle? ¿No se sentirán hermanos y miembros de una misma familia? Entonces, es preciso que se reúnan; y de repente aparece el pueblo nuevo, visible a todas las miradas.


Así debía ser; pues si este pueblo que debe absorver a los demás no atrajese las miradas, sus destinos no se cumplirían. Pero es preciso que este pueblo adquiera edificios, templos, etc... Va pues a levantar casas de predicación y de oración. El extranjero, a la vista de estos nuevos santuarios, se pregunta. ¿Qué es esto? ¿De dónde vienen esos hombres, que no rezan ya con sus conciudadanos? ¿No se la considerará nación dentro de nación? El extranjero tiene razón; es una nación dentro de la nación, hasta que la nación misma haya pasado toda entera a las filas de ese pueblo nuevo.


Las necesidades de toda sociedad exigen que tenga sus leyes, como tiene su jerarquía; la Iglesia mostrará pues a los ojos de todo el mundo los signos de un gobierno interior cuyos efectos se manifiesten al exterior. Son las fiestas, las solemnidades cuya pompa revela a un gran pueblo, con sus reglamentos rituales que forman entre los miembros de la sociedad un lazo visible tanto dentro como fuera del templo; mandamientos, órdenes emanadas de los diversos grados de la jerarquía, que las promulgan y han de reclamar su obediencia; instituciones, corporaciones que se mueven en el seno de la sociedad y que la ayudan y dan esplendor; todo, en fin, hasta las leyes penales contra los delincuentes y los refractarios.


Mas no basta a la Iglesia tener lugares de reunión para las asambleas de sus fieles; es preciso que se provea al mantenimiento de sus ministros, a los gastos del culto que da a Dios y a las necesidades de sus miembros indigentes. Por eso, la vemos que, secundada por la generosidad de sus hijos, toma posesión de ciertas partes del suelo, que por el mero hecho quedan consagradas por razón de su destino, y a causa de la dignidad sobrehumana de la que las posee. Más aún, cuando los príncipes, cansados de oponerse vanamente al progreso de la Iglesia, pidan ellos mismos formar parte de ella, será necesario que el Pastor supremo no esté sujeto a ningún rey temporal, y que él mismo sea rey. La sociedad cristiana acoge con aplauso este coronamiento de la obra de Cristo, a quien "todo poder fue dado en el cielo y en la tierra" y que debe un día reinar temporalmente en su Vicario.


Tal es, pues, la Iglesia: sociedad espiritual, pero exterior y visible, lo mismo que el hombre, espiritual en cuanto a su alma, pertenece a la naturaleza física por su cuerpo que forma parte esencial de sí mismo. El cristiano amará, pues, a la Santa Iglesia tal como Dios la ha querido, y tendrá horror a ese falso e hipócrita espiritualismo que para derribar la obra de Cristo, pretende arrinconar a la religión en el puro dominio del espíritu. No podemos aceptar este destino. El Verbo divino se revistió de nuestra carne; se dejó "ver, oír y tocar" (I S. Juan, 11); y dirigiéndose a los hombres, les organizó en una Iglesia visible, que habla y es palpable. Somos un vasto estado; tenemos nuestro monarca, nuestros magistrados, nuestros conciudadanos, y debemos estar prestos a dar nuestra vida por esta patria sobrenatural, cuya dignidad se eleva tan por encima de la patria terrenal como el cielo lo está por encima de la tierra.


LAS PERSECUCIONES DE LA IGLESIA. — Satanás, envidioso de esta patria que debe conducirnos a aquella de la cual está él excluido, en el curso de los siglos no ha desperdiciado ocasión para derribarla. Por de pronto, ha atacado la libertad de la palabra sagrada que engendra a los miembros de la Iglesia: "Os prohibimos—decían sus primeros representantes—hablar en adelante de ese Jesús." (Act., IV, 18.) La estratagema es hábil; y si no ha tenido éxito, si la predicación cristiana se ha abierto paso, a pesar de todo, no ha sido porque el enemigo no. la haya aplicado hasta nuestros tiempos en la medida que le ha sido posible. Las asambleas de los cristianos despertaron muy pronto las persecuciones del poder mundano. La violencia intentó dispersarlas; a menudo hemos quedado reducidos a buscar los antros y los bosques, a escoger las horas de la noche para celebrar los Misterios luminosos, para cantar los esplendores del divino Sol de justicia. ¡Cuántas veces, nuestros templos más amados, monumentos piadosos, consagrados por los más caros recuerdos, han cubierto la tierra con sus ruinas! Satanás quiso borrar hasta las huellas del dominio de su vencedor.


¡A qué tiránicas envidias han dado lugar, las leyes que la Iglesia promulga para sus fieles, y las relaciones de sus Pastores entre sí y con su Jefe! Se ha querido despojar a la sociedad de los cristianos hasta el derecho de gobernarse a sí misma; hombres serviles han ayudado a las gentes del César a encadenar a la Esposa del Hijo de Dios. Sus bienes temporales tentaron también la avaricia de los poderes del mundo; la procuraban la independencia; y luego se los arrebataban, a fin de que quedase en situación precaria: atentado que nuestras sociedades políticas expían cruelmente cada día.


Sin embargo, circulan los más odiosos errores: la idea de una Iglesia completamente espiritual, de una Iglesia que no debe ser visible, o a menos, que no consienta en llegar a ser uno de los resortes del gobierno nacional, esta idea impía y absurda, encuentra numerosos partidarios. En cuanto a nosotros, no olvidaremos los innumerables mártires que dieron su sangre para mantener y asegurar a la Iglesia de Jesucristo su calidad de sociedad pública, exterior, independiente de todo, yugo humano, en una palabra, completa en sí misma. Puede ser que nosotros seamos los últimos herederos de la promesa; mayor razón para proclamar hasta el fin, los derechos de la que Jesús se ha tomado por Esposa, a la cual ha conferido el imperio de este mundo que ha sido conservado sólo por ella, y que se derrumbará el día en que desaparezca.



Año Litúrgico de Dom Guéranger

martes, 2 de mayo de 2017

3 de Mayo: MIÉRCOLES DE LA TERCERA SEMANA DESPUÉS DE PASCUA. Del Año Litúrgico de Dom Guéranger.

SOLEMNIDAD DE SAN JOSE 

Hoy se suspende la serie de misterios del Tiempo pascual; otro objeto atrae por un momento nuestra atención. La Santa Iglesia nos incita a consagrar la jornada al culto del Esposo de María, del Padre nutricio del Hijo de Dios, Patrón de la Iglesia universal. El 19 de marzo le hemos rendido nuestro homenaje anual; pero se trata de erigir para la piedad del pueblo cristiano un monumento de reconocimiento a San José, socorro y apoyo de todos los que le invocan con confianza. 


HISTORIA DEL CULTO HACIA S. JOSÉ. — La devoción a S. José estaba reservada para estos últimos tiempos. Su culto, fundado en el Evangelio mismo, no debía desarrollarse en los primeros siglos de la Iglesia; no porque los fieles, considerando el papel de San José en la economía del misterio de la Encarnación, estuviesen coartados de algún modo en los honores que hubieran querido rendirle; sino que la divina Providencia tenía sus razones misteriosas para retardar el momento en que la Liturgia debía prescribir cada año los homenajes públicos debidos al Esposo de María. El Oriente precedió al Occidente, así como ocurrió otras veces, en el culto especial de San José; pero en el siglo XV, la Iglesia latina le habla adoptado todo entero, y desde entonces no ha cesado de progresar en las almas católicas. Las grandezas de S. José han sido expuestas el 19 de Marzo; el fin de la presente fiesta no es el volver sobre este inagotable asunto. Tiene su motivo especial de institución que es necesario dar a conocer. 

La bondad de Dios y la fidelidad de nuestro Redentor a sus promesas se unen siempre más estrechamente de siglo en siglo, para proteger en este mundo la chispa de vida sobrenatural que debe conservar él hasta el último día. En este fin misericordioso, una sucesión ininterrumpida de auxilios viene a caldear, por decirlo así, cada generación, y a traerle un nuevo motivo de confianza en la divina Redención. A partir del siglo XIII, en que comenzó a hacerse sentir el enfriamiento del mundo, como nos lo atestigua la misma Iglesia, ("Frigescente mundo"—Oración de la fiesta de los Estigmas de S. Francisco), cada época ha visto abrirse una nueva fuente de gracias. 

Apareció primero la fiesta del Santísimo Sacramento, cuyo desarrollo ha producido sucesivamente la Procesión solemne, las Exposiciones, las Bendiciones, las Cuarenta Horas. A ella siguió la devoción al santo Nombre de Jesús, cuyo apóstol principal fue S. Bernardino de Sena y la del "Vía Crucis" o "Calvario", que produjo tantos frutos de compunción en las almas. El siglo XVI vio renacer la comunión frecuente, por la influencia principal de S. Ignacio de Loyola y de su Compañía. En el XVII fue promulgado el culto del Sagrado Corazón de Jesús, que se estableció en el siglo siguiente. En el XIX, la devoción a la Santísima Virgen tomó un incremento y una importancia que son las características sobrenaturales de nuestro tiempo. Ha sido restablecida la devoción al santo Rosario, y al Santo Escapulario, que nos legaron las edades precedentes; las peregrinaciones a los santuarios de la Madre de Dios, suspendidas por los prejuicios jansenistas y racionalistas, han vuelto a resurgir; la Archicofradía del Sagrado Corazón de María ha extendido sus afiliaciones por el mundo entero; numerosos prodigios han venido a recompensar la fe rejuvenecida; en fin, para terminar: el triunfo de la Inmaculada Concepción, preparado y esperado en los siglos menos favorables. 

Pero la devoción a María no podía desarrollarse sin el culto ferviente de San José. María y José se hallan tan íntimamente unidos en el misterio de la Encarnación, ia una como Madre del Hijo de Dios, el otro como guardián del honor de la Virgen y Padre nutricio del Niño-Dios, que no se les puede aislar el uno del otro. Una veneración particular a S. José ha sido pues la consecuencia del desarrollo de la piedad hacia la Virgen Santísima. 

TÍTULOS DE S. JOSÉ A NUESTRA DEVOCIÓN. — Pero la devoción al Esposo de María no es solamente un justo tributo que rendimos a sus prerrogativas; es también para nosotros la fuente de un nuevo socorro tan extenso como poderoso, habiendo sido puesto entre las manos de San José por el mismo Hijo de Dios. Escuchad el lenguaje inspirado de la Iglesia en la Liturgia: ¡"Oh José, honra de los habitantes del cielo, esperanza de nuestra vida aquí abajo, el "sostén de este mundo"! (Himno de Laudes de la Solemnidad de S. José. "Caelitum, Joseph, decus atque nostrae"... etc.)
¡Qué poder en un hombre! Pero buscad también un hombre que haya tenido con el Hijo de Dios sobre la tierra relaciones tan íntimas como José. Jesús se dignó estarle sumiso aquí abajo; en el cielo, tiene empeño en glorificar a aquel de quien quiso depender, y a quien confió su niñez y el honor de su Madre. El poder de S. José es pues ilimitado; y la Santa Iglesia nos invita hoy a recurrir con una confianza absoluta a este Protector omnipotente. En medio de las terribles agitaciones de las cuales es el mundo víctima, invóquenlo los fieles con fe y serán protegidos. En todas las necesidades de alma y cuerpo, en todas las pruebas y crisis que el cristiano deba atravesar, así en el orden temporal como en el orden espiritual, que recurra a S. José y su confianza no se verá defraudada. El Rey de Egipto decía a sus pueblos hambrientos: "Id a José." (Gén., XLI, 55); el Rey del cielo nos hace la misma invitación; y el fiel custodio de María tiene más crédito ante él que el hijo de Jacob, intendente de los graneros de Menfis, lo tuvo ante el Faraón. 

La revelación de este nuevo refugio preparado para los últimos tiempos ha sido, desde luego, comunicada, según la costumbre que Dios guarda de ordinario, a las almas privilegiadas a las cuales estaba ella confiada como un germen precioso: así fue para la institución de la fiesta del Santísimo Sacramento, para la del Sagrado Corazón de Jesús, y para otras más. En el siglo XVI, Santa Teresa cuyos escritos estaban llamados a extenderse por el mundo entero, recibió en un grado superior comunicaciones divinas a este propósito, y consignó sus sentimientos y sus deseos en su vida escrita por ella misma.

SANTA TERESA Y S. JOSÉ. — He aquí como se expresa Santa Teresa: "Tomé por abogado y señor al glorioso San José y encomendeme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma: que a otros santos parece les dió el señor gracias para socorrer una necesidad; a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre siendo ayo, le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto otras algunas personas, a quien yo decía se encomendase a él, también por experiencia; y aun hay muchas que le son devotas de nuevo experimentando esta verdad." (Vida. cap. VI.)

Para responder a numerosos deseos y a la devoción del pueblo cristiano, el 10 de Septiembre de 1847, Pío IX extendió a la Iglesia universal la fiesta del Patrocinio de S. José que había sido concedido a la Orden de los Carmelitas y a algunas Iglesias particulares. Más tarde, Pío X debía elevar esta fiesta al rango de las mayores solemnidades dotándola de una Octava. 

Pongamos pues nuestra confianza en el poder del augusto Padre del pueblo cristiano, José, sobre quien han sido acumuladas tantas grandezas para que las repartiese entre nosotros, en una medida más abundante que los otros santos, las influencias del misterio de la Encarnación del mal ha sido, después de María, el principal ministro sobre la tierra.


Del Año Litúrgico de Dom Guéranger


 





lunes, 1 de mayo de 2017

2 de Mayo: MARTES DE LA TERCERA SEMANA DESPUÉS DE PASCUA. Del Año Litúrgico de Dom Guéranger.

EL PODER DE JURISDICCIÓN. — La Iglesia que Jesús resucitado organiza en estos días, y que debe extenderse por el mundo entero, es una sociedad verdadera y completa. Debe tener en sí misma un poder que la rija y que, por la obediencia de los súbditos, mantenga el orden y la paz. Hemos visto que el Salvador había previsto esta necesidad estableciendo un Pastor de las ovejas y los corderos, un vicario de su autoridad divina; pero Pedro no es más que un hombre; por muy grande que sea su poder, no puede ejercerlo directamente sobre todos los miembros del rebaño. La nueva sociedad tiene, pues, necesidad de magistrados de un rango inferior que sean, según la bella expresión de Bossuet, "ovejas para Pedro, y Pastores para los pueblos". (Sermón sobre la unidad de la Iglesia.) 



EL EPISCOPADO. — Jesús tiene todo previsto, ha elegido doce hombres a quienes ha llamado sus Apóstoles y a ellos confiará la magistratura de su Iglesia. Al separar a Pedro para hacerle Jefe y como su representante, no ha renunciado a hacerles servir para sus designios. Lejos de eso, están destinados a ser las columnas del edificio cuyo fundamento será Pedro. Son doce, como en otro tiempo los doce hijos de Jacob; pues el antiguo pueblo fue en todo la figura del nuevo. Antes de subir al cielo, Jesús les da el poder de enseñar por toda la tierra y les establece Pastores de los fieles en todos los lugares por donde vayan. Ninguno de ellos es jefe de los demás, sino Pedro, cuya autoridad parece tanto mayor cuanto más se eleva por encima de esos poderosos depositarios del poder de Cristo. 

Una delegación tan extensa de los derechos pastorales en la generalidad de los Apóstoles tenía por objeto asegurar la solemne promulgación del Evangelio; pero no debía sobrevivir, en esta vasta medida, en sus depositarios. El sucesor de Pedro debía solo conservar el poder apostólico en toda su extensión, y en adelante, ningún pastor legítimo ha podido ejercer una autoridad territorial ilimitada. El Redentor al crear el Colegio apostólico fundó también esta magistratura que nosotros veneramos con el nombre de Episcopado. Si los Obispos no han heredado la jurisdicción universal de los Apóstoles, si no han recibido como ellos la infalibilidad personal en la enseñanza, no por eso dejan de ocupar en la Iglesia el lugar de los Apóstoles. A ellos confiere Jesucristo las llaves mediante el sucesor de Pedro; y estas llaves, símbolo del gobierno, las usan ellos para abrir y para cerrar en toda la extensión del territorio asignado a su jurisdicción. 

¡Qué magnífica, qué imponente es esta magistratura del Episcopado sobre el pueblo cristiano! Contemplad en el mundo entero esos tronos sobre los que se sientan los pontífices presidiendo las diversas partes del rebaño, apoyados en el báculo pastoral, símbolo de su poder. Recorred la tierra habitada, franquead los límites que separan las naciones, pasad los mares; por todas partes os encontraréis con la Iglesia, y por todas partes encontraréis al Obispo ocupado en regir la porción del rebaño confiado a su custodia; y viendo que todos esos pastores son hermanos, que todos gobiernan sus ovejas en nombre del mismo Cristo, y que todos se unen en la obediencia a un mismo Jefe, comprenderéis entonces cómo es esta Iglesia una sociedad completa en cuyo seno la autoridad reina con tanto imperio. 

EL SACERDOCIO. — Por debajo de los Obispos, encontramos aún en la Iglesia otros magistrados de un rango inferior; la razón de su establecimiento se explica por sí misma. Designado para gobernar un territorio más o menos vasto, el Obispo necesita cooperadores que representen su autoridad, y la ejerzan en su nombre y bajo sus órdenes, allá donde ésta no pudiera ejercerse inmediatamente. Estos son los sacerdotes con cura de almas, cuyo lugar fijó el Salvador en la Iglesia, por la elección de los setenta y dos discípulos, que añadió a sus Apóstoles, a los cuales debían estar sometidos los discípulos. Complemento admirable del gobierno en la Iglesia, donde todo funciona en la más perfecta armonía, por medio de esta jerarquía desde cuya cima desciende la autoridad, y va a extenderse hasta los Obispos que la delegan enseguida al clero inferior. 

LA MISIÓN DE LOS APÓSTOLES. — Estamos en los días en que esta jurisdicción que Jesús había anunciado, emana por su divino poder. Ved con qué solemnidad la confiere: "Todo poder, dice, me ha sido dado en el cielo y en la tierra: id, pues, enseñad a todas las naciones." (S. Matth., XXVIII, 18.) Así, este poder que los pastores van a ejercer, es de su propia autoridad de donde lo saca; es una emanación de su propia autoridad en el cielo y sobre la tierra; y a fin de que comprendiésemos más claramente cual es la fuente, dice también esos mismos días: "Como mi Padre me ha enviado, así os envío yo." (S. Juan, XX, 21.) 

Así, el Padre ha enviado al Hijo y el Hijo envía a los Pastores, y esta "misión" no será nunca interrumpida hasta la consumación de los siglos. Siempre instituirá Pedro los Obispos, siempre los Obispos conferirán una parte de su autoridad a los sacerdotes destinados al ministerio de las almas; y ningún poder humano sobre la tierra podrá interceptar esta transmisión, ni hacer que los que no han tenido parte en ella tengan el derecho de considerarse por pastores. El César gobernará el Estado; pero será incapaz para crear un solo pastor; pues el César no tiene ninguna parte en esta jerarquía divina, fuera de la cual la Iglesia no reconoce más que súbditos. A él toca el mandar como soberano en las cosas temporales: a él toca también obedecer, como el último de los fieles, al Pastor encargado del cuidado de su alma. Más de una vez se mostrará celoso de este poder sobrehumano; buscará el interceptarlo; pero este poder no se puede usurpar; su naturaleza es puramente espiritual. Otras veces el César maltratará a los depositarios; se le ocurrirá incluso, en su locura el tentar ejercerlo él mismo; ¡vanos esfuerzos!, este poder que remonta, hasta Cristo no se confisca, no se embarga; es la salvación del mundo, y la Iglesia en el último día debe remitirlo intacto al que se dignó confiarlo antes de subir donde está su Padre.


Año Litúrgico de Dom Guéranger