martes, 17 de julio de 2018

18 de julio. San Camilo de Lelis, fundador. — (t 1614) Flos Sanctorvm Santoral



El ángel consolador de los enfermos y moribundos, san Camilo de Lelis, nació de padres ilustres por la nobleza de su sangre, en la villa de Voquíanico, en el arzobispado de Chieti del reino de Napóles. Cuando su madre Camila dio a luz a nuestro santo, era ya de edad de sesenta años y tuvo un sueño misterioso, en que vio a su hijo con una cruz en el pecho, acompañado de otros muchos niños que llevaban también en el pecho unas cruces semejantes. Siguió Camilo, como su padre, los ejercicos de las armas, sirviendo en los ejércitos de Venecia y de España, y llevando una vida no menos trabajosa que licenciosa. Mas habiendo oído los santos consejos de un religioso capuchino, el día de la Purificación de Nuestra Señora, se sintió tocado de Dios de manera que saltando del caballo en que iba camino de Manfredonia, se hincó de rodillas sobre una piedra y empezó a deshacerse en llanto copiosísimo pidiendo a Dios perdón de sus pecados, y proponiendo hacer asperísima penitencia. Con este ánimo, se llegó al padre guardián de los capuchinos de Manfredonia, rogándole que le diese el santo hábito: mas no pudo llevarlo sino algunos meses, porque batiéndole de continuo en la corva del pie, le abría una llaga antigua que en él tenía, la cual no se le cerró en toda la vida. Pasó entonces a Roma, y se consagró enteramente al servicio de los enfermos en el hospital llamado de Incurables, donde echó los cimientos de su gran santidad, ayudado por los avisos del padre san Felipe Neri, que era su confesor. Dolíase mucho de ver cuánto padecían los enfermos por el descuido de los enfermeros asalariados; y pensó en instituir una congregación de enfermeros religiosos que sirviesen en los hospitales por solo amor de Jesucristo, y encomendando esta obra al Señor, vio cómo Jesús, desclavando las manos de la cruz, le dijo: «Lleva adelante tu empresa, que yo te ayudaré». En esa sazón consideró Camilo que siendo seglar como era, no podría ayudar como deseaba a las almas de los enfermos, y así empezó a estudiar la gramática, no avergonzándose de aparecer en medio de los niños, siendo de edad de treinta y dos años, y con grande aplicación prosiguió sus estudios hasta ordenarse de sacerdote. Fundó después su nueva orden, en la cual se obligaban los religiosos con un cuarto voto, a asistir a cualesquiera enfermos de pestilencia: y en efecto, en una peste que hizo grande estrago en Roma, ejercitaron su heroica caridad con los apestados, entrando a veces con escalas en sus casas, por estar enfermos todos los que en ellas moraban, y no haber quien pudiese abrirles la puerta. Son indecibles las proezas de caridad que hizo en los numerosos hospitales que fundó en toda Italia; hasta que habiendo renunciado el generalato de su Orden y vuelto a servir en el Hospital del Espíritu Santo que había en Roma, dijo: «Aquí será mi descanso»; y en efecto, a los sesenta y cinco años de su edad, descansó en el Señor y recibió la corona de sus grandes trabajos y merecimientos.

Reflexión: ¿Qué te parece, cristiano lector? Si hubieses de parar como pobre enfermo en un hospital, ¿no preferirías la dulcísima caridad de san Camilo y de sus hijos religiosos, al servicio negligente, frío y puramente interesado de ciertos hospitales secularizados? Espanta lo que cobran los enfermeros laicos, y hace derramar lágrimas la inhumanidad que usan con los pobres enfermos, haciendo de su oficio de caridad un vilísimo negocio.

Oración: Oh Dios, que adornaste a san Camilo de una singular caridad para socorrer a los que luchan en la última agonía, infunde en nosotros el espíritu de tu amor, para que en la hora de nuestra muerte merezcamos vencer al común enemigo, y alcanzar la corona celestial. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

lunes, 16 de julio de 2018

17 de julio. San Alejo, confesor, — (t 417) Flos Sanctorvm Santoral



El humildísimo siervo de Cristo san Alejo, nació en la ciudad de Roma y fué hijo de un gran caballero rico y poderoso que se llamaba Eufemiano. Por obedecer a sus padres, se desposó con una doncella de esclarecido linaje: mas inspiróle Dios que hiciese un perfecto holocausto de sí mismo y de todos los deleites del mundo. Obedeció Alejo; entró en el aposento donde estaba su esposa, y dióle un anillo de oro y una cinta muy rica envuelta en un velo colorado de seda, y dijóle que guardase aquellas joyas en prenda de su amor hasta que Dios otra cosa ordenase; y tomando luego algunos dineros, mudó el traje y partió a Laodicea, y de allí a Edesa, en la Mesopotamia, donde se vistió de pobre y comenzó a mendigar. Lo más del tiempo vivía debajo de un portal de una iglesia de Nuestra Señora. Quedaron atónitos los padres de Alejo, sabiendo que no se hallaba en casa, la madre en un perpetuo llanto, la esposa deshaciéndose en lágrimas, y el padre, enviando por todas partes criados que le descubriesen a su hijo. Por señas que algunos de ellos tuvieron, llegaron a Edesa, donde Alejo estaba; pero le hallaron tan trocado, que le dieron limosna y no le conocieron. Diez y siete años estuvo en Edesa, y haciéndose después a la vela hacia Tarso de Cilicia para visitar el templo del apóstol san Pablo, una brava tempestad lo llevó a Italia, y viéndose ya en el puerto de Ostia, determinó entrar en Roma, y para triunfar más gloriosamente de sí mismo, irse a la casa de sus mismos padres, donde entendía que no sería conocido. Acogióle en efecto su padre, que era muy caritativo y amigo de socorrer a los pobres, y el santo se aposentó en una camarilla estrecha y oscura en el portal de la casa, donde padeció grandes molestias de los criados: porque como si fuera un simple e insensato, le daban bofetadas, le echaban cosas inmundas y Te hacían otras muchas befas y agravios. Diez y siete años pasó el santo en esta vida tan abatida y admirable, hasta que teniendo revelación del día de su muerte, escribió en un papel su nombre y el de sus padres y de su esposa, y el viernes siguiente entregó su espíritu al Creador. Estaba a la sazón el papa diciendo misa delante del emperador, y oyóse una voz del cielo que decía: «Buscad al siexvo de Dios en casa de Eufemiano», y halláronle tendido en el suelo, cercado de gran resplandor y hermoso como un ángel. Ecio, cancelario, por mandato del pontífice y del emperador, leyó la carta que el santo tenía apretada en sus manos, en ella halló los nombres de sus padres y de su esposa, la cual derribándose sobre el sagrado cadáver, dijo tales cosas que ablandaran corazones de piedra. Fué sepultado el día siguiente con grandísima pompa en la iglesia de san Bonifacio, y el Señor le glorificó con grandes prodigios.


Reflexión: Es Dios (coma dice el real profeta) admirable en sus santos: pero lo es muy particularmente en su humildísimo siervo san Alejo. ¡Qué castidad tan entera y pura infundió en su alma! ¡qué obediencia para menospreciar los regalos de su casa y dejar a sus padres, esposa, deudos y amigos! ¡qué pobreza de espíritu para vivir tantos años como mendigo! y sobre todo esto ¡qué fortaleza y sufrimiento para triunfar de sí y del mundo con un género de victoria tan nuevo y glorioso! Sea el Señor bendito y glorificado para siempre en sus santos y a nosotros nos dé gracia para hacer por su amor, siquiera los pequeños sacrificios que nos pide.

Oración: Oh Dios que cada año nos alegras con la solemnidad del bienaventurado Alejo tu confesor, concédenos que imitemos las acciones de aquel, cuyo nacimiento al cielo celebramos. Por Jesi cristo, nuestro Señor. Amén.

domingo, 15 de julio de 2018

16 de julio. El triunfo de la Santa Cruz. — (1212) Flos Sanctorvm Santoral



Entre las ilustres victorias que Dios nuestro Señor ha dado a los cristianos contra los infieles y enemigos suyos, es muy admirable la de las Navas de Tolosa, que alcanzó el rey de Castilla don Alfonso el VIII, en compañía de los reyes de Aragón y de Navarra, sobre el rey moro Mahomat y su innumerable ejército. Recabó el arzobispo de Toledo del papa Inocencio III que concediese cruzada a todos los que viniesen a aquella guerra, y les otorgase las mismas gracias e indulgencias que se concedían a los que iban a la conquista de la Tierra Santa; y fué tan grande el concurso de gentes que acudieron de toda España y aun de Francia e Italia, que se puso en orden uno de los más lucidos ejércitos que en España se habían visto. Salieron pues de Toledo los soldados cristianos a los veinte días del mes de junio; y venciendo las dificultades del camino, ganaron de mano de los bárbaros algunos pueblos, como Malagón y Calatrava, y llegaron al puerto que llaman del Muradal, en donde estaba el rey Mahomat con su ejército muy grande y poderoso. Supo el moro de sus espías que los cruzados extranjeros se habían retirado, en cierto motín que sucedió en el ejército; y determinó esperar al rey en campo raso, y así se retiró un poco a los llanos de Baeza, dejando en las Navas de Tolosa (que es un paso muy estrecho) jarte de su gente para hacer daño en los cristianos. El camino era muy trabajoso y áspero, y los enemigos estaban ya a la vista; mas un pastor muy práctico de toda aquella tierra guió a los cruzados por la ladera del monte, de tal manera, que llegaron al sitio que deseaban, viéndolos los enemigos sin poderles estorbar el paso. El rey Mahomat presentó luego batalla a los cristianos, y llegada la noche del domingo, el rey Alfonso mandó pregonar a sus tropas que se apercibiesen para la batalla con la confesión y comunión; y levantando las manos al cielo, suplicó al Señor les diese victoria de sus enemigos. Vinieron pues a las manos los dos ejércitos, y al principio parecía que llevaban lo mejor los moros, de manera que el rey dijo al arzobispo don Rodrigo: <Ea, arzobispo; muramos aquí, yo, y vos!» Mas el arzobispo le respondió:

«No, señor, no moriremos, sino que venceremos. Y luego se conoció la ventaja de los cristianos y el favor del cielo; porque la cruz que un canónigo de Toledo llevaba delante del arzobispo, pasó por todos los escuadrones enemigos sin daño del que la llevaba, con tirarle de todas partes infinitas saetas, y llegando el estandarte real que llevaba una imagen de Nuestra Señora a donde estaba la mayor fuerza del ejército moro, lo desbarató y deshizo como humo. El rey Mahomat, con algunos de su corte, apenas pudo escapar, quedando muertos en el campo doscientos mil almohades. Esta insigne victoria llenó de grande alegría y regocijo a toda la cristiandad, y para memoria de ella se instituyó la fiesta del triunfo de la santa Cruz, porque la santa Cruz rompió por medio de los escuadrones enemigos y quebrantó aquel día todo el poder de la soberbia morisma.

Reflexión: Supliquemos al Señor que por la virtud de la santa Cruz sea también confundida y humillada la arrogancia de los herejes, sectarios v demás enemigos de Jesucristo, que turban la paz del pueblo cristiano con tan grande menoscabo de su felicidad temporal y eterna.

Oración: Oh Dios, que por la virtud de tu santa Cruz diste a tu pueblo creyente glorioso triunfo de sus enemigos, rogámoste» que concedas victoria y honra perpetua a los piadosos adoradores de la santa Cruz. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

16 de julio. Nuestra Señora del Carmen o del Santo Escapulario. Flos Sanctorvm Santoral



Celebra en este día la santa Iglesia la festividad de nuestra señora llamada del Carmen o del Monte Carmelo, porque de aquel santo monte, desde donde vio el profeta Elias aquella nubécula maravillosa, que era figura de la "Virgen santísima, trae su nombre la religión carmelitana, a la cual enriqueció la Reina de los cielos con la vestidura del santo Escapulario, que desde entonces acá ha sido la librea, el escudo y prenda de salud de todos sus fieles devotos. Refiérese, en las crónicas que ya desde los tiempos apostólicos muchos santos hombres se juntaron en la soledad del Carmelo para celebrar la gloria del Señor y dar culto especial a su Madre santísima, más cuando los sectarios del falso profeta Mahoma hicieron grande estrago en aquellas regiones, los solitarios hubieron de ocultarse en las cavernas, donde moraron hasta que los ejércitos de las Cruzadas pasaron a la Tierra Santa y persuadieron a aquellos devotos siervos de la Virgen que viniesen a las tierras de Europa; y hacia la mitad del siglo XIII, vinieron algunos de ellos en compañía de san Luis rey de Francia, quedándose unos en cierta ermita que está a una legua de Marsella, y embarcándose otros con rumbo a Inglaterra, a donde el Señor les guiaba. Allí les habló y conoció por divina revelación el admirable Simón> Stock, el cual, habiendo abrazado el instituto de aquellos santísimos religiosos carmelitas, partió a Jerusalén, visitó con los pies descalzos los santos lugares, y se detuvo seis años en el Monte Carmelo, donde se dice que la Virgen le sustentó milagrosamente. En volviendo a su patria fué nombrado por voz común de todos sus hermanos, Superior general de la orden, y entonces se le apareció la gloriosa Reina de los cielos con majestad, acompañada de coros angélicos, y llevando en la mano un escapulario, que entregó al santo, diciéndole con muy blandas y amorosas palabras: «Toma, querido hijo, este escapulario de tu orden, como insignia de mi cofradía, y privilegio singular para ti y tus carmelitas; es una señal de predestinación y alianza de paz y pacto sempiterno: los que con él murieren no padecerán el fuego eternal». Apenas se publicó en el mundo tan provechosa devoción y tan rica prenda, los reyes y los pueblos se vistieron a porfía del sagrado escapulario y se alistaron en la cofradía de la Virgen del Carmen, los sumos pontífices la aprobaron y colmaron de alabanzas e indulgencias, y la misma Reina de los cielos la autorizó con estupendos y soberanos prodigios, librando a sus devotos de innumerables peligros del cuerpo y del alma.

Reflexión: Es, pues, el Santo Escapulario del Carmen la librea de los verdaderos hijos de la Virgen; es una prenda de eterna vida, y conforme se dice en el decreto del papa Paulo V, pueden los fieles piadosamente creer que todos los cofrades del Carmen, que religiosamente cumplen sus obligaciones, y mueren en gracia de Dios, adornados con el santo escapulario, si han de pasar por el purgatorio, experimentan allí el singular patrocinio de la Virgen santísima, especialmente el día sábado, que a su culto tiene consagrado la Iglesia. No dejes pues de llevar el santo escapulario, que será para ti escudo soberano contra los enemigos visibles e invisibles, y al armarte con él, piensa que es un regalo que te hace la Virgen, y una prenda de eterna salvación.

Oración: ¡Oh Dios! que honraste la orden del Monte Carmelo con el título especial de tu Madre bienaventurada la Virgen María, concédenos benigno, que amparados con la protección de esta soberana Señora, cuya memoria tan solemnemente celebramos, merezcamos llegar a los eternos gozos de la gloria. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

sábado, 14 de julio de 2018

15 de julio. San Enrique I, emperador de Alemania. — (t 1024) Flos Sanctorvm Santoral



El admirable emperador de Alemania san Enrique, por sobrenombre «el piadoso, nació en el castillo de Abaudia, sobre el Danubio, y fué hijo de Enrique, duque de Baviera, y de Gisela, hija de Conrado, rey de Borgoña. Bautizóle el santo obispo de Ratisbona, Wolfango, el cual tomó a su cuenta la educación del niño y le hizo letrado, y aficionado a toda virtud. Habiendo heredado el santo príncipe los estados de su padre, fué elegido con gran conformidad por emperador de Alemania, sucediendo en el imperio a Otón III. Consultaba con Dios todo lo que había de disponer en el gobierno de sus vasallos, orando fervorosamente, dando largas limosnas, y tomando el parecer de los varones más santos y prudentes. Estando un día para asistir a unos espectáculos o fiestas públicas que parecieron mal a san Popón, abad, el critsiano príncipe luego las dejó y mandó que no se hiciesen. Reparó muchas iglesias que estaban destruidas de los esclavones y otros bárbaros, y amplificó en todo su imperio la religión católica y el culto divino. Habiendo vencido a Roberto, rey de Francia, y hecho paces con él, juntó un buen ejército contra los infieles, especialmente los polacos, bohemios, moravos y esclavones, y ciñéndose la espada que había sido de san Adriano mártir, salió a campaña, haciendo voto a san Lorenzo de reedificar su iglesia de Merseburgo si le alcanzaba victoria. Y cuando le salieron al encuentro los príncipes enemigos con un formidable ejército de gente innumerable, mandó que todas sus tropas se confesasen y comulgasen, como solían hacer, en semejantes ocasiones, y les exhortó a pelear animosamente, esperando el favor del cielo. Dio el Señor entera victoria de sus enemigos al santo emperador, el cual hizo tributarias a Polonia, Bohemia y Moravia, y declaró luego guerra a los borgoñones, que aunque estaban muy poderosos y armados, se le rindieron sin querer pelear. Pasó más tarde a Italia para restituir, como lo hizo, a la silla de san Pedro a Benedicto VIII, de la cual había sido injustamente despojado. Recobró con gran valor la provincia de la Pulla, que le habían usurpado los griegos, y fué cognado en Roma con gran solemnidad por el papa Benedicto. Cuando volvió a Alemania, quiso pasar por Francia y visitar el monasterio cluniacense que florecía con gran fama de santidad, y estando allí oyendo misa de la Cátedra de san Pedro, llevado de un gran fervor ofreció en ella su corona de oro llena de preciosísimas piedras. Finalmente, después de tantas; victorias y obras heroicas de virtud, viendo que llegaba su última hora, llamó a los príncipes del imperio, y tomando por la mano a su mujer, santa Cunegunda, se la encomendó encarecidamente, declarandoque estaba virgen, y que ambos habían, guardado castidad y vivido como hermanos. Murió el santo emperador a la edad de cincuenta y dos años. 

Reflexión: Grande es la obligación que tienen los príncipes y gobernantes cristianos de amparar nuestra santísima religión. Del cumplimiento de este sagrado deber depende, como has leído, la prosperidad de los estados, porque la religión inspira así a los gobernantes como a los pueblos gobernados sentimientos de toda virtud y justicia que son la mejor garantía de la paz y felicidad de las naciones. Pero ¿qué ha de suceder si en la corte y en el reino imperan la irreligión, el egoísmo, la inmoralidad y la falta de toda justicia y temor de Dios? 

Oración: ¡Oh Dios! que en este mismo día trasladaste al bienaventurado Enrique, tu confesor, desde el trono de la tierra al reino de la gloria; rogámoste humildemente que nos des tu ayuda para despreciar como él los halagos de este mundo, y llegar a ti por la inocencia de nuestras costumbres. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

viernes, 13 de julio de 2018

14 de julio. San Buenaventura, obispo y doctor. — (t 1274) Flos Sanctorvm Santoral



El seráfico doctor de la Iglesia san Buenaventura, nació de padres esclarecidos por su linaje en una pequeña ciudad de Toscana, llamada Bagnarea. Siendo muy niño tuvo una tan recia enfermedad, que le deshauciaron los médicos; y su madre prometió a san Francisco que, si alcanzaba la salud de su hijo, procuraría que tomase el hábito de su santa religión, como lo hizo en efecto Buenaventura a ia edad de veintidós años. Hecha su profesión religiosa, tuvo por maestro en París al famosísimo Alejandro de Hales, y leyó después al maestro de las sentencias en aquella universidad, con grande aplauso, y allí tomó el grado de doctor el mismo día que lo recibió el angélico doctor de la Iglesia, santo Tomás, con el cual tuvo muy estrecha amistad, y con su humilde porfía le rindió para que se graduase primero que él. Entrando un día santo Tomás en la celda de san Buenaventura le rogó que le mostrase los libros más secretos de donde sacaba sus altísimos y divinos conceptos; entonces el santo le enseñó un crucifijo que tenía allí delante y le dijo: <<Sabed cierto, padre, que éste es mi mejor libro». Otra vez le halló santo Tomás escribiendo la vida de san Francisco, su padre, y no le quiso estorbar, diciendo: «Dejemos al santo que trabaje por otro santo*. Con esta santidad y sabiduría juntaba san Buenaventura una prudencia tan maravillosa, que siendo de solos treinticinco años, con gran conformidad fué elegido ministro general de la orden. Por este tiempo se trasladó el cuerpo de san Antonio de Padua a una iglesia suntuosa que se le había edificado en la misma ciudad de Padua. Hallóse presente a esta traslación san Buenaventura, y hallando entre los huesos de la boca, la lengua del santo tan fresca y hermosa como si estuviera vivo, con ser ya el año treintidos de su muerte, tomóla en sus manos el santo general, y derramando muchas lágrimas, exclamó: «¡Oh lengua bendita que siempre bendijiste a Dios y enseñaste a otros que lo bendijesen! ¡Bien muestras ahora cuan agradable le fuiste!». Y besándola con grande reverencia la mandó poner en lugar honorífico. Considerando la soberana majestad de Jesucristo sacramentado estuvo muchos días sin osar llegarse al altar, y un día oyendo misa, al tiempo que el sacerdote partía la hostia, una parte de ella se vino a él y se le puso en la boca. Muerto el papa Clemente IV, y no concertándose los cardenales en la persona que habían de elegir, dieron sus votos a san Buenaventura, para que él solo eligiese al que le pareciese más digno de sentarse en la silla de san Pedro, y él nombró a Teobaldo, que en su asunción se llamó Gregorio X. También llevó el mayor peso de los gravísimos negocios que se trataron en el concilio de León, y poco después que el papa le hizo allí cardenal y obispo de Albano, quiso Dios honrarle llevándole para sí a la edad de cincuenta y tres años.

Reflexión: Los muchos y doctísimos libros que dejó escritos san Buenaventura están llenos de una doctrina celestial y de un fuego de amor divino que alumbra el entendimiento de los que los leen, y abrasa su voluntad, y penetrando hasta lo más íntimo de las entrañas, les compungen con unos estímulos de serafín, y les bañan de una suavísima dulzura de devoción. Procura pues, amado lector, traer en las manos los libros de este doctor seráfico y también los demás escritos de los santos, que en ellos está atesorada la verdadera sabiduría que alimenta, perfecciona y satisface cumplidamente el espíritu. 

Oración: Oh Dios, que te dignaste darnos por ministro de nuestra salvación al bienaventurado Buenaventura, concédenos que sea nuestro intercesor en el cielo el que tenemos por nuestro doctor en la tierra. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

jueves, 12 de julio de 2018

13 de julio. San Eugenio, obispo de Cartago. — (t 505) Flos Sanctorvm Santoral



El prudentísimo y pacientísimo san Eugenio, obispo de Cartago, era un caballero seglar de esta ciudad muy estimado por su celo, discreción y piedad cristiana, cuando por voz común de todos sus conciudadanos, fué elegido y ordenado sacerdote y obispo de aquella iglesia en tiempo del cruel Hunerico, rey de los Vándalos, los cuales se habían hecho dueños y señores del África. Y aunque el santo prelado gozó de paz en los primeros tiempos de su gobierno, y era respetado de los herejes, y tan amado de los católicos, que dieran por él la hacienda y la vida, no tardó el rey Hunerico, que profesaba la secta de los arríanos, en perseguir de muerte a los fieles, y a sus venerables pastores. Y para dar algún color a su perfidia, obligó a todos los obispos a jurar que deseaban que después de su muerte le sucediese su hijo en el trono. No dudaron algunos en jurarlo, juzgando que podían con ello contentar al rey, y otros no prestaron aquel juramento, pensando que era contrario a la ley de justicia; pero el bárbaro monarca los condenó a todos, alegando que los primeros habían sido infieles a Dios, que manda no jurar; y los segundos se habían mostrado rebeldes a su príncipe. Poco después dio orden para que la persecución se hiciese general. Los sacerdotes de Cartago fueron azotados con látigos y varas, las vírgenes consagradas a Dios cruelmente atormentadas, muriendo muchas de ellas en el potro, y los obispos, y todo el clero, y muchos seglares y señores católicos fueron desterrados sn número de unas cinco mil personas. Cuando el pueblo vio tan maltratados a aquellos venerables sacerdotes y al santísimo obispo Eugenio, que con ellos iba desterrado, les seguía con los ojos llenos de lágrimas, diciendo: ¿Cómo nos dejáis así desamparados para ir vosotros al martirio?^ ¿quién bautizará a nuestros hijos?, ¿quién nos administrará la penitencia y la comunión?, ¿quién nos enterrará después de muertos y ofrecerá por nosotros el divino sacrificio? Habiendo fallecido ya aquel cruel rey de los Vándalos, tornó el varón de Dios a su diócesis, pero fué desterrado de nuevo por Trasimundo a las Galias, y haciendo vida solitaria cerca de Albi escribió algunos libros contra los errores de los herejes, hasta que consumido de trabajos descansó en el Señor. También murió en el destierro todo el clero de Cartago, compuesto de unos quinientos sacerdotes y diáconos y de muchos niños que eran cantores de aquella iglesia, y con ellos el santo arcediano llamado Salutario, y Murita, que era el segundo de aquellos sagrados ministros, los cuales habiendo sido puestos por los herejes tres veces en el tormento, perseveraron constantes en la verdadera fe de la iglesia católica y merecieron la corona inmortal de confesores de Jesucristo.

Reflexión: ¿Has reparado sin duda en el castigo que dio el bárbaro Hunerico así a los que trataron de contentarle a él, como a los que sólo quisieron contentar y estar bien con Dios? Cumplamos pues las obligaciones de conciencia sin respetos humanos, porque hasta los malos echan a mala parte lo que se hace por complacerles contra la conciencia, y violando la ley del retorno vuelven mal por bien. Mas Dios, es fidelísimo, y si hacemos su santidad voluntad, aun a costa de las persecuciones de los malvados, no seremos confundidos, sino más dignos del respeto y admiración de los hombres, y de la alabanza y gran recompensa de Dios. «Bienaventurados, dice Jesucristo, los que padecen por la justicia, porque es grande su galardón en el reino de los cielos.

Oración: Dígnate, Señor, oír nuestras oraciones en la solemnidad de tu bienaventurado confesor y pontífice Eugenio, y perdona nuestros pecados, por los méritos e intercesión de este santo que te sirvió tan dignamente. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.